El sótano de la mansión Castillo solía ser una bodega de vinos climatizada. Ahora era la celda de un rey derrocado.
Lorenzo se había atrincherado allí desde que Mateo tomó posesión de la casa principal. Había improvisado un despacho con una mesa plegable y una lámpara de flexo que parpadeaba.
Pero Lorenzo Castillo no se rendía. Era una cucaracha con traje de seda.
Había vendido su último reloj, el que había escondido en el forro de su chaqueta, para contratar a un auditor forense independiente