Capítulo 10: Una cláusula másAriadne caminó con la espalda recta, como si el pasillo no le estuviera arrancando la piel.Freddie había sido una sombra pegada a su brazo, una voz pegada a su oído, un recordatorio de que su vergüenza tenía dueño. Y, aun así, ella siguió avanzando, tragándose el nudo, tragándose la rabia, tragándose el temblor… porque en ese mundo, romperse en público era un lujo reservado para gente sin enemigos.Al doblar la esquina, el ruido de la conferencia quedó atrás. Un guardia se adelantó para abrir una puerta doble. Dentro, había una sala privada: luz tenue, paredes oscuras, dos sofás y una mesa con botellas de agua y pañuelos sin usar.Arthur Cox ya estaba allí, de pie. Como si no se cansara jamás. Su mirada recorrió a Ariadne de arriba abajo sin piedad.—Siéntate —ordenó.Ariadne obedeció. No porque quisiera. Porque sabía que, si él decía “salta”, todos preguntaban “¿qué tan alto?”.Freddie entró detrás de ella y cerró la puerta con cuidado. Como si fueran a
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