Mi Porsche negro cortaba la noche de La Moraleja como una cuchilla.
Las farolas iluminaban mansiones que costaban más que el PIB de un país pequeño. Hace cinco años, caminé por estas calles bajo la lluvia, llorando, con el rímel corrido y el corazón roto. Hoy, volvía sobre ruedas de aleación y con el alma blindada.
Apreté el volante de cuero.
—Voy a acostarme con el diablo —murmuré para mí misma, viendo mi reflejo en el retrovisor— para robarle el tridente.
No era una visita de cortesía. Era un