Mundo de ficçãoIniciar sessãoAriadne no recordaba cómo había llegado a casa. Se desplomó tras la puerta, y entonces —solo entonces—las lágrimas estallaron. Sollozos violentos que le sacudían el cuerpo, ahogados en el silencio de su apartamento vacío.
Se abrazó a las piernas, enterrando el rostro en sus rodillas. La humillación le quemaba las mejillas como ácido. Cada lágrima que caía al suelo de madera era una confirmación: su vida se había desmoronado.
Aquel hombre la había usado como un peón. Había traicionado a la empresa sin quererlo. Y Damián... Damián la despreciaba hasta la médula. Creía que era una cualquiera que se había colado en su cama. El dolor era tan físico que le faltaba el aire.
Solo un nombre resonaba en su mente obsesivamente: Freddie.
Él tenía que arreglarlo. Solo él podía borrar el rastro de la filtración. Tal vez, solo tal vez, podría hacer que Damián recapacitara sobre su despido.
Sus dedos, temblorosos y torpes, marcaron su número. Una, dos... cinco veces. El teléfono sonaba en el vacío hasta perderse en el buzón de voz.
—Señor Baker, soy yo, Ariadne —suplicó en un mensaje, su voz quebrada por los sollozos—. Por favor, llámeme. ¡Es urgente!
Los mensajes de texto corrieron la misma suerte. «Necesito que me responda. ¿Qué hago?», «Damián me echó. ¡Todo salió mal!».
Silencio. Un silencio ensordecedor que confirmaba su peor pesadilla: la habían usado y ahora la desechaban. La frágil esperanza que la sostenía se resquebrajó, dejando al descubierto el frío hormigón de la desesperación.
Al día siguiente, con el alma tan pesada que cada paso era una tortura, se dirigió a la imponente torre de Cox Corporativo. Iba a recoger los restos de su vida profesional y a firmar su renuncia forzada. La sola idea de volver a respirar el mismo aire que Damián la aterrorizaba, pero no tenía elección.
Mientras el ascensor subía, una cámara de seguridad captó su entrada. En su oficina, Damián observó la pantalla con el ceño fruncido.
Ella había sido su secretaria de confianza. ¿Qué demonios hacía entonces en su cama? Su mente, aún confusa, luchaba por armar los fragmentos de aquella noche. Parecían borrados.
Miró el rostro pálido y los ojos hinchados de Ariadne en la pantalla, lo que despertó en él una punzada de ternura. Pero entonces, el recuerdo de la mirada devastada de Ashley avivó la llama de su ira.
—Seguridad —ordenó por el interfono a su jefe de protección—. La señorita Peterson está en el edificio. Quiero que sea escoltada fuera. Inmediatamente. Por las puertas de carga. Y que esto no trascienda, Marcus. Discreción absoluta. Es un asunto... delicado.
Minutos después, mientras Ariadne vaciaba su escritorio con movimientos automáticos, dos guardias de complexión robusta se plantaron a su lado.
—Señorita Peterson, debe acompañarnos —dijo uno con voz impersonal.
—Solo voy a recoger mis cosas —protestó débilmente, con la mirada fija en la pantalla del ordenador.
—Tenemos órdenes directas del señor Cox. Ahora, por favor.
—Está bien iré con ustedes.
Bajó la mirada, desconectó la memoria USB azul de su computadora y abrazó la caja de cartón que contenía los restos de su carrera.
«No terminará así», se juró en silencio.
La condujeron a través de pasillos desiertos y un ascensor de servicio, lejos de las miradas curiosas de sus excompañeros. La humillación era un sabor amargo en su boca.
Cuando la empujaron con firmeza por la puerta trasera que daba a un callejón de concreto gris, la realidad de su destierro la golpeó con toda su fuerza. El portazo metálico resonó como un juicio final.
Apretó la caja contra su pecho, conteniendo el llanto. Iba a encaminarse hacia la calle principal cuando, de la nada, un enjambre de reporteros surgió como cuervos olfateando carroña, tomándola por sorpresa y provocando que saltara.
—¡Señorita Peterson! ¿Es cierto que tuvo una aventura con el reconocido empresario Damián Cox?
—¿La despidieron porque su relación salió a la luz? —¡Ariadne! ¿Qué opina de que la echen a escondidas como a una criminal?Las preguntas se estrellaban contra ella junto con el destello cegador de las cámaras. Micrófonos de todas las cadenas de televisión y portales de chismes se le acercaban, intentando arrancarle una declaración, una lágrima que vender.
Ariadne, completamente sobrepasada, instintivamente se cubrió el rostro con la caja de cartón.
—¡Déjenme en paz! —gritó, pero su voz se perdió en el barullo.
Justo cuando creía que la multitud la aplastaría, un claxon insistente sonó muy cerca. Un coche pequeño se abrió paso hasta la acera y la puerta del copiloto se abrió de golpe.
—¡Ari, entra! —gritó una voz familiar.
Era Maya, su mejor amiga, la única persona a la que había llamado pidiendo ayuda antes de haber entrado aquel edificio, con un presentimiento de que algo malo podría pasar.
Ariadne no lo pensó dos veces. Se abalanzó hacia el coche, tirando la caja al asiento trasero antes de colapsar en el asiento delantero. Maya aceleró, dejando atrás a los reporteros que aún gritaban sus preguntas al vacío.
—¿Qué demonios está pasando, Ari? —preguntó Maya, pálida de preocupación mientras esquivaba el tráfico—. ¿Por qué te despidieron así? ¿Y esos buitres? ¿Es verdad lo que dicen?
Ariadne negó con la cabeza, enterrando el rostro en sus manos. Su cuerpo temblaba de forma incontrolable.
—¡No me asustes! Si haces esto, yo... —La voz de Maya se quebró; no soportaba verla así.
De repente, la mano de Ariadne cubrió la de Maya sobre el volante. Su voz, ahora clara y firme, cortó el aire cargado.
—No estoy llorando. Maya, me tendieron una trampa... Freddie Baker me usó. Y ahora Damián me culpa a mí —sus dedos se cerraron con fuerza alrededor del USB escondido en su bolsillo—. Pero no me rendiré. Por favor, solo llévame a casa.
[***]
Mientras tanto, en la oficina de Damián, una calma tensa reinaba. Creía haber controlado la situación. Hasta que la puerta de su despacho se abrió de golpe, sin anuncio previo.
Arthur Cox irrumpió en la habitación, su rostro una máscara de furia contenida. Sin mediar palabra, lanzó una tableta sobre el pulido escritorio con tanta fuerza que estuvo a punto de resbalar y caer al suelo.
—¡Felicidades! —rugió el anciano, su voz retumbando en el espacio acristalado—. ¡Tu estupidez es ahora portada en todos los medios!
Damián miró la pantalla. Su foto junto a un titular escandaloso: "¿ESCÁNDALO EN COX CORPORATION? EL CEO DAMIÁN COX Y SU SECRETARIA: UNA AVENTURA QUE TERMINÓ EN DESPIDO." Otro portal mostraba un vídeo de Ariadne, acorralada y aterrada, intentando escapar de los periodistas.
—¿Cómo...? —logró articular Damián, la sangre abandonando su rostro.
—¿Cómo? ¡A eso se le llama una filtración, muchacho! —Arthur le gritó, señalando la tableta con un dedo tembloroso—. Alguien sabía exactamente cuándo y por dónde la iban a echar. Alguien avisó a la prensa. ¡Esto es una carnicería mediática!
Damián se hundió en su silla, la rabia y la incredulidad librando una batalla dentro de él. Lo había intentado ocultar, y ahora era el hazmerreír de la ciudad.
—¡Los socios están llamando! ¡La junta está en alerta máxima! —espetó Arthur, clavando en él una mirada de hierro—. Ya no te queda más remedio. Tienes que salir ahí y responder. Tienes que dar la cara y callar a esta gente de una vez por todas. —Se acercó, apoyando las manos en el escritorio, y bajó la voz a un tono cargado de significado—. Recuerda lo que hablamos ayer. Es la única opción que tienes para salir de este desastre con la cabeza en alto. Elige sabiamente. El futuro de nuestro apellido depende de esta decisión.







