Mi oficina apestaba a desesperación.
Al abrir la puerta, el olor dulzón y empalagