Mundo ficciónIniciar sesiónUn amor secreto. Una trampa mortal. Un matrimonio por acuerdo. Ariadne Peterson cometió un error imperdonable, fue una marioneta en el juego de alguien más. Ahora, Damián Cox, su jefe y el hombre que ama en secreto, la culpa por todo y su desprecio es su nuevo castigo. Cuando el escándalo estalla, la única salida es la más humillante: una boda de conveniencia. ¿Podrá Ariadne demostrar su inocencia ante un hombre que solo ve traición en sus ojos?
Leer másEl primer correo electrónico del día lunes apareció en la pantalla de Ariadne. Era de Damián Cox. Solo ver su nombre hizo que su pulso se acelerara.
“Necesito el informe de ventas del Q4 en mi mesa en cinco minutos”.
Clásico de Damián. Breve, imperioso y, para Ariadne, irresistible. Llevaba tres años siendo su secretaria ejecutiva, dos amándolo en secreto, y casi toda su vida conociéndolo. Se sentía la más patética de las idiotas por albergar aquella esperanza imposible.
Recogió la carpeta de cuero y caminó hacia su oficina, una suite de cristal con vista a la ciudad. Él estaba de pie, hablando por teléfono, con ese traje que le encajaba demasiado bien.
— Ashley, tranquila, cielo. Tu vuelo sale mañana a primera hora. Yo mismo iré a recogerte al aeropuerto. Personalmente..
La sonrisa congelada de Ariadne se resquebrajó. Ashley. La perfecta, la intocable, la que se había ido a perfeccionar su elegancia a París. Y ahora volvía. Un dolor agudo le recorrió el pecho mientras apretaba la carpeta con tanta fuerza que temió que sus nudillos fueran a estallar.
Damián colgó y se giró. Su mirada cambió, sus ojos fríos la atravesaron sin verla realmente.
—El informe — No había rastro en su voz de la calidez que reservaba para Ashley. Solo la impaciencia habitual.
Ella se lo entregó, evitando cualquier contacto. Él ni lo notó. Abrió la carpeta y sus ojos ya estaban puestos en otra parte. Ariadne había dejado de existir.
―Quédate hasta tarde hoy. Los contratos de la fusión asiática necesitan revisión. Mañana no estaré. ―Firmó un documento con un trazo agresivo. ―Tienes hasta el miércoles al mediodía. No acepto excusas.
Ella asintió en silencio. Él ya se había olvidado de que estaba allí.
[***]
Freddie Baker, quien era el director de la empresa, la encontró junto a la máquina de café. Su sonrisa era demasiado blanca, demasiado perfecta para parecer real.
—Ariadne, justo la persona que necesitaba. Damián tiene un problema. Urgente. Los servidores seguros están caídos y necesita enviar unos documentos de inmediato. — Deslizó una memoria USB en su mano sin darle opción a rechazarla—. Está todo aquí. La contraseña es “NeuraTech”. Envíalos a este número de cuenta. Es de máxima confianza.
El corazón de Ariadne dio un vuelco violento. Una alarma silenciosa resonó en su instinto.
―Señor Baker, ¿no debería confirmarlo con el señor Cox?
La mano de Freddie se posó en su hombro, un gesto supuestamente tranquilizador que le erizó la piel.
— Está en una videollamada con el consejo de administración de Tokio, Ariadne. Tú misma coordinaste la reunión. ¿Vas a interrumpirlo por una confirmación innecesaria? ―Su tono era persuasivo, casi un susurro conspiratorio. ―Fue él quien me envió. Dijo: 'Freddie, solo Ariadne puede hacerlo'. Confía en ti ciegamente para esto.
La mención de esa confianza, ese "solo Ariadne", fue el anzuelo perfecto. La necesidad desesperada de demostrar su valía pudo más que el instinto que le gritaba que retrocediera. Asintió, la memoria USB convirtiéndose en un bulto ardiente en su mano.
—Está bien. Lo haré ahora mismo.
—Eres una joya. —La sonrisa de Freddie se amplió un milímetro—. Sé que no le fallarás.
[***]
Minutos después, sentada frente a su computadora, Ariadne insertó la memoria USB. Escribió “NeuraTech. La palabra parpadeó en la pantalla como una advertencia antes de concederle acceso a una carpeta llena de documentos financieros y un archivo P*F marcado en rojo: "Propuesta de Adquisición Confidencial - No Distribuir". Un escalofrío mortal le heló la espalda. Esto era demasiado, mucho más de lo que debería tocar. Pero Freddie tenía razón, Damián confiaba en ella.
