El aire de la noche golpeó mi espalda desnuda cuando Lorenzo abrió las puertas del balcón y me empujó hacia afuera.
No hubo amabilidad. Me inmovilizó contra la barandilla de piedra. El mármol estaba helado contra mi piel, pero el cuerpo de Lorenzo era un muro de calor sofocante que me aplastaba.
Madrid brillaba a lo lejos, ajena a la guerra que ocurría en esa terraza oscura.
—Respóndeme —exigió, su aliento oliendo a alcohol y furia—. ¿Te has acostado con Vega?
Levanté la barbilla, desafiando su