La cena en la mansión Castillo se había convertido en un deporte de riesgo.
La mesa larga del comedor estaba servida con la plata de la abuela y la tensión de una trinchera.
Lorenzo presidía la cabecera, pero su silla ya no era un trono; era una posición defensiva.
Llevaba la misma ropa desde hacía dos días, y sus ojos se movían de un lado a otro como los de un animal acorralado.
A su derecha, yo. La Reina Madre. La intocable. Comía mi sopa de verduras con una calma que lo desquiciaba, sabiendo