El aire de la noche golpeó mi espalda desnuda cuando Lorenzo abrió las puertas del balcón y me empujó hacia afuera.
No hubo amabilidad. Me inmovilizó contra la barandilla de piedra. El mármol estaba helado contra mi piel, pero el cuerpo de Lorenzo era un muro de calor sofocante que me aplastaba.
Madrid brillaba a lo lejos, ajena a la guerra que ocurría en esa terraza oscura.
—Respóndeme —exigió, su aliento oliendo a alcohol y furia—. ¿Te has acostado con Vega?
Levanté la barbilla, desafiando su peso sobre mí.
—¿Te importa? —pregunté con veneno—. ¿Te pone celoso que otro juegue con lo que tú y tu hijo tirasteis a la basura hace cinco años?
La mano de Lorenzo subió a mi garganta. No apretó para asfixiar, sino para controlar. Su pulgar acarició la línea de mi mandíbula con una posesividad que me hizo temblar.
—Tú no eres basura, Elena. Eres una inversión que gestionamos mal.
—Soy la competencia, Lorenzo. Acostúmbrate.
—Eres propiedad de Castillo —gruñó, acercando su rostro hasta que sus