Capítulo 108

La mansión Castillo ya no olía a cera de abejas y silencio. Olía a marihuana, a ginebra barata y a sudor de desconocidos.

Mateo había cumplido su palabra. "La fiesta recién empieza", había dicho. Y vaya si había empezado.

Había abierto las puertas de par en par. No a la alta sociedad, sino a la escoria que Lorenzo había pisado durante treinta años.

Contratistas estafados, sindicalistas despedidos, prestamistas turbios. Todos estaban allí, bebiendo el vino de la bodega saqueada, bailando sobre l
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