Mi Porsche negro cortaba la noche de La Moraleja como una cuchilla.
Las farolas iluminaban mansiones que costaban más que el PIB de un país pequeño. Hace cinco años, caminé por estas calles bajo la lluvia, llorando, con el rímel corrido y el corazón roto. Hoy, volvía sobre ruedas de aleación y con el alma blindada.
Apreté el volante de cuero.
—Voy a acostarme con el diablo —murmuré para mí misma, viendo mi reflejo en el retrovisor— para robarle el tridente.
No era una visita de cortesía. Era una invasión.
Detuve el coche en una calle lateral, a cien metros de la entrada de los Castillo. Apagué el motor. El silencio era absoluto.
Miré el reloj digital del tablero. Faltaban cinco minutos para la medianoche.
Recordé la orden de Lorenzo. No lleves ropa interior.
Levanté las caderas del asiento de cuero. Con movimientos rápidos y precisos, deslicé mis bragas de encaje hacia abajo, sacándolas por mis tobillos. Las hice una bola y las guardé en mi bolso Birkin.
La sensación fue inmediata. El