Mundo ficciónIniciar sesiónAdrián, consumido por la sed de venganza, urde un plan para usurpar la identidad de su gemelo y vengarse de la familia que lo abandonó. Sin embargo, su estrategia se ve complicada cuando se enamora de Hannah, su cuñada. Entre la pasión y el deber, Adrián se debate entre proteger su oscuro secreto y entregarse al amor verdadero, enfrentando las implacables consecuencias de sus decisiones. Para Hannah, la vida al lado de su esposo ha sido un infierno, pero el nuevo Alfonso que regresa de sus vacaciones la sumerge en un torbellino de terror y deseo. Con la sospecha acechándola, ¿podrá Hannah ignorar sus instintos y dejarse llevar por la ardiente pasión? ¿O sucumbirá ante la peligrosa curiosidad que amenaza con destruirlo todo?
Leer másHanna apretó el arma con fuerza, le temblaba la mano. El hombre tras ella apoyó su mano en la muñeca de Hanna e hizo que levantara el arma apuntando hacia los dos hombres que tenía enfrente, ambos con el mismo rostro, ambos vestidos de la misma forma, indistinguibles como el reflejo de un espejo, atados y amordazados.
— Vamos, Hanna — le dijo el hombre, su voz produjo eco en el parqueadero — dispara, dispara a uno de los dos hombres que tienes enfrente, si matas a tu esposo tú y tu hijo mueren con él, Pero si matas al impostor sobrevivirán.
La mano de Hanna que sostenía el arma apuntando hacia los gemelos tembló nuevamente, los ojos se le llenaron de lágrimas.
¿Cómo podía aquel hombre pedirle algo como eso?
— Vamos Hanna, dispara, ¡dispárale! Adivina Cuál de los dos hombres que hay frente a ti es el impostor, mátalo Y así te entregaré a tu hijo. Escoge si eres capaz de distinguirlo. ¡Escoge Hanna!
A pesar del increíble y terrorífico parecido entre ambos hombres, Hanna podía distinguir perfectamente Quién era quién. No había una razón en específico, un gesto, un guiño, algo en sus cuerpos o en sus poses que sirviera para identificarlos, ella simplemente lo sabía, sabía con el alma Quién era su esposo y sabía con el alma quién era el impostor del que se había enamorado, pero solamente tenía una salida: Mataba al hombre que amaba y salvaba a su hijo, o dejar vivir al hombre que amaba, pero moriría a ella y su criatura.
No había a quién pedir ayuda, estaban solos, atrapados, acorralados, Así que Hanna respiró profundo y cuando parpadeó dos gruesas gotas de lágrimas rodaron por sus mejillas.
— ¿ya tomaste la decisión, Hanna? — le preguntó el hombre. Estaba tan cerca que su asqueroso y cálido aliento se deslizó por el cuello de la joven haciéndola estremecer — ¿ya tomaste la decisión? — preguntó nuevamente.
Uno de los hombres levantó la cabeza y en sus ojos grises Hanna entendió perfectamente lo que quería decir, era un valiente y comprensivo: “Hazlo” y Hanna asintió, así que apretó con fuerza el arma y el sonido del disparo resonó por todo el lugar...
Adrián desdobló el periódico que estaba leyendo. Ya había pasado una semana desde el día de su secuestro, y ahora era oficialmente el alcalde de Neápolis. Había tantas cosas por hacer y tanto trabajo por terminar, pero había decidido sacar el resto de la tarde para aquella visita y ayudar a Francisco después.Se acomodó de otra forma en el incómodo mueble de la sala del hospital hasta que, después de un rato de estar ahí, los ojos grises de Alfonso se abrieron. El hombre estaba acostado en la camilla con una venda que le cubría el torso. — ¿Qué haces ahí como un zombi? — le preguntó Alfonso, tratando de estirarse, pero al parecer lo acometió una puñalada de dolor, y lo hizo gemir. — Ya no te muevas — lo regañó Adrián — . Venía a verte.Alfonso suspiró profundo. — Es extraño estar así, ¿no? — comentó — . La primera vez que nos vimos fue así, en la habitación de un hospital, pero estábamos en diferentes lugares. Tú estabas en la camilla, y yo estaba ahí, de pie.Adrián asintió. — Ha
Todo fue confuso en ese momento. Sintió cómo el retroceso del arma la empujó y escuchó el sonido de la bala atravesando el cuerpo de Ernesto, que cayó de espaldas al suelo. La bala le había dado justo en el pecho. Cuando el hombre cayó, se quedó quieto. Hannah se quedó paralizada un momento, hasta que los hombres comenzaron a hacer ruido tras ella. Entonces se volvió.Francisco estaba aún en la puerta, en la entrada del parqueadero, disparando hacia afuera, donde se había formado una balacera. Los hombres trataban de decirle algo, pero Hannah no era capaz de entenderles por las mordazas que tenían puestas. Así que se volvió hacia Adrián y Alfonso. Hannah no sabría decir cómo podía distinguirlos; se veían iguales, eran dos gotas de agua, pero ella sabía quién era Adrián y sabía quién era Alfonso. Lo sentía dentro de su ser.Adrián, con los dientes, comenzó a quitar con dificultad la mordaza que tenía Alfonso y cuando este quedó libre le dijo: — Dispárales a las cadenas. Hannah parpad
Cuando Hannah despertó, lo hizo con el corazón acelerado. Buscó entre las sábanas a su pequeño hijo, pero no lo encontró. Entonces, todo regresó a ella como un golpe en la cabeza: recordó el rostro demacrado de Ernesto, su voz airada y ronca, y el gas que le quemó la garganta.Se levantó y estaba en una celda oscura con una cama de madera roída y vieja. Las paredes tenían polvo y cucarachas. Un poco mareada, se puso de pie y sacudió los barrotes, pero no había nadie. — ¡Ayuda! — gritó.Un hombre armado se asomó por el borde y golpeó con su arma los barrotes de la reja. — ¡Ya cállate! — le gritó el tipo.Hannah se sentó en la cama. — ¿Dónde estoy? — preguntó conmocionada. — No lo sé ni me importa qué van a hacer contigo. — dijo estoicamente el hombre que la vigilaba — . A mí y a mi equipo solo nos pagaron para estar aquí hoy. Sin preguntas, sin quejas. El hombre con los contrató parecía que era lo último que tenía, así que no es nuestro problema. Solo lo hacemos nuestro deber, así
Adrián se acostó nuevamente en la cama, fingiendo dormir con la cabeza metida en el rincón lleno de lama y hongos. Alfonso se acostó en la otra cama y entonces comenzó el plan. — ¡Ay! — gritó Alfonso en su cama, sujetándose con fuerza el brazo izquierdo. Luego gritó nuevamente y cayó al suelo revolcándose.A Adrián le parecía que era una actuación bastante forzada. Tal vez él debería haber hecho el papel de enfermo; evidentemente era mucho mejor actor que su hermano. "Hermano", pensó. Aquella palabra en su cabeza se quedó rebotando. ¿En serio podía ya permitirse pensar de aquella forma? Pensar que Alfonso era su hermano, Ernesto su padre, y Elena su madre. ¿Por qué no? Incluso el desgraciado de Ernesto, con su abismo y su arrogancia, reconocía a Adrián como su hijo. ¿Por qué él no podría reconocerlos también como su familia? Su sangre corría por las venas de Adrián. Sus genes provenían de la semilla de Ernesto y también de los óvulos de Elena. Solo que los genes eran los mismos que l
Último capítulo