Mundo ficciónIniciar sesión—¿Estás segura de que estarás bien sola? —preguntó Maya, girándose por tercera vez frente a la puerta, su rostro marcado por la preocupación.
Ariadne forzó una sonrisa tensa y la empujó suavemente hacia el ascensor.
—No te preocupes. Te aviso en cuanto sepa algo.
Tan pronto como las puertas se cerraron, aquella sonrisa se desvaneció. Se encerró en su apartamento, girando la llave con un clic.
Con manos que aún temblaban levemente, conectó la pequeña memoria USB azul —su único botín de aquel infierno— a su computadora. La caja de cartón con sus pertenencias yacía volcada en el suelo, esparciendo documentos como los restos por todas partes.
Cinco horas interminables escudriñando cada archivo, cada proyecto, cada correo en esa memoria. Buscaba desesperadamente un hilo, una sola pieza de evidencia que pudiera usar contra Freddie.
Pero no encontró nada. Solo trabajo impecable y eficiente, proyectos terminados.
La desesperación volvió a atenazarla. Sintió una soledad sin precedentes.
Suspiró, se quitó las gafas y se dejó caer en el sofá, cerrando los ojos mientras repasaba cada detalle en su mente agotada.
¡GOLP! ¡GOLP! ¡GOLP!
Unos golpes secos en la puerta la hicieron saltar en el sofá. El corazón se le encogió.
¿Periodistas? ¿Policía?
Con un nudo de terror en el estómago, su instinto fue claro. Sus dedos encontraron la memoria USB y la guardó en el bolsillo de su jeans, un gesto desesperado.
Al abrir la puerta, el aire se le atoró en la garganta. Dos hombres, altos como torres y con trajes oscuros que no lograban ocultar su complexión fornida, bloqueaban el marco de la puerta. No eran los guardias de Cox corporativo, pero emanaban la misma aura de amenaza.
—Señorita Peterson —dijo uno con una voz tan neutra como letal—, debe acompañarnos.
—¿Q-quiénes son? —logró articular, retrocediendo un paso—. No… no iré a ninguna parte con ustedes.
Intentó cerrar la puerta, pero sus manos temblorosas eran demasiado lentas. Un pie enfundado en un zapato negro se interpuso en el umbral con fuerza brutal, empujando la puerta y haciéndola retroceder tambaleante. El pánico estalló en su pecho como una granada.
—¡No! ¡Déjenme! —gritó, girando para correr hacia el interior del apartamento.
Fue inútil. Brazos fuertes como tenazas la sujetaron por la cintura. Pataleó, forcejeó, gritó con todas sus fuerzas, pero era como luchar contra una estatua.
Sus protestas y súplicas se perdieron en el vacío del pasillo mientras la llevaban a rastras, sin miramientos, hacia un automóvil completamente negro que esperaba con el motor encendido.
—Por favor, ¿qué quieren de mí? — lloriqueó desde el asiento trasero, bloqueada por los dos mastodontes. Pero su mano, escondida, pulsó con disimulo el botón de envío de su teléfono. Un mensaje de auxilio silencioso.
—Órdenes del señor Cox —fue la única y aterradora respuesta.
Minutos después. Al reconocer el lujoso edificio donde se encontraba el apartamento de Damián, el corazón le dio un vuelco de terror puro.
―¡Tengo prohibido pisar este lugar! ¡Él mismo me lo advirtió! ―argumentó desesperadamente cuando la sacaron del coche.
El mismo hombre de antes, con una calma aterradora, le respondió.
―Es mejor que deje de pelear, señorita. No le agradarán las consecuencias si se sigue resistiendo.
Derrotada, con el cuerpo temblando de miedo e impotencia, dejó de forcejear. La custodiaron a través del lujoso vestíbulo y hacia el ascensor privado, sintiendo sus miradas como dagas en la espalda.
Cuando las puertas se abrieron en el piso de Damián, los hombres desaparecieron.
Apenas giró, y se encontró con él.
Damián estaba plantado en el centro de la sala, con los brazos cruzados. Su mirada no era solo de enojo; era de un desprecio tan profundo y gélido que le partió el alma en dos. Algo dentro de ella se quebró para siempre. El hombre al que había amado en secreto ahora la odiaba con una intensidad que podía sentir en el aire.
Ella abrió la boca para suplicar, para balbucear una explicación, pero él alzó una mano, cortándola en seco con un gesto de impaciencia suprema.
—Ni se te ocurra pronunciar una sola palabra si no te lo ordeno —su voz era un filo de hielo afilado—. Por tu culpa, estoy en medio del peor escándalo de mi vida. Y ahora tengo que encargarme de limpiar la suciedad que dejaste a tu paso. No me queda de otra que desaparecer todo rastro de esto.
Las últimas palabras de él resonaron en su mente junto con las imágenes de los hombres que la habían secuestrado.
El pánico la envolvió en una ola de horror.
¡Dios mío! ¡Iba a hacerla desaparecer a ella! ¡Era capaz de todo!
Sin pensar, cayó de rodillas en el frío mármol, las lágrimas brotando de sus ojos como un río de desesperación.
—¡Por favor, Damián, no me mates! —suplicó, su voz destrozada por el terror—. Yo... yo me iré de la ciudad. ¡Desapareceré! ¡Nadie volverá a saber de mí, te lo juro!
Una risa corta, seca y completamente carente de humor, escapó de sus labios.
—No soy un asesino, Ariadne. Puedo ser muchas cosas, pero no eso.
Ella lo miró, confundida, sin atreverse ni a respirar. ¿Entonces qué? ¿Por qué la había traído aquí, con esa violencia?
Después de una pausa cargada de tensión, él soltó la bomba con una calma aterradora.
—Te vas a casar conmigo.
El mundo se detuvo. Ariadne parpadeó, segura de haber alucinado.
—¿Estás... loco? —logró articular, su voz un susurro ronco e incrédulo.
—Sera una farsa. Una boda por contrato —aclaró, su tono tan glacial como su mirada—. Silenciará los rumores, salvará la reputación de la empresa y te salvará a ti de una demanda por espionaje industrial que te haría pasar una década entre rejas.
Los ojos de Ariadne se abrieron de par en par, el rostro palideciendo hasta la transparencia. ¡Lo sabía! ¡Esa era la amenaza de Freddie!
—¡Yo no lo hice! —gritó, encontrando por fin un hilo de fuerza para defenderse—. ¡Freddie me tendió una trampa! ¡Él me usó!
La mirada de Damián se volvió, si era posible, aún más gélida, cargada de un escepticismo absoluto.
—¿Crees que no he revisado cada byte de evidencia? Los archivos se enviaron desde tu terminal, con tus credenciales, Ariadne. La traición lleva tu nombre escrito por todas partes —Hizo una pausa deliberada, dejando que el peso de la acusación la aplastara—. Pero tienes razón en una cosa: Freddie está... protegiéndote. Alega que fue un error de procedimiento, no espionaje. Y dado que es mi director y mi socio, por ahora, su palabra pesa más que la de una simple secretaria convicta por manipulación de datos.
—¿Q-qué? —susurró, sintiéndose ahogar por la injusticia. —¡Él miente!
—¡No me importa porque no te creo nada! —rugió Damián, perdiendo por un instante su compostura glacial—. Lo único que sé es que, gracias a su 'protección', no puedo enviarte a la cárcel donde mereces estar. En cambio, estoy obligado a limpiar este desastre que TÚ causaste. Así que sí, esta boda será una farsa. Pero es la única salida que tienes. ¿Prefieres que cancele la 'protección' de Freddie y enfrentes las consecuencias reales de tus actos?
—¿Y si me niego? —preguntó, con una calma que no sentía.
—Entonces, retiraré mi objeción a que Freddie lleve este caso a la justicia —respondió él, sin pestañear—. Y te aseguro que, con la evidencia que hay, no saldrás de la corte como una mujer libre. Elige.
Ariadne contuvo el aliento. La elección era obscenamente clara: una celda de cemento y barras, o una jaula dorada llena de incógnitas. Pero en esa jaula... tal vez tendría una oportunidad.
—Está bien —susurró, bajando la mirada en un gesto de falsa sumisión—. Lo haré.
La escoltaron fuera. De vuelta en su edificio, se sintió vacía, aturdida. Había vendido su libertad a cambio de una oportunidad. Una oportunidad peligrosa y probablemente inútil.
Maya la esperaba ansiosamente en el coche. Había recibido un mensaje una hora antes: «Código 6». Su señal secreta de auxilio.
—¡Dios, Ari! ¿Qué pasó? Estuve a punto de llamar a la policía.
—Me dio una opción —murmuró Ariadne, mirando por la ventana con una determinación feroz renaciendo en sus ojos—. La cárcel... o convertirme en la Sra. Cox.
Maya dejó escapar un grito ahogado.
—¡No! ¡No puedes aceptar!
—No tengo opción, Maya. Pero... —Ariadne apretó el USB en su bolsillo como un talismán— ...esto no ha terminado.
De repente, su teléfono se iluminó. Un número desconocido.
Un mensaje de texto.
Con el corazón latiéndole con fuerza en el oído, lo abrió.
¿Encontraste lo que buscabas en mis archivos, Ariadne? Espero que hayas disfrutado del espectáculo. La boda será encantadora. Padrino oficial. – F.B.
La sangre se heló en sus venas. Él lo sabía. Él lo sabía todo. Ese matrimonio no era una opción. Era una trampa dentro de otra trampa.
Y ella acababa de aceptar caminar directamente hacia ella.







