Lecciones De Seducción. Un trato Con El Diablo.

Lecciones De Seducción. Un trato Con El Diablo.ES

Romance
Última actualización: 2026-01-15
Alexa Writer  Recién actualizado
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Resumen
Índice

El amor es un lujo que ella no puede pagar. La venganza es una deuda que él se va a cobrar. ¡Nadie escapa de El Abismo sin pagar un precio de sangre! Aria Vanderbilt Roche lo tenía todo, un apellido legendario, un compromiso de oro y un futuro brillante. Pero en una sola noche de lluvia torrencial, su vida perfecta se desangró. Traicionada por su prometido, despojada de su fortuna e incriminada en un asesinato que no cometió, Aria solo tiene una salida, aceptar el pacto con el diablo que le ofrece Killian Sterling. Killian es el hombre más temido de los Hamptons, un depredador de ojos grises con cicatrices en la espalda y hielo en las venas. Él le ofrece protección, poder y venganza... a cambio de que ella sea su prometida ante el mundo y su peón en una guerra familiar despiadada. Encerrada en "The Abyss" (El abismo), la mansión de Killian sobre el acantilado, Aria descubrirá que las lecciones de seducción de su nuevo protector son tan peligrosas como el arma que la incrimina. Entre besos cargados de odio y deseo, y muchos secretos que queman, Aria deberá decidir si Killian es el hombre que la salvará de la cárcel... o el monstruo que terminará de destruirla mientras la enciende por dentro. Aria es la fugitiva. Killian es la Bestia. Alistair es el traidor. Silas es el verdugo. Un contrato. Seis meses. Un asesino entre las sombras. En este juego de espejos, la verdad es el arma más letal. ¿Es Aria una prometida de conveniencia... o el chivo expiatorio de un pecado que ocurrió hace quince años? ¿Estás lista para recibir las lecciones de seducción en El Abismo?

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Capítulo 1

1 El Colapso del Cristal

La lluvia golpeaba los ventanales del ático con una violencia que Aria debería haber interpretado como un presagio.

En sus manos, la caja de cartón blanco se sentía pesada, cargada con la ilusión de trescientos sesenta y cinco días de lo que ella creía que era un amor sólido.

Había caminado tres manzanas bajo el aguacero solo para conseguir el pastel favorito de Alistair, ignorando que el agua arruinaba sus zapatos de diseñador, nada importaba más que ver su sonrisa al celebrar su primer aniversario de compromiso juntos.

Sobre todo, porque estaban planeando anunciar la boda muy pronto, y Alistair había estado cerrado en banda sobre no divulgar su relación y mantenerla a escondidas, para no darles combustible a los medios.

—Cariño, ye deberíamos decirle al menos a los más cercanos. ¡Se molestarán cuando sepan que se lo ocultamos todo un año, Alistair!

—Aria, mi vida — Le había dicho él — solo hazme caso, sé por qué te lo digo, en cuanto los medios sepan que alguien como yo, va a contraer matrimonio con una chef, se volverán locos, no te dejarán vida.

—¡Pero es ridículo! Si soy chef, pero por elección, mi padre siempre estuvo en los mejores círculos de New York, tenemos dinero viejo, Ali… ¡No me importa lo que digan!

—¡Pero a mí sí! Y no quiero una lluvia de malas reseñas en los medios justo ahora que vas a inaugurar el restaurante…

Aria le había creído. ¡Le había creído todo!

Esa noche, al introducir la llave en la cerradura, un escalofrío le recorrió la nuca.

El apartamento estaba en penumbra, pero no era el silencio cálido de una noche compartida, eran risas. Risas ahogadas que conocía demasiado bien.

Aria caminó por el pasillo de mármol, dejando un rastro de gotas de agua, al llegar a la puerta del dormitorio principal, la encontró entreabierta.

El aroma del perfume floral de Elena, su mejor amiga desde la infancia, saturaba el aire, y al empujar, el mundo que Aria había construido con tanto esmero se hizo añicos en un segundo.

Allí, sobre las sábanas de seda que Aria había elegido para su noche de bodas, Alistair y Elena se entrelazaban sin pudor, pero no era solo la piel lo que profanaba el lugar, sino que la cama estaba cubierta de carpetas, balances y documentos con el sello oficial de la empresa Vanderbilt Roche.

— Aria, llegas temprano —dijo Alistair, separándose de Elena con una calma que resultó insultante.

No hubo pánico en su mirada, solo un brillo de superioridad gélida y planeada.

— ¿Qué es esto? —Aria apenas podía sostener la caja del pastel. Su voz era un hilo fino, a punto de romperse— ¿Elena? ¿Tú?

