El silencio en el balcón era una bomba a punto de estallar. Alejandro nos miraba, alternando la vista entre la mano de su padre en mi cintura y mi boca hinchada.
Lorenzo no se apartó. Ni un milímetro.
—Estábamos discutiendo la volatilidad de los dividendos asiáticos —dijo Lorenzo. Su voz era tranquila, aburrida incluso. La mentira salió de su boca con la facilidad de quien lleva décadas engañando a accionistas.
Alejandro parpadeó, confundido por el cambio de tono.
—¿Dividendos? —balbuceó, señal