Mundo ficciónIniciar sesiónSalí de la sala de juntas sin mirar atrás.
Pero el silencio duró poco.
—¡Elena! ¡Espera!
Escuché pasos apresurados detrás de mí. No me detuve. No vine aquí para escuchar excusas de hombres débiles. Vine para comprarlos y romperlos.
Sentí una mano en mi codo.
Giré con tanta violencia que Alejandro tuvo que frenar en seco.
—Te dije que no me tocaras —dije. Mi voz era hielo puro.
Alejandro retrocedió un paso, levantando las manos. Jadeaba, con el cabello despeinado y sudor en la frente. Hace cinco años, ese rostro había sido mi sol. Ahora, solo me parecía patético.
—Elena... por Dios, eres tú —balbuceó, mirándome como a una aparición—. Te busqué. Juro que te busqué. Desapareciste... nadie sabía dónde estabas.
Me crucé de brazos, dejando que mi bolso colgara como un escudo.
—No me buscaste muy bien, Alejandro. Estaba ocupada construyendo el imperio que está a punto de tragarse al tuyo.
Intentó sonreír, esa vieja mueca encantadora que solía derretirme. Ahora solo notaba las arrugas de estrés y la mancha de café en su puño.
—Mira, sé que las cosas terminaron mal...
—¿Mal? —lo interrumpí—. Me humillaste ante toda la sociedad. Proyectaste la miseria de mi madre como un espectáculo de circo.
—Era mi padre... —se excusó rápido, señalando hacia la sala—. Él me presionó. Sabes cómo es Lorenzo. Yo era joven, estúpido...
Di un paso hacia él, invadiendo su espacio. Alejandro tragó saliva. Olía a desesperación.
—Sigues siendo estúpido, Alejandro. Pero ya no eres joven.
Pasé mi mirada por su traje con desprecio calculado.
—¿Ese corte es de saldo? El Grupo Castillo ha perdido un treinta por ciento de valor en bolsa desde que asumiste la vicepresidencia.
Le ajusté la solapa con un gesto que parecía íntimo, pero era puramente degradante.
—Hueles a fracaso, cariño. Y el fracaso se pega.
Me di la vuelta antes de que pudiera responder, dejándolo con el ego destrozado en el pasillo.
Caminé directo hacia la puerta del fondo. La puerta del León.
La secretaria intentó levantarse.
—Señorita, el señor Castillo no recibe a...
Abrí la puerta sin llamar y entré.
El despacho de Lorenzo Castillo era tal como lo recordaba: oscuro, imponente, con olor a tabaco y poder.
Estaba de pie junto al ventanal, dándome la espalda. Una silueta ancha, recortada contra la luz de Madrid.
—Le dije que no quería interrupciones, Marta —dijo. Su voz era un barítono profundo que vibraba en el pecho.
—Marta no pudo detenerme —respondí, cerrando la puerta.
Lorenzo se giró lentamente.
Tenía cincuenta y cinco años, pero parecía curado en whisky añejo. Su cabello era plateado en las sienes, sus ojos negros los de un depredador. Llevaba un traje italiano que costaba más que la dignidad de su hijo.
Sostenía un puro humeante. No se sorprendió. Me miró.
El aire cambió. Ya no era una reunión de negocios; era una jaula con dos bestias.
Lorenzo caminó hacia mí. No se detuvo a una distancia aceptable. Avanzó hasta que tuve que alzar la barbilla. Era inmenso, asfixiante.
Exhaló el humo. Su aroma me envolvió: masculino, pesado, dominante.
—E.R. —pronunció mis iniciales saboreándolas—. O debería decir... la pequeña Elena.
—Elena ya no existe —respondí firme, aunque mi corazón latía con fuerza. Por odio. Y por algo más oscuro.
Lorenzo sonrió. La sonrisa del lobo ante la presa armada.
—Cierto. La pequeña Elena temblaba cuando yo entraba. Tú no estás temblando.
Dio un paso más, eliminando el aire entre nosotros. Sentí el calor que irradiaba su cuerpo.
Sus ojos oscuros recorrieron mi cuerpo, deteniéndose descaradamente en mi escote antes de subir a mis ojos. Fue una evaluación de propiedad.
—Has mejorado, niña —murmuró con voz ronca—. Mucho.
Levantó una mano grande y rozó un mechón de mi pelo. No tocó mi piel, pero sentí la electricidad.
—Ya no hueles a lejía. Hueles a ambición y a problemas caros.
—Soy el problema más caro de tu vida, Lorenzo —aseguré.
Soltó una risa seca.
—Me gustan los lujos. Y suelo pagar el precio que sea por lo que quiero.
Caminó hacia la puerta y giró el pestillo.
Clack.
El sonido resonó como un disparo.
Mi pulso se aceleró. Encerrados. Solos. El padre de mi ex y yo.
Lorenzo se apoyó contra la puerta, bloqueando la salida. Me miró con una intensidad que me hizo sentir desnuda.
—Bienvenida a la familia, socia —dijo, ensuciando la palabra—. Ahora, dime qué quieres realmente antes de que decida ponerte sobre mi escritorio y cobrarme la entrada por adelantado.