Elena ni siquiera se cubrió. Se limitó a apartar un mechón de cabello y miró a Aria con una mezcla de lástima y triunfo.

— Aria, por favor, no seas tan ingenua —intervino Alistair mientras se ponía de pie y se ajustaba una bata de seda negra— Es solo el cierre de un ciclo, sabías que este momento llegaría.

— ¿Qué? ¿Cierre de un… ciclo? —Aria bajó la mirada hacia los documentos sobre la cama— ¿Son mis estados financieros? El acceso a las cuentas de fideicomiso de mi padre... Alistair… ¡Dime que no es lo que parece!

Alistair se acercó a ella, deteniéndose a solo unos centímetros, su rostro, que antes le parecía el de un príncipe, ahora le recordaba a una gárgola de piedra.

— Es exactamente lo que parece, querida —dijo él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro venenoso— Mientras tú jugabas a ser la chef del año y a planear bodas de ensueño, yo me encargaba de vaciar cada una de tus cuentas, no queda nada, he saqueado hasta el último centavo de los Vanderbilt, y he lavado el dinero a través de tus fundaciones y, técnicamente, tú firmaste cada transferencia.

— ¡Yo nunca firmaría algo así... Tú me dijiste que eran permisos de construcción para el restaurante...!

— Y tú los firmaste sin leer, porque confiabas en mí —él soltó una carcajada seca que resonó en las paredes— Nunca te amé, Aria, solo fuiste el peldaño más alto para mi ascenso, necesitaba tu apellido aristocrático para abrir las puertas que estaban cerradas para mí. Ahora que tengo el capital y los contactos, ya no eres más que un lastre.

Aria sintió un golpe de calor en el rostro seguido de un frío glacial.

La caja del pastel resbaló de sus dedos, estrellándose contra el suelo, el glaseado rosa se desparramó por la alfombra blanca como una mancha de sangre.

— ¡Eres un monstruo! —logró decir ella, con los ojos ardiendo.

— Soy un hombre de negocios —corrigió él, volviendo a la cama para tomar a Elena de la mano, que se levantó desnuda contoneando las caderas sin pizca de pudor o arrepentimiento

Aria sintió náuseas.

— Y tú eres, a partir de hoy, una paria, mañana, cuando los auditores descubran el desfalco, la policía vendrá a por la dueña de la firma, vete de aquí antes de que llame a seguridad para que te saquen por invasión de propiedad. ¡Este ático ya no es tuyo!

Aria dio media vuelta y corrió.

Corrió por el pasillo, bajó por el ascensor sintiendo que las paredes se cerraban sobre ella y salió a la calle, donde la tormenta la recibió con un rugido.

El viejo Volvo chirriaba bajo la lluvia torrencial.

Aria conducía sin rumbo, con la visión borrosa por las lágrimas y los fogonazos de los rayos que iluminaban los acantilados de los Hamptons.

Cada palabra de Alistair se repetía en su mente como un martillazo.

Había perdido su herencia, su honor y su hogar en una sola hora, todo por lo que había luchado intentando levantarse.

— No puede ser verdad... —sollozaba, apretando el volante hasta que sus nudillos se tornaron blancos.

La rabia comenzó a sustituir al dolor.

Era una furia ciega, un fuego que le impedía ver que el asfalto estaba cubierto por una película de agua traicionera y al tomar una curva cerrada frente al mar, los frenos no respondieron. El coche comenzó a deslizarse, girando sin control hacia el carril contrario.

El estruendo fue ensordecedor.

El metal del Volvo crujió al impactar de lleno contra el lateral de un deportivo negro mate que circulaba en sentido opuesto.

El golpe lanzó a Aria contra el airbag, dejándola aturdida mientras el olor a humo y caucho quemado inundaba la cabina.

Aria luchó por abrir la puerta.

Y al bajar, el viento casi la tumba.

A unos metros, el deportivo un ejemplar de ingeniería de miles de dólares, lucía una abolladura masiva en su costado izquierdo.

La puerta del deportivo se abrió y de él emergió una figura que parecía esculpida en las sombras.

Killian Sterling bajó del vehículo con una parsimonia que helaba la sangre, no parecía un hombre que acabara de sufrir un accidente, parecía un cazador que acababa de encontrar su presa.

Caminó hacia ella, ignorando la lluvia que empapaba su traje a medida y al llegar frente a Aria, la reconoció de inmediato, sus ojos, grises y gélidos como el acero, recorrieron su rostro desencajado con una mezcla de desprecio y un interés oscuro que Aria no supo descifrar.

— La heredera caída en desgracia… —dijo Killian.

Su voz era un barítono profundo que dominaba el estruendo de los truenos.

— Parece que tu caída ha sido mucho más literal de lo que los tabloides predecían.

— ¿Estás bien? —preguntó ella, con la voz temblorosa, tratando de mantener la dignidad a pesar de estar empapada y rota.

— Mi coche no lo está —respondió él, sin rastro de empatía— Y tú tampoco lo estarás en unos minutos.

En ese momento, el móvil de Aria comenzó a vibrar frenéticamente en su bolsillo.

Con dedos entumecidos, sacó el dispositivo, y una ráfaga de notificaciones de su banco inundó la pantalla, saldo insuficiente, cuenta bloqueada, cuenta en cero.

Justo debajo, un correo de la administración de su edificio que decía

—Señorita Vanderbilt Roche, se ha emitido una orden de restricción inmediata. Sus pertenencias han sido retenidas por orden judicial.

Aria sintió que las piernas le fallaban, se apoyó en el metal retorcido de su auto para no caer.

Killian ya no sonreía tanto, algo más fuerte que el accidente la había hecho tambalear, se apresuró a sostenerla con una mano mientras clavaba la mirada en su móvil y entendió parte de lo que ocurría.

Sacó su propio móvil de la chaqueta y la sonrisa prepotente y peligrosa volvió a curvar sus labios, mientras revisaba una información confidencial.

Y entonces, giró la pantalla hacia ella, y Aria leyó el titular que acababa de aparecer en el portal más importante de finanzas:

«Escándalo en los Hamptons, Aria Vanderbilt Roche buscada por malversación millonaria».

— No… ¡No es verdad... él lo hizo todo! —susurró ella, mirando a Killian con desesperación.

—¿Quién, señorita Vanderbilt?

—Alistair…

—¿Alistair Caldwell? — Killian desvió la mirada hacia el interior del Volvo, y allí, tirado en el asiento trasero como un cadáver abandonado, estaba el vestido de novia que Aria había recogido esa misma tarde, una pieza de encaje y seda que ahora parecía un sudario entre los restos del coche — Pues, el señor Caldwell ha sido muy eficiente —sentenció Killian— Ya ha filtrado la noticia.

Killian dio un paso adelante, acorralándola contra el Volvo.

La proximidad era asfixiante, Aria podía oler el aroma a sándalo y tabaco de lujo que emanaba de él, mezclado con la humedad de la noche. Él apoyó una mano sobre el techo del coche, atrapándola en su espacio personal.

— Escúchame bien, pajarito —le susurró al oído, y su aliento cálido le provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío— No solo me debes un deportivo de trescientos mil dólares que ya no puedes pagar, ahora mismo, soy el único hombre en todo el estado que tiene el poder suficiente para evitar que duermas en una celda esta noche.

A lo lejos, las sirenas de la policía comenzaron a desgastar el silencio de la carretera costera, las luces azules y rojas bailaban contra la niebla, acercándose con rapidez.

Aria miró hacia la carretera y luego a los ojos implacables de Killian. Sabía quién era él, el hombre que su padre siempre le dijo que evitara, el tiburón que devoraba empresas y personas por igual. Pero Alistair la había dejado sin nada, excepto una sentencia de cárcel.

Killian abrió la puerta del pasajero de su deportivo dañado y la miró con una intensidad depredadora.

— Sube al coche, Aria. O quédate aquí y deja que Alistair termine su trabajo.

Aria dudó solo un segundo.

Con el corazón martilleando contra sus costillas, se separó del metal retorcido de su vida anterior y subió al asiento de cuero del deportivo, Killian cerró la puerta con un golpe seco, un sonido que para Aria sonó como el cierre de una trampa de oro.

Mientras el coche aceleraba alejándose de las patrullas que llegaban al lugar del accidente, Aria se hundió en el asiento, sin saber que acababa de escapar de un traidor para entregarse al hombre que le daría sus lecciones más amargas y también, las más deseadas…

Mientras Killian conducía en silencio hacia la oscuridad de los acantilados, el móvil de Aria volvió a iluminarse con un último mensaje de Alistair.

—Espero que te guste tu nueva celda, querida, por cierto, he quemado todas las fotos de tu padre.

Aria apretó el teléfono hasta que sus nudillos crujieron, mientras Killian, sin apartar la vista de la carretera, decía con una frialdad absoluta.

—No llores por lo que perdiste, Aria. Llora por lo que vas a tener que hacer para recuperarlo.

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11 chapters
1 El Colapso del Cristal
2 El Refugio De La Bestia
3 Desayuno con el Diablo
4 El Sello Del Pacto
5 El Baile En Que Caen Las Máscaras
6 La Trampa
7 La Visita Del Patriarca
8 La Seducción Como Armadura
9 El Santuario Prohibido De Killian
10 Secretos
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