La amenaza de Dante Castillo flotaba en la mansión como gas tóxico invisible.
Me refugié en la suite principal, esa habitación que había cambiado de dueño tres veces en una semana.
Cerré las cortinas pesadas, bloqueando la vista de los mercenarios que patrullaban el jardín.
El reloj marcaba las dos de la madrugada. No podía dormir. Mi mente repasaba los movimientos de ajedrez. Tenía el dinero. Tenía las acciones.
Tenía al heredero. Pero la llegada del hermano mafioso de Lorenzo era una variable