Mundo ficciónIniciar sesiónEl amor es un lujo que ella no puede pagar. La venganza es una deuda que él se va a cobrar. ¡Nadie escapa de El Abismo sin pagar un precio de sangre! Aria Vanderbilt Roche lo tenía todo, un apellido legendario, un compromiso de oro y un futuro brillante. Pero en una sola noche de lluvia torrencial, su vida perfecta se desangró. Traicionada por su prometido, despojada de su fortuna e incriminada en un asesinato que no cometió, Aria solo tiene una salida, aceptar el pacto con el diablo que le ofrece Killian Sterling. Killian es el hombre más temido de los Hamptons, un depredador de ojos grises con cicatrices en la espalda y hielo en las venas. Él le ofrece protección, poder y venganza... a cambio de que ella sea su prometida ante el mundo y su peón en una guerra familiar despiadada. Encerrada en "The Abyss" (El abismo), la mansión de Killian sobre el acantilado, Aria descubrirá que las lecciones de seducción de su nuevo protector son tan peligrosas como el arma que la incrimina. Entre besos cargados de odio y deseo, y muchos secretos que queman, Aria deberá decidir si Killian es el hombre que la salvará de la cárcel... o el monstruo que terminará de destruirla mientras la enciende por dentro. Aria es la fugitiva. Killian es la Bestia. Alistair es el traidor. Silas es el verdugo. Un contrato. Seis meses. Un asesino entre las sombras. En este juego de espejos, la verdad es el arma más letal. ¿Es Aria una prometida de conveniencia... o el chivo expiatorio de un pecado que ocurrió hace quince años? ¿Estás lista para recibir las lecciones de seducción en El Abismo?
Leer másLa lluvia golpeaba los ventanales del ático con una violencia que Aria debería haber interpretado como un presagio.
En sus manos, la caja de cartón blanco se sentía pesada, cargada con la ilusión de trescientos sesenta y cinco días de lo que ella creía que era un amor sólido.
Había caminado tres manzanas bajo el aguacero solo para conseguir el pastel favorito de Alistair, ignorando que el agua arruinaba sus zapatos de diseñador, nada importaba más que ver su sonrisa al celebrar su primer aniversario de compromiso juntos.
Sobre todo, porque estaban planeando anunciar la boda muy pronto, y Alistair había estado cerrado en banda sobre no divulgar su relación y mantenerla a escondidas, para no darles combustible a los medios.
—Cariño, ye deberíamos decirle al menos a los más cercanos. ¡Se molestarán cuando sepan que se lo ocultamos todo un año, Alistair!
—Aria, mi vida — Le había dicho él — solo hazme caso, sé por qué te lo digo, en cuanto los medios sepan que alguien como yo, va a contraer matrimonio con una chef, se volverán locos, no te dejarán vida.
—¡Pero es ridículo! Si soy chef, pero por elección, mi padre siempre estuvo en los mejores círculos de New York, tenemos dinero viejo, Ali… ¡No me importa lo que digan!
—¡Pero a mí sí! Y no quiero una lluvia de malas reseñas en los medios justo ahora que vas a inaugurar el restaurante…
Aria le había creído. ¡Le había creído todo!
Esa noche, al introducir la llave en la cerradura, un escalofrío le recorrió la nuca.
El apartamento estaba en penumbra, pero no era el silencio cálido de una noche compartida, eran risas. Risas ahogadas que conocía demasiado bien.
Aria caminó por el pasillo de mármol, dejando un rastro de gotas de agua, al llegar a la puerta del dormitorio principal, la encontró entreabierta.
El aroma del perfume floral de Elena, su mejor amiga desde la infancia, saturaba el aire, y al empujar, el mundo que Aria había construido con tanto esmero se hizo añicos en un segundo.
Allí, sobre las sábanas de seda que Aria había elegido para su noche de bodas, Alistair y Elena se entrelazaban sin pudor, pero no era solo la piel lo que profanaba el lugar, sino que la cama estaba cubierta de carpetas, balances y documentos con el sello oficial de la empresa Vanderbilt Roche.
— Aria, llegas temprano —dijo Alistair, separándose de Elena con una calma que resultó insultante.
No hubo pánico en su mirada, solo un brillo de superioridad gélida y planeada.
— ¿Qué es esto? —Aria apenas podía sostener la caja del pastel. Su voz era un hilo fino, a punto de romperse— ¿Elena? ¿Tú?
Elena ni siquiera se cubrió. Se limitó a apartar un mechón de cabello y miró a Aria con una mezcla de lástima y triunfo.
— Aria, por favor, no seas tan ingenua —intervino Alistair mientras se ponía de pie y se ajustaba una bata de seda negra— Es solo el cierre de un ciclo, sabías que este momento llegaría.
— ¿Qué? ¿Cierre de un… ciclo? —Aria bajó la mirada hacia los documentos sobre la cama— ¿Son mis estados financieros? El acceso a las cuentas de fideicomiso de mi padre... Alistair… ¡Dime que no es lo que parece!
Alistair se acercó a ella, deteniéndose a solo unos centímetros, su rostro, que antes le parecía el de un príncipe, ahora le recordaba a una gárgola de piedra.
— Es exactamente lo que parece, querida —dijo él, bajando la voz hasta convertirla en un susurro venenoso— Mientras tú jugabas a ser la chef del año y a planear bodas de ensueño, yo me encargaba de vaciar cada una de tus cuentas, no queda nada, he saqueado hasta el último centavo de los Vanderbilt, y he lavado el dinero a través de tus fundaciones y, técnicamente, tú firmaste cada transferencia.
— ¡Yo nunca firmaría algo así... Tú me dijiste que eran permisos de construcción para el restaurante...!
— Y tú los firmaste sin leer, porque confiabas en mí —él soltó una carcajada seca que resonó en las paredes— Nunca te amé, Aria, solo fuiste el peldaño más alto para mi ascenso, necesitaba tu apellido aristocrático para abrir las puertas que estaban cerradas para mí. Ahora que tengo el capital y los contactos, ya no eres más que un lastre.
Aria sintió un golpe de calor en el rostro seguido de un frío glacial.
La caja del pastel resbaló de sus dedos, estrellándose contra el suelo, el glaseado rosa se desparramó por la alfombra blanca como una mancha de sangre.
— ¡Eres un monstruo! —logró decir ella, con los ojos ardiendo.
— Soy un hombre de negocios —corrigió él, volviendo a la cama para tomar a Elena de la mano, que se levantó desnuda contoneando las caderas sin pizca de pudor o arrepentimiento
Aria sintió náuseas.
— Y tú eres, a partir de hoy, una paria, mañana, cuando los auditores descubran el desfalco, la policía vendrá a por la dueña de la firma, vete de aquí antes de que llame a seguridad para que te saquen por invasión de propiedad. ¡Este ático ya no es tuyo!
Aria dio media vuelta y corrió.
Corrió por el pasillo, bajó por el ascensor sintiendo que las paredes se cerraban sobre ella y salió a la calle, donde la tormenta la recibió con un rugido.
El viejo Volvo chirriaba bajo la lluvia torrencial.
Aria conducía sin rumbo, con la visión borrosa por las lágrimas y los fogonazos de los rayos que iluminaban los acantilados de los Hamptons.
Cada palabra de Alistair se repetía en su mente como un martillazo.
Había perdido su herencia, su honor y su hogar en una sola hora, todo por lo que había luchado intentando levantarse.
— No puede ser verdad... —sollozaba, apretando el volante hasta que sus nudillos se tornaron blancos.
La rabia comenzó a sustituir al dolor.
Era una furia ciega, un fuego que le impedía ver que el asfalto estaba cubierto por una película de agua traicionera y al tomar una curva cerrada frente al mar, los frenos no respondieron. El coche comenzó a deslizarse, girando sin control hacia el carril contrario.
El estruendo fue ensordecedor.
El metal del Volvo crujió al impactar de lleno contra el lateral de un deportivo negro mate que circulaba en sentido opuesto.
El golpe lanzó a Aria contra el airbag, dejándola aturdida mientras el olor a humo y caucho quemado inundaba la cabina.
Aria luchó por abrir la puerta.
Y al bajar, el viento casi la tumba.
A unos metros, el deportivo un ejemplar de ingeniería de miles de dólares, lucía una abolladura masiva en su costado izquierdo.
La puerta del deportivo se abrió y de él emergió una figura que parecía esculpida en las sombras.
Killian Sterling bajó del vehículo con una parsimonia que helaba la sangre, no parecía un hombre que acabara de sufrir un accidente, parecía un cazador que acababa de encontrar su presa.
Caminó hacia ella, ignorando la lluvia que empapaba su traje a medida y al llegar frente a Aria, la reconoció de inmediato, sus ojos, grises y gélidos como el acero, recorrieron su rostro desencajado con una mezcla de desprecio y un interés oscuro que Aria no supo descifrar.
— La heredera caída en desgracia… —dijo Killian.
Su voz era un barítono profundo que dominaba el estruendo de los truenos.
— Parece que tu caída ha sido mucho más literal de lo que los tabloides predecían.
— ¿Estás bien? —preguntó ella, con la voz temblorosa, tratando de mantener la dignidad a pesar de estar empapada y rota.
— Mi coche no lo está —respondió él, sin rastro de empatía— Y tú tampoco lo estarás en unos minutos.
En ese momento, el móvil de Aria comenzó a vibrar frenéticamente en su bolsillo.
Con dedos entumecidos, sacó el dispositivo, y una ráfaga de notificaciones de su banco inundó la pantalla, saldo insuficiente, cuenta bloqueada, cuenta en cero.
Justo debajo, un correo de la administración de su edificio que decía
—Señorita Vanderbilt Roche, se ha emitido una orden de restricción inmediata. Sus pertenencias han sido retenidas por orden judicial.
Aria sintió que las piernas le fallaban, se apoyó en el metal retorcido de su auto para no caer.
Killian ya no sonreía tanto, algo más fuerte que el accidente la había hecho tambalear, se apresuró a sostenerla con una mano mientras clavaba la mirada en su móvil y entendió parte de lo que ocurría.
Sacó su propio móvil de la chaqueta y la sonrisa prepotente y peligrosa volvió a curvar sus labios, mientras revisaba una información confidencial.
Y entonces, giró la pantalla hacia ella, y Aria leyó el titular que acababa de aparecer en el portal más importante de finanzas:
«Escándalo en los Hamptons, Aria Vanderbilt Roche buscada por malversación millonaria».
— No… ¡No es verdad... él lo hizo todo! —susurró ella, mirando a Killian con desesperación.
—¿Quién, señorita Vanderbilt?
—Alistair…
—¿Alistair Caldwell? — Killian desvió la mirada hacia el interior del Volvo, y allí, tirado en el asiento trasero como un cadáver abandonado, estaba el vestido de novia que Aria había recogido esa misma tarde, una pieza de encaje y seda que ahora parecía un sudario entre los restos del coche — Pues, el señor Caldwell ha sido muy eficiente —sentenció Killian— Ya ha filtrado la noticia.
Killian dio un paso adelante, acorralándola contra el Volvo.
La proximidad era asfixiante, Aria podía oler el aroma a sándalo y tabaco de lujo que emanaba de él, mezclado con la humedad de la noche. Él apoyó una mano sobre el techo del coche, atrapándola en su espacio personal.
— Escúchame bien, pajarito —le susurró al oído, y su aliento cálido le provocó un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío— No solo me debes un deportivo de trescientos mil dólares que ya no puedes pagar, ahora mismo, soy el único hombre en todo el estado que tiene el poder suficiente para evitar que duermas en una celda esta noche.
A lo lejos, las sirenas de la policía comenzaron a desgastar el silencio de la carretera costera, las luces azules y rojas bailaban contra la niebla, acercándose con rapidez.
Aria miró hacia la carretera y luego a los ojos implacables de Killian. Sabía quién era él, el hombre que su padre siempre le dijo que evitara, el tiburón que devoraba empresas y personas por igual. Pero Alistair la había dejado sin nada, excepto una sentencia de cárcel.
Killian abrió la puerta del pasajero de su deportivo dañado y la miró con una intensidad depredadora.
— Sube al coche, Aria. O quédate aquí y deja que Alistair termine su trabajo.
Aria dudó solo un segundo.
Con el corazón martilleando contra sus costillas, se separó del metal retorcido de su vida anterior y subió al asiento de cuero del deportivo, Killian cerró la puerta con un golpe seco, un sonido que para Aria sonó como el cierre de una trampa de oro.
Mientras el coche aceleraba alejándose de las patrullas que llegaban al lugar del accidente, Aria se hundió en el asiento, sin saber que acababa de escapar de un traidor para entregarse al hombre que le daría sus lecciones más amargas y también, las más deseadas…
Mientras Killian conducía en silencio hacia la oscuridad de los acantilados, el móvil de Aria volvió a iluminarse con un último mensaje de Alistair.
—Espero que te guste tu nueva celda, querida, por cierto, he quemado todas las fotos de tu padre.
Aria apretó el teléfono hasta que sus nudillos crujieron, mientras Killian, sin apartar la vista de la carretera, decía con una frialdad absoluta.
—No llores por lo que perdiste, Aria. Llora por lo que vas a tener que hacer para recuperarlo.
El l vestido de seda color medianoche se ceñía al cuerpo de Aria como una segunda piel, pero ella sentía que era una armadura de cristal a punto de estallar.Frente al espejo de su habitación en la mansión Sterling, sus dedos rozaron la marca casi invisible en su cuello donde, hacía quince años, solía descansar la medalla de su madre, mientras el mensaje de Alistair, enviado apenas unas horas antes, seguía reproduciéndose en un bucle mental tortuoso. «Él no te está protegiendo... te está usando como su coartada para un asesinato que él cometió».La puerta de la suite se abrió y Killian entró luciendo un esmoquin a medida que lo hacía parecer más una deidad peligrosa que un empresario.Se detuvo a sus espaldas, y a través del reflejo, Aria buscó desesperadamente una grieta en su máscara, pero solo encontró granito, sus hermosos ojos grises eran dos muros infranqueables, no había en ellos rastro de la vulnerabilidad que creyó ver en el santuario del ala este.— Estás distraída — dijo é
Aria se había sobresaltado luego de la explosiva reacción de Killian, lo había visto tan vulnerable, tan hermoso sumido en esa aura de tristeza que afinaba sus facciones perfectas que había sentido deseos de abrazarlo y brindarle consuelo, no supo por qué, pero de alguna manera sentía ese momento como un deja bu, pero su reacción había hecho que ella diera un respingo y un paso hacia atrás.Él se inclinó hasta que sus frentes se tocaron, y ella pudo oler el aroma metálico de la sangre mezclado con su perfume.— Si vuelves a poner un pie en esta ala, si mencionas el nombre de mi madre o vienes a husmear en mis motivos, el contrato se acaba en ese mismo instante — sentenció él, y su voz recuperó el filo del acero.La mujer apenas pudo asentir, sin que la abandonara esa sensación de que algo roto en él necesitaba repararse, pero él añadió:— ¡Y te juro por su memoria que yo mismo llamaré al detective, te pondré las esposas y te llevaré a la comisaría sin mirar atrás!, no me obligues a el
El silencio en la mansión The Abyss nunca era absoluto.Era una amalgama de susurros, el viento golpeando los acantilados, el crujido de la estructura de acero enfriándose tras el día y el zumbido eléctrico de los sistemas de seguridad que lo vigilaban todo.Aria estaba acostada, con la vista fija en el techo, sintiendo el peso de la tarjeta magnética bajo su almohada.La advertencia de Killian en el pasillo todavía resonaba en sus oídos, una vibración gélida que debería haberla mantenido bajo las sábanas, sin embargo, el miedo a lo desconocido estaba siendo devorado por un miedo mucho mayor, el miedo a ser un peón en un juego cuyas reglas ignoraba.Se levantó con movimientos felinos, y no encendió las luces.Se calzó unos zapatos planos y se echó una bata oscura sobre los hombros, al abrir la puerta de su habitación, el pasillo se extendía ante ella como la garganta de un monstruo, sabía que estaba cometiendo una locura.Desobedecer a Killian Sterling no era como romper una regla de
La biblioteca de la mansión era un santuario de madera de caoba, olor a cuero viejo y sombras alargadas, la única luz provenía de la chimenea, que proyectaba lenguas de fuego sobre los miles de volúmenes que forraban las paredes hasta el techo.Aria estaba de pie en el centro de la estancia, todavía con el pulso acelerado por el encuentro con el viejo Silas.Killian entró en la habitación sin hacer ruido, se había quitado la chaqueta y los dos primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados, no parecía cansado, parecía más bien un depredador que acababa de detectar una debilidad en su presa.— Fuiste blanda, Aria — soltó él sin preámbulos, rodeándola como un tiburón — Silas te olió el miedo, si mañana actúas así, no llegaremos ni al primer brindis antes de que nos entregue a la policía, y seguramente me acusara de ser tu cómplice.— Hice lo que pude, Killian, tu abuelo es aterrador — replicó ella, cruzándose de brazos en un gesto defensivo.— Error número uno — él se detuvo
El trayecto final hacia la mansión fue un campo de minas silencioso.Aria mantenía la mano derecha pegada a su propio muslo, tratando de borrar la sensación del acero frío que había rozado bajo el cinturón de Killian. Él, por su parte, conducía con una furia contenida que hacía que el motor del deportivo rugiera como una bestia herida.En cuanto el coche se detuvo frente a la imponente fachada de The Abyss, Aria no esperó a que él le abriera la puerta, bajó de un salto, ignorando la lluvia que volvía a arreciar, y caminó hacia la entrada con la intención de exigir respuestas.— ¿Por qué llevas un arma, Killian? — estalló ella en cuanto cruzaron el umbral del gran salón — ¿Y por qué me besaste como si... como si me odiaras y me desearas al mismo tiempo solo para una foto?— Shhh — la cortó Killian de golpe, su cuerpo se tensó al instante.Aria se quedó muda.Al fondo del salón, sentado en una de las poltronas de cuero frente a la chimenea apagada, un hombre de avanzada edad los observa
El salón se convirtió en una cámara de vacío.Aria sentía que el peso de las esposas comenzaba a materializarse sobre sus muñecas antes de que el detective siquiera las sacara.Alistair, a unos metros, sostenía su copa de cristal con una arrogancia que irradiaba triunfo, él lo había planeado todo, el desfalco, el arma, el video. ¡Era su golpe de gracia!— Detective, me temo que está cometiendo un error que su carrera no podrá costear — la voz de Killian Sterling intervino, cortando el aire como una cuchilla fría.Killian no esperó respuesta.Puso una mano posesiva sobre el hombro de Aria y le hizo una seña al oficial para que se apartaran hacia un rincón más discreto, lejos de los oídos curiosos, aunque Alistair, con la agudeza de una hiena, se las ingenió para mantenerse lo suficientemente cerca.— Tengo pruebas de que mi prometida estuvo conmigo toda la noche en mi mansión — declaró Killian, manteniendo una calma imperturbable — Pasamos una noche... apasionada... todo el personal de





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