Mundo ficciónIniciar sesiónCMateo no esperó. Su mano se cerró alrededor de mi muñeca como un grillete y me sacó del reservado con un tirón violento.
—Camina —ordenó.
Mis Louboutin apenas tocaban el suelo mientras me arrastraba por el pasillo trasero. Pateó la puerta del baño de hombres y me empujó dentro. El olor a desinfectante y orina rancia me golpeó, eliminando cualquier rastro de glamour.
Cerró la puerta de golpe y giró el pestillo.
Me acorraló contra los lavabos. El espejo roto nos devolvía una imagen fragmentada: yo con diamantes, él con esa mirada de perro rabioso.
—Arriba.
Me subió al borde del lavabo frío. La cerámica se clavó en mis muslos, pero el dolor solo agudizó mi decisión. Mateo se metió entre mis piernas con urgencia. No hubo besos ni caricias. Sus manos fueron directo a mi falda, subiéndola con un movimiento brusco que rasgó las medias.
—Joder, Elena —gruñó al ver el encaje negro—. Eres cara hasta para ponerte en cuatro.
El sonido de su cremallera resonó como una amenaza. Me agarró de las caderas, clavando los dedos en mi piel, y entró en mí de una sola embestida seca.
Grité. Fue un sonido de sorpresa y placer inmediato. Me llenó por completo, invadiendo cada centímetro de espacio que me quedaba.
—Eso es —susurró contra mi cuello, mordiendo la marca fresca—. Grita. Que te escuchen los socios de tu ex. Que sepan quién te está rompiendo.
Empezó a moverse. Rápido. Violento. Cada golpe hacía que mi cabeza rebotara suavemente contra el espejo. No me besaba; me miraba a los ojos a través del reflejo, desafiándome.
—¿Te gusta esto? —Me dio una nalgada sonora que me hizo arquear la espalda—. ¿Te gusta follar con el enemigo en un baño sucio?
—Cállate y sigue —jadeé, clavando mis uñas en sus hombros a través de la camisa.
—Eres una zorra corporativa, Elena. Y me encanta.
Aceleró el ritmo, tirando de mi pelo hacia atrás para exponer mi garganta.
—Dilo —exigió, embistiendo tan fuerte que la porcelana crujió—. Di que prefieres esto a la cama de Alejandro.
—¡Sí! —admití, perdida en la fricción—. ¡Sí!
Era una transacción honesta. Odio contra odio. Sentí la presión acumularse y Mateo lo notó. Apretó mi clítoris sin delicadeza, empujándome al borde.
—Córtate conmigo, reina.
Me corrí con un gemido roto, mi cuerpo convulsionando contra el suyo. Un segundo después, él gruñó y se vació dentro de mí con espasmos violentos.
Se quedó inmóvil un momento, aplastándome contra el espejo. Luego, se separó con frialdad clínica. Se subió la cremallera y se abrochó el cinturón sin mirarme.
Bajé de la encimera, mis piernas temblando. Me alisé la falda y oculté las medias rotas. Mateo se lavó las manos en el lavabo contiguo, como si acabara de cerrar un trato sucio.
—Mañana a las nueve —dijo al espejo—. Castillo perderá veinte millones antes del almuerzo.
—Bien. Asegúrate de que parezca un accidente del mercado.
—No te preocupes por mi trabajo. Preocúpate de caminar derecho.
Abrió la puerta. Salimos al pasillo oscuro como dos socios tras una reunión privada. Subimos las escaleras hacia la calle, donde el aire fresco de la noche nos golpeó.
Salimos a la acera.
Flash.
Una luz blanca estalló desde un coche aparcado. Mateo se tensó para atacar, pero lo detuve con una mano en el pecho. El coche arrancó chillando ruedas.
La foto sería perfecta: yo, despeinada, saliendo de un bar con el rival de mi prometido y un chupetón en el cuello.
—¿No vas a detenerlo? —preguntó él.
—¿Para qué? —Sonreí, alisando mi chaqueta—. Una imagen vale más que mil acciones. Que empiece el juego, Lorenzo.







