Mundo ficciónIniciar sesiónEl rugido de Damián resonó en la habitación, un sonido cargado de una rabia tan pura que pareció desgarrar el aire. Ariadne sintió cómo cada palabra la golpeaba físicamente, haciéndola encogerse aún más contra las sábanas que eran su único escudo.
―¡¿Cómo te atreviste?!
Antes de que cualquier palabra pudiera formarse en sus labios, Damián se abalanzó. No con la torpeza de la noche anterior, sino con la precisión letal de un depredador herido.
Sus dedos se cerraron alrededor de su brazo con una fuerza brutal, arrancándola de la cama. Las sábanas se enredaron en sus piernas, y por un horrible momento, estuvo completamente expuesta ante las miradas escandalizadas del abuelo y la dolorida Ashley, antes de estrellarse contra el suelo frío.
―Damián, por favor —sollozó, intentando cubrirse con los brazos, la vergüenza quemándole la piel.
—¡Cállate! ¡No te atrevas a decir mi nombre! —Su voz cortó como un látigo. Recogió su ropa del suelo y se la arrojó a la cara—. Vístete. Y desaparece de mi vista.
Con manos temblorosas y la visión nublada por las lágrimas, Ariadne logró ponerse el vestido. Cada jadeo de Ashley, cada resoplido de furia del abuelo, era un nuevo cuchillo en su alma.
Mientras forcejeaba con la cremallera, Damián se dirigió a la puerta del dormitorio.
—¡Fuera! —rugió, señalando la salida con un gesto brusco—. No quiero volver a verte en este edificio. Jamás.
―Mi bolso... mis zapatos... —suplicó ella, con la voz quebrada.
Con un gruñido de impaciencia, Damián agarró su bolso del recibidor y lo arrojó a sus pies. Un zapato salió despedido y golpeó la pared.
―¡Ahora lárgate!
Ariadne recogió sus cosas y corrió hacia la puerta principal, sintiendo las miradas clavadas en la espalda. Justo cuando cruzaba el umbral, la voz gélida de Damián la detuvo por última vez.
―Estás despedida. Si te acercas a la oficina, a mí o a Ashley, no solo te aseguraré de que nunca trabajes en esta ciudad de nuevo, sino que presentaré cargos por allanamiento. ¿Queda claro?
Un nudo de humillación le cerró la garganta. Asintió sin volverse y salió al pasillo.
La puerta se cerró de golpe detrás de ella, sellando su ruina con estruendo.
—Lo siento, Damián... lo siento tanto...
[***]
Dentro del apartamento, el silencio era tan pesado como el mármol del suelo. Ashley rompió a llorar en silencio, cubriéndose el rostro con las manos.
—¿Una borrachera, Damián? —Arthur Cox escupió las palabras, cargadas de decepción—. ¿Una borrachera justifica mancillarte con esa...? —La palabra cayó con desprecio incendiario—. Y para colmo, arruinaste la fusión del año. Los inversores se fueron furiosos. Dijeron que no negociarían con un... 'joven inestable'.
Damián, ahora completamente vestido y con la mente despejándose a golpes de adrenalina y furia, se pasó una mano por el rostro.
―Fue un error. Un descuido. Yo me encargaré de los inversores.
—¡Ya es demasiado tarde! Freddie contuvo las consecuencias. Algo que tú, aparentemente, estabas demasiado... ocupado para hacer. ―Arthur miró con desdén la puerta por donde había salido Ariadne. ―Esa mujer es un problema. Si esto sale a la luz, el escándalo será imparable.
—Ya está despedida, no se atreverá a hablar —gruñó Damián, confiado en su poder—. Ella no dirá nada, abuelo.
—¡No es tan simple! Si esto se filtra, no serás Damián Cox, el genio tecnológico. Serás Damián Cox, el patán que se acuesta con su secretaria. Estaremos en boca de todos. La prensa amarillista inventará historias cada vez más sórdidas. ¡Nadie nos tomará en serio!
El hombre mayor se acercó, bajando la voz a un tono peligroso y práctico.
—En estos tiempos, la única forma de neutralizar un escándalo sexual es... domesticarlo.
—Abuelo, por favor —interrumpió Ashley con voz temblorosa, pero Arthur no le hizo caso, clavando su mirada en su nieto.
—Un escándalo así destruye legados de décadas. Solo hay una forma de lavarlo si se hace público: con estabilidad y compromiso.
Damián frunció el ceño, una horrible sospecha germinando en su mente.
—¿Qué estás sugiriendo? —su voz mostró un atisbo de pánico.
—Si esto se hace público, no te quedará más remedio que casarte con ella.
La risa de Damián fue breve y amarga.
—¡Es absurdo! Jamás me casaría con esa mujer. Ni siquiera me atrae.
—¡¿Eso debiste pensarlo antes?! —hizo una pausa dramática, bajando el tono—. ¿Prefieres que el mundo te señale como un depredador que abusa de su posición, o que te vean como un hombre que, contra todo pronóstico, se enamoró de la persona "equivocada"? La primera opción te destruye. La segunda... es un drama pasajero que la gente olvidará. Elige.
Damián apretó los puños. Miró a Ashley, que sollozaba a su lado. La mujer suspiró, se secó las lágrimas y alzó la vista para encontrarse con su mirada. Era... una mirada de resignación que le heló la sangre.
—Abuelo... tiene razón, Damián —dijo Ashley en un susurro que cortó el silencio sepulcral—. El legado familiar... siempre es lo primero. Así que... —Hizo una pausa, tragando saliva—... si es la única salida, hazlo. Cásate con ella.
Damián la miró atónito, incapaz de procesar lo que escuchaba.
—Ashley, yo...
—No —lo interrumpió ella, alzando una mano temblorosa. Una sonrisa triste y dolorosa se dibujó en sus labios—. Te he amado desde que era una niña. Prefiero verte... atado por el deber a otra... que verte destruido por este escándalo. Yo... me retiro.
Antes de que Damián pudiera reaccionar, Ashley giró y abandonó la habitación.
Arthur rompió el silencio, con voz cargada de urgencia.
—¿Ves? Incluso Ashley, que lo perdió todo, comprende la gravedad. Está dispuesta a sacrificar su felicidad por este apellido. ¿Y tú? ¿Acaso eres menos valiente que ella?
Damián clavó la mirada en su abuelo, la revelación asentándose como una piedra en su estómago. La idea era repulsiva, pero la lógica despiadada de Arthur resultaba innegable. En su mundo, las apariencias lo eran todo.
—Eso no será necesario —declaró finalmente, recuperando la firmeza en su voz—. Nadie se enterará de esto. Yo me encargo de silenciarlo.
—Más te vale —Arthur giró sobre sus talones—. Porque si no, no te quedará más remedio que darle tu apellido a esa mujer para salvar el nuestro.







