Mundo ficciónIniciar sesiónLa amenaza de Lorenzo colgaba en el aire, densa como el humo de su puro.
—¿Cobrarte la entrada? —repetí, probando las palabras en mi lengua—. No tienes suficiente saldo para eso, Lorenzo.
En lugar de retroceder hacia la puerta cerrada, caminé hacia el centro de la sala.
Hacia su escritorio.
Era una pieza masiva de caoba antigua, el altar desde el cual había gobernado su imperio durante décadas.
Lorenzo me siguió con la mirada, girando lentamente sobre sus talones.
—Esa es mi silla, Elena —advirtió, su voz bajando una octava.
Sonreí.
Rodeé el escritorio, deslizando mis dedos por el borde de madera pulida, y me senté.
El cuero crujió bajo mi peso. Me recosté, crucé las piernas sobre la superficie inmaculada de su mesa de trabajo y entrelacé las manos detrás de la cabeza.
—Es cómoda —dije, mirándolo desde mi nueva posición de poder—. Un poco rígida para mi gusto, pero supongo que se adapta al dueño.
Lorenzo caminó hacia el escritorio. Apoyó ambas manos sobre la madera, inclinándose hacia mí.
—Levántate —ordenó. No era una petición. Era el comando de un hombre acostumbrado a que el mundo obedezca.
—No —respondí, sosteniendo su mirada oscura—. Técnicamente, poseo el cuarenta por ciento de esta silla. Y el cuarenta por ciento de este escritorio. Y el cuarenta por ciento del aire que respiras en este edificio. Así que me quedo.
Lorenzo apretó la mandíbula. Pude ver el músculo tensarse bajo su piel afeitada.
—Has comprado deuda, niña. No acciones con derecho a voto. Tu posición es financiera, no ejecutiva.
—Mi posición es la que yo diga que es —repliqué, sacando mi tablet del bolso y deslizándola hacia él—. Revisa los números. El Banco Central no solo me vendió la deuda. Me vendió las cláusulas de ejecución inmediata.
Leyó la Cláusula 4B. La de insolvencia técnica.
—Si ejecutas esto ahora —dijo, levantando la vista, con un nuevo brillo de respeto reacio en sus ojos—, la empresa entra en concurso de acreedores mañana. Pierdes tu inversión.
—O... —Me incliné hacia adelante, bajando las piernas de la mesa y apoyando los codos, invadiendo su espacio—. O reestructuramos. Tú despides a la mitad de tu junta directiva inútil, incluyendo a tu hijo, y me das control operativo total sobre la división logística.
Lorenzo soltó una risa baja, áspera.
—¿Quieres despedir a Alejandro? ¿Ese es tu juego? ¿Venganza por un corazón roto?
—Alejandro es un daño colateral. Es incompetente. Tú lo sabes, los accionistas lo saben, y hasta la señora de la limpieza lo sabe. Yo no estoy aquí por amor, Lorenzo. El amor no paga facturas.
Me levanté despacio, alisando mi falda lápiz. Me incliné sobre el escritorio hacia él, dejando que el escote de mi blusa se abriera lo justo. Una invitación visual calculada.
Lorenzo no apartó la mirada. Sus ojos devoraron la piel expuesta, oscureciéndose con un deseo crudo, sin filtrar.
—Entonces, ¿qué quieres? —preguntó, su voz ronca por el humo y la lujuria.
—No quiero tu dinero —susurré, acercando mi rostro al suyo hasta que nuestras respiraciones se mezclaron—. Quiero control. Quiero que cada decisión pase por mí. Quiero que me consultes antes de respirar.
Lorenzo rodeó el escritorio en dos zancadas largas.
Antes de que pudiera reaccionar, su mano grande se cerró alrededor de mi barbilla.
El contacto fue eléctrico. Una descarga de adrenalina pura bajó por mi columna.
—Tienes la boca muy grande para ser tan joven —gruñó, acercando su rostro al mío. Podía ver las motas doradas en sus iris negros—. ¿Crees que puedes entrar en mi casa y darme órdenes?
Apretó un poco más. No me dolía, pero estaba al límite. Era una demostración de fuerza.
—Cuidado, Elena. A las niñas malas e insolentes las castigo en este despacho. Y no uso memorandos para hacerlo.
Mi corazón latía desbocado, no de miedo, sino de una excitación retorcida que odiaba admitir. Él era el enemigo. Él era el padre de mi ex. Era prohibido en todos los niveles.
Y por eso me gustaba.
Sonreí contra sus dedos.
—Inténtalo, abuelo —desafié, usando el término con toda la malicia posible—. Pero ten cuidado. A tu edad, los esfuerzos bruscos rompen caderas.
Entonces, mi bolso vibró sobre la mesa.
El zumbido rompió la tensión como un cristal.
Lorenzo no me soltó. Miró el teléfono. La pantalla se iluminó con un nombre.
MATEO VEGA.
La mandíbula de Lorenzo se endureció al instante.
—¿Vega? —escupió el nombre con asco—. ¿Qué haces hablando con ese delincuente? Es mi competencia directa.
Me solté de su agarre con un movimiento brusco y tomé el teléfono.
—Es mi otro socio —dije, deslizando el dedo para contestar. Puse el altavoz, mirando a Lorenzo directamente a los ojos.
—¿Elena? —La voz de Mateo llenó el despacho silencioso. Era joven, arrogante y peligrosa—. Ya tengo la suite reservada en el Palace. Y el champán está en hielo.
Vi cómo los puños de Lorenzo se cerraban a los costados. Sus nudillos se pusieron blancos.
—Perfecto, Mateo —respondí, usando mi tono más seductor, ese que guardaba para cerrar tratos o destruir egos—. Estaré ahí en veinte minutos.
—No tardes, reina. Estoy impaciente. Y tengo hambre.
Lorenzo dio un paso hacia mí, como si fuera a arrancar el teléfono de mi mano.
—Ah, y Mateo —añadí, sin romper el contacto visual con el Patriarca furioso frente a mí—... lleva condones. De los extra grandes. Hoy tengo ganas de jugar rudo.
Colgué.
El silencio que siguió fue atronador.
—¿Te vas a acostar con él? —preguntó, su voz un gruñido bajo y peligroso—. ¿Con mi enemigo?
Recogí mi bolso y me colgué la chaqueta al hombro.
—Negocios son negocios, Lorenzo. Y Mateo ofrece... incentivos que tú no puedes igualar.
Caminé hacia la puerta, exagerando el movimiento de mis caderas. Sentía su mirada clavada en mi espalda como cuchillos calientes.
Giré el pestillo.
—Nos vemos en la junta de mañana, Presidente. Intenta no pensar demasiado en mí esta noche.
Salí al pasillo frío, dejando atrás a un león enjaulado y furioso.