Respiró hondo, ignorando el nudo de terror en su estómago, y apretó 'enviar' a la dirección especificada.
Al día siguiente, la bomba estalló.
Las noticias sobre una filtración masiva en Cox Corporation encendieron todos los portales financieros. La adquisición de NeuraTech, revelada de forma brutal, había hecho que el valor de la startup se disparara, costándole a la empresa de Damián decenas de millones. El pánico se apoderó de las oficinas.
En cada cubículo, alguien hablaba en voz baja.
"¿Viste? Alguien filtró los datos de NeuraTech..."
"¿Quién habría sido? ¿Alguien de dentro?"
"Cincuenta millones... Cox no perdonará esto."
El aire vibraba con el rumor de las cabezas que rodarían.
Fue entonces cuando Freddie la agarró del codo con una fuerza que no admitía negativa y la arrastró hacia una sala de juntas vacía. La sonrisa amable había desaparecido de su rostro, reemplazada por una máscara de severidad fría.
—¿Tienes la más puta idea de lo que has hecho, Ariadne? —Su voz era un susurro venenoso, cortante como un cuchillo—. Tu “pequeño error” le ha costado a esta empresa cincuenta millones de dólares. ¡Cincuenta millones!
Ariadne palideció, sintiendo que el suelo cedía bajo sus pies.
—Yo… yo solo hice lo que usted me dijo que hiciera, seguí sus instrucciones. ¡Usted me dijo que fue petición del jefe!
Freddie sacudió la cabeza con una lástima falsa.
—Yo no te di ninguna instrucción. No hay ningún correo, ningún mensaje que indique que sea mío. Solo hay un rastro digital, Ariadne. Uno muy claro que conduce directamente a ti. Fue tu usuario el que accedió a los archivos. Tu sesión activa la que los envió.
La sangre de Ariadne se heló en sus venas. Comprendió demasiado tarde. Había sido una marioneta; ese hombre la había usado.
—¡Estabas ahí! ¡Me diste la memoria USB y me dijiste la contraseña! «NeuraTech», ¿recuerdas? ¡Mientes! ¡Voy a ver al jefe!
Freddie soltó una risa breve, carente de todo humor, y de un empujón la lanzó contra la pared. El impacto le sacó el aire. Sus muñecas quedaron atrapadas en su agarre de hierro, inmovilizándola.
― ¿Vas a ir a llorarle a Damián? ―Le escupió las palabras en la cara, sintiendo su aliento caliente y peligroso. ― ¿Crees que va a creerle a su secretaria histérica o a mí, su viejo amigo, el hombre que ha estado a su lado durante diez años? El que limpia las cagadas que otros hacen.
—¡El jefe… se enterará tarde o temprano! —gritó ella, con la voz temblorosa por la conmoción y el miedo.
Forcejeó, pero sus intentos eran inútiles contra su fuerza.
—¡Cuando se entere te va a destruir! — Freddie apretó más sus muñecas, haciéndola gemir de dolor—. Damián Cox no perdona la traición. Y esto, querida, es traición de la buena. No solo te despedirá. Te demandará por espionaje industrial. Te aseguro que pasarás los mejores años de tu vida en una celda.
Las lágrimas nublaron la visión de Ariadne. El miedo le atenazó la garganta, impidiéndole respirar.
Podía verlo con una claridad aterradora: su carrera hecha trizas, su nombre manchado, y la mirada de absoluto odio en los ojos de Damián...
―Por favor...―, logró sollozar, la voz quebrada por el pánico. ―Esto no es justo... Usted sabe que yo no...
Freddie se inclinó más, hasta que su rostro estuvo a centímetros del suyo. Su siguiente palabra fue un susurro cargado de una promesa ominosa.
―Cállate. Escúchame bien. Hay una forma de salir de esta. Pero si alguna vez vuelves a mencionar mi nombre, serás la única que caiga. ¿Está claro?
Ella lo miró, con un hilo de esperanza naciendo del pánico.
—Yo puedo borrar las huellas. Puedo hacer que ese “error” desaparezca. Pero… —hizo una pausa dramática, dejando que el silencio cargara el precio de su salvación— … necesito que hagas algo por mí. Algo muy, muy específico. Y lo harás sin cuestionar nada.
El corazón de Ariadne se detuvo. Sabía, con una certeza absoluta y aterradora, que estaba a punto de vender su alma.
Capítulo 128: En el hotel El despegue fue suave, apenas sintió el empujón en el estómago, y cuando el avión se estabilizó en el aire, cerró los ojos y se dejó llevar por el cansancio acumulado.No durmió, porque su mente no dejaba de dar vueltas a la misma idea, pero fingió hacerlo para que nadie se acercara a hablarle.El vuelo duró varias horas, y durante todo ese tiempo Ariadne no cruzó una sola palabra con Damián, ni con Evelyn, ni con nadie.Se limitó a mirar por la ventana las nubes que se extendían como un manto blanco infinito y a acariciar su vientre con disimulo, asegurándose de que nadie la viera, aunque sabía que Damián estaba demasiado ocupado con Ashley para fijarse en ella.Cuando el avión comenzó el descenso hacia el aeropuerto de Punta Cana, sintió un alivio enorme, no porque estuviera ansiosa por llegar a la playa, sino porque el tormento de compartir espacio con Ashley sin poder decirle lo que realmente pensaba de ella estaba a punto de terminar.El aterrizaje fue
Capítulo 127: Debí haberlo venir El grupo quedó en suspenso cuando Ashley apareció en la sala de embarque, pegada al brazo de Damián como si fuera el lugar que le correspondía por derecho, y Ariadne sintió que el suelo se movía bajo sus pies.Evelyn fue la primera en reaccionar, cruzando los brazos con una expresión que mezclaba incredulidad y molestia, aunque se cuidó de no decir nada demasiado hiriente porque sabía que Damián no toleraba que hablaran mal de Ashley.—¿Desde cuándo te sumaste al viaje? —preguntó, con un tono más neutral, aunque en sus ojos había incomodidad.Ashley soltó una risita y se encogió de hombros como si la respuesta fuera obvia, como si estuviera haciendo un favor al acompañarlos.—Damián me dijo que se venían todos y me pareció una oportunidad perfecta para desconectar unos días. Además, no iba a dejar que mi mejor amigo se fuera de vacaciones sin mí, ¿verdad, Dami?Damián no respondió, pero tampoco negó sus palabras ni se apartó de ella, y Ariadne notó co
Capítulo 126: Invitada inesperada André regresó con tres vasos de café humeantes. Le ofreció una a Ariadne, pero ella la rechazó. —No tomo café. Evelyn la miró extrañada. —¿En serio? Sí es riquísimo y ayuda a despertar. Porque te miras con sueño, te servirá mucho. —Si me gusta, pero ya lo deje, hace unos días. Es que ahora me cae mal. Era mentira. Pero no podía decirle que el médico le había recomendado evitar la cafeína por el embarazo. Evelyn no insistió. Tomó su vaso y bebió un sorbo. —Más para mí. Los minutos pasaron. La hora de abordar se acercaba. Ariadne seguía mirando hacia la entrada de la sala, buscando a Damián. El vuelo salía en menos de una hora. Tenía que llegar pronto, o perdería el avión. —¿Saben si ya vienen? —preguntó André, mirando su reloj—. ¿Te llamó a ti, Eve? —No —negó su esposa—. El idiota no se a tomado la molestia ni de enviar un mensaje. Ya le llame y nada que responde. Y si mejor le llamas tú, quizás a ti si te responda. Evelyn cruzó los brazos
Capítulo 125: Antes del vueloEl auto se detuvo frente a la terminal de salidas. Ariadne bajó con cuidado, sintiendo el peso de la mochila pequeña que llevaba como equipaje de mano. El chofer ya había sacado las dos maletas de la cajuela y las colocó sobre un carro metálico.—¿Necesita que la acompañe adentro, señora?—No, gracias. Puede irse.El hombre asintió, le deseó un buen viaje y se fue. Ariadne se quedó un momento en la acera, observando el ir y venir de los viajeros. Gente apurada, familias con niños, ejecutivos de traje con maletín. Todos con un destino. Todos con un propósito.Ella también tenía uno, aunque no estaba segura de cuál era.Tomó el carro con las maletas y caminó hacia la entrada. Las puertas automáticas se abrieron y el bullicio del aeropuerto la envolvió. Voces en altavoces anunciando vuelos, el rodar de las ruedas de las maletas sobre el suelo.Se detuvo frente a los mostradores de facturación.





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