La mansión Castillo ya no olía a cera de abejas y silencio. Olía a marihuana, a ginebra barata y a sudor de desconocidos.
Mateo había cumplido su palabra. "La fiesta recién empieza", había dicho. Y vaya si había empezado.
Había abierto las puertas de par en par. No a la alta sociedad, sino a la escoria que Lorenzo había pisado durante treinta años.
Contratistas estafados, sindicalistas despedidos, prestamistas turbios. Todos estaban allí, bebiendo el vino de la bodega saqueada, bailando sobre l