Mundo ficciónIniciar sesiónEl Palace era demasiado público, demasiado brillante. Demasiado Castillo.
Mateo Vega no jugaba en ese terreno. Él prefería la oscuridad.
El taxi me dejó frente a una puerta de acero sin marcar en un callejón de Malasaña. No había letrero, solo un gorila de dos metros que me miró los zapatos Louboutin y se apartó sin pedir identificación. Sabía quién era.
Bajé las escaleras hacia el subsuelo. El aire cambió al instante. Olía a ginebra cara, humo de cigarrillos ilegales y sudor frío.
El club Búnker. Territorio neutral para la escoria más rica de Madrid.
Lo vi al fondo, en el reservado VIP más oscuro, rodeado de sombras que parecían protegerlo.
Mateo Vega.
Si Lorenzo Castillo era un león regio y cruel, Mateo era un tiburón hambriento que acababa de oler sangre en el agua.
Tenía treinta años, pero sus ojos parecían haber visto guerras que no salían en las noticias. Llevaba una camisa negra desabotonada hasta la mitad del pecho, revelando la tinta negra de un tatuaje que subía por su cuello como una enredadera venenosa.
Me acerqué. Él no se levantó.
Me miró por encima del borde de su vaso de whisky, con una sonrisa torcida que prometía problemas.
—E.R. —dijo, arrastrando las vocales. Su voz era áspera, como grava rozando metal—. O como te llaman en los pasillos de la bolsa: la Viuda Negra antes de la boda.
Me senté frente a él, cruzando las piernas despacio. El sofá de cuero rojo estaba desgastado. Aquí no había mármol inmaculado, solo decadencia.
—Llegas tarde, Elena —añadió, dejando el vaso sobre la mesa de metal oxidado—. ¿El viejo te tuvo entretenida?
—Negocios, Mateo. Algo que tú entiendes.
—Entiendo de dinero —se inclinó hacia delante, y la luz roja del neón iluminó la cicatriz de su ceja—. Y entiendo que vienes de ver a los Castillo. Hueles a ellos. Hueles a su perfume rancio de "viejo dinero".
—Vengo a ofrecerte una oportunidad para destruirlos —dije, yendo al grano. Saqué un pendrive de mi bolso y lo puse sobre la mesa, junto a su bebida—. Aquí están los puntos débiles de la fusión logística. Si atacas mañana al abrir el mercado, sus acciones caerán otro quince por ciento.
Mateo miró el pendrive, pero no lo tocó. Sus ojos volvieron a mí, recorriendo mi escote con una franqueza vulgar que era el polo opuesto a la evaluación clínica de Lorenzo. Mateo me desnudaba con la mirada, pero no para tasarme, sino para consumirme.
—¿Por qué haría eso? —preguntó, recostándose—. Ya soy rico. No necesito tus sobras corporativas.
—Porque los odias —susurré—. Porque Lorenzo Castillo arruinó a tu padre hace veinte años. Y porque odias que Alejandro haya nacido en una cuna de oro mientras tú peleabas en el barro.
La sonrisa de Mateo desapareció. Acerté.
—Tienes buena memoria para ser la ex del principito —murmuró. Se levantó de golpe y se sentó a mi lado en el sofá, invadiendo mi espacio personal de una forma agresiva. Su muslo duro presionó contra el mío. Su calor era sofocante.
—Te ayudo —dijo, acercando su boca a mi oído. Podía oler el whisky en su aliento—. Hundo sus barcos, quemo sus acciones, lo que tú quieras, reina. Pero mis servicios son caros. Y no acepto transferencias bancarias.
Me giré para mirarlo. Estábamos a centímetros. Podía ver los poros de su piel, la barba de tres días que raspaba.
—¿Qué quieres, Mateo? ¿Un puesto en la junta?
Él soltó una carcajada seca y cruel.
—Quiero cobrarme en carne.
Antes de que pudiera procesarlo, su mano grande y callosa se deslizó por mi muslo, subiendo por la seda de mi falda.
Me tensé, pero no me aparté.
Estábamos en un reservado, pero cualquiera que pasara podía vernos. El riesgo me aceleró el pulso.
—¿Aquí? —pregunté, desafiante, sin bajar la mirada.
—Aquí. Ahora —gruñó.
Sus dedos encontraron el borde de mi encaje. No fue suave. Fue una invasión. Un reclamo territorial. Mateo no pedía permiso; él tomaba lo que creía suyo.
—Si quieres mi ayuda para joder a tu ex —susurró contra mis labios, mientras su mano se movía con una destreza pecaminosa entre mis piernas—, primero tienes que dejar que te joda yo.
Ahogué un gemido cuando sus dedos encontraron mi punto exacto, húmedo y palpitante. La mezcla de la música atronadora, el miedo a ser vista y la audacia de su tacto me golpeó como una droga.
—Eres una zorra corporativa y me encanta —dijo contra mi cuello, mordiendo el lóbulo de mi oreja con fuerza.
No era amor. No era romance. Era una transacción sellada con fluidos y odio compartido.
Agarré su camisa, atrayéndolo más hacia mí, rindiéndome a la locura.
—Hazlo —ordené, jadeando—. Pero asegúrate de que valga la pena el precio de mis acciones.
Mateo sonrió contra mi piel, una sonrisa salvaje.
Bajó la cabeza hacia mi cuello, justo donde el collar de diamantes no cubría la piel. Y mordió.
No fue un beso. Fue una marca. Sus dientes se clavaron en mi carne tierna, succionando con fuerza, doliendo, marcando. Quería dejar un rastro. Quería que fuera visible.
Me aferré a sus hombros, mis uñas clavándose en su espalda a través de la tela negra, mientras él dejaba una hematoma púrpura en mi piel pálida.
Se apartó bruscamente, admirando su obra con satisfacción posesiva. Pasó el pulgar por la marca roja en mi cuello.
—Ahí está —dijo, con los ojos brillando de malicia pura—. Para que el viejo sepa que ya tienes dueño. Cuando te vea mañana en la junta, sabrá que yo estuve ahí primero.
Me toqué el cuello, sintiendo el pálpito doloroso bajo mis dedos. Iba a ser imposible de ocultar. Lorenzo lo vería. Alejandro lo vería.
Sonreí, limpiándome el labial corrido con el dorso de la mano. Era perfecto. Era una declaración de guerra pintada en mi piel.
—Trato hecho, Vega —dije, levantándome con las piernas temblorosas pero la cabeza alta—. Mañana al amanecer, quiero ver arder el imperio Castillo.







