Mundo ficciónIniciar sesiónAl día siguiente. La noche de la cena con los inversores asiáticos fue un desastre. Damián salió del restaurante con el rostro desencajado, moviéndose con la torpeza de un hombre que no controlaba su propio cuerpo.
—No sé qué me pasa... —murmuró con la voz espesa, apoyándose contra la pared fría—. Todo da vueltas...
—Tranquilo, yo me encargo de todo —Freddie apareció como una sombra, tomándolo del brazo con firmeza—. Mi chofer te llevará a casa. No te preocupes por nada.
Mientras acomodaba el cuerpo casi inconsciente de Damián en la limusina, Freddie intercambió una mirada elocuente con el conductor. Un simple gesto que confirmaba el destino final.
Apenas el auto desapareció en la noche, sacó su teléfono y marcó un número.
Del otro lado de la línea, Ariadne sintió la vibración como una descarga eléctrica. Sus manos temblorosas apretaron el dispositivo mientras una voz interior le gritaba que no respondiera.
Sin embargo, cedió.
—Es ahora. Ve a su apartamento. La llave está bajo el tapete. —La voz de Freddie era un hilo de serpiente. —Y no olvides ponerte lo que te envié. Es su favorita.
El frasco de perfume en su mano parecía arder. Un aroma sofisticado, carísimo, que se reconocía de lejos. No era el de Damián. Era... femenino.
—Señor Baker, yo... no puedo hacerle esto al señor Cox —tartamudeó, el pánico trepando por su garganta.
—¿Prefieres la cárcel a esto? —su voz se tiñó de cruel diversión—. Ja... Pobre ingenua. Piensa en tu madre enferma. ¿Quién pagará su tratamiento cuando estés entre rejas? Quizás cuando salgas, solo puedas llevarle flores a su tumba.
—¡Eres un monstruo!
—¡Basta! —cortó él, secamente—. Recuerda la filtración de NeuraTech. Fue tu correo. Tus credenciales. Tu libertad pende de un hilo, querida. ¿Realmente quieres jugarte todo?
La amenaza, ahora explícita, le arrancó el aire. Se sintió atrapada, acorralada sin salida.
—Está bien... —susurró, derrotada, aceptando finalmente aquel acto inhumano. —Lo haré.
[***]
El apartamento de Damián estaba a oscuras, solo iluminado por el tenue resplandor de la ciudad. Olía a él. A limón limpio y lino. Ariadne cerró los ojos, intentando calmar el temblor que recorría su cuerpo.
Hizo lo que Freddie le había dicho minutos atrás. Encendió las velas, trazando un camino de luz titilar hacia el dormitorio. Se quitó la ropa con movimientos mecánicos, se aplicó el perfume ajeno que le había entregado el director y se deslizó entre las sábanas de la cama enorme, sintiéndose como una intrusa.
Una impostora en un escenario armado para su propia perdición.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que la puerta de entrada se abrió de golpe. Él entró tambaleándose, y con dificultad, se apoyó en el marco de la puerta.
―¿Ashley? —murmuró con una voz ronca, irreconocible, cargada de una pesadez.
Su figura alta y poderosa se recortó contra la penumbra del recibidor. Olfateó el aire, confundido.
—Ese perfume... —Sus pasos, inseguros y torpes, lo llevaron hasta el dormitorio y tan pronto, ya se encontraba en el borde de la cama. ―Ashley, estás aquí.
Antes de que pudiera reaccionar, su peso cayó sobre ella. Sus labios encontraron los suyos en un beso urgente y desesperado, marcado por una sustancia que nublaba su razón por completo.
Ella supo entonces que no estaba borracho. Ninguna embriaguez explicaba esta desconexión total, esta incapacidad para notar que su cuerpo, con sus curvas generosas, no se parecía en nada a la figura esbelta de Ashley.
En algún momento, entre el miedo paralizante y la devoción patética que le profesaba, Ariadne se rindió. Dejó que la mentira se la llevara por delante, entregándose a un paraíso artificial que le partía el alma.
Cayó dormida, exhausta, con el brazo de él anclado a su cintura, permitiéndose creer, por un instante frágil, que por fin había llegado a donde siempre quiso estar.
[***]
El estruendo la arrancó brutalmente del sueño.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe, estrellándose contra la pared.
Un hombre mayor, con el rostro enrojecido por la furia, gritó desde el umbral:
—¡Damián! —pero al ver la escena, su enojo se mezcló con incredulidad—. ¡¿Qué indignidad es esta?!
Ariadne se incorporó de un salto, apretando las sábanas contra su pecho desnudo. Su corazón latía con tanta fuerza que sentía que se rompería.
Y entonces sus ojos se posaron en esa silueta alta y delgada. Justo detrás del abuelo, con una maleta de viaje en la mano y el rostro destrozado por lágrimas silenciosas, estaba Ashley. Había llegado antes. Su mirada, cargada de furia y decepción infinita, se clavó en Ariadne como un puñal.
El mundo se detuvo.
Damián se despertó de un salto, entrecerrando los ojos contra la luz de la mañana. Su mirada, nublada por la confusión y los residuos del alcohol mezclados con los de la droga, barrió la escena: a su abuelo furibundo, a Ashley destrozada, y finalmente, se posó en ella. En Ariadne, desnuda y acurrucada en el centro de su cama, con el cabello revuelto y la evidencia de su "crimen" escrita por todo su cuerpo.
La confusión en sus ojos se disipó para dar paso a un entendimiento lento y luego a un torrente de horror absoluto. Pero el horror duró apenas un segundo antes de transformarse en una rabia tan pura y gélida que Ariadne sintió que el aire se congelaba en sus pulmones.
—Tú —resolló, su voz un rugido cargado de desprecio infinito mientras la señalaba con un dedo que temblaba levemente—. ¿Qué brujería has hecho?







