El rugido de los motores diésel rompió la paz sepulcral de la mañana en La Moraleja.
No era un coche de lujo. Era un convoy.
Tres camiones de mudanza negros, sin logotipos, aparcaron frente a la verja de hierro forjado de la mansión Castillo. Los frenos de aire silbaron como una burla.
Lorenzo estaba de pie en el pórtico, todavía con la ropa de ayer, arrugada y sudada por el pánico de la bancarrota. Al ver los camiones, su mano fue directa al bolsillo interior de su chaqueta.
Sacó la Beretta.
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