La amenaza de Lorenzo colgaba en el aire, densa como el humo de su puro.—¿Cobrarte la entrada? —repetí, probando las palabras en mi lengua—. No tienes suficiente saldo para eso, Lorenzo.En lugar de retroceder hacia la puerta cerrada, caminé hacia el centro de la sala.Hacia su escritorio.Era una pieza masiva de caoba antigua, el altar desde el cual había gobernado su imperio durante décadas.Lorenzo me siguió con la mirada, girando lentamente sobre sus talones.—Esa es mi silla, Elena —advirtió, su voz bajando una octava.Sonreí.Rodeé el escritorio, deslizando mis dedos por el borde de madera pulida, y me senté.El cuero crujió bajo mi peso. Me recosté, crucé las piernas sobre la superficie inmaculada de su mesa de trabajo y entrelacé las manos detrás de la cabeza.—Es cómoda —dije, mirándolo desde mi nueva posición de poder—. Un poco rígida para mi gusto, pero supongo que se adapta al dueño.Lorenzo caminó hacia el escritorio. Apoyó ambas manos sobre la madera, inclinándose hacia
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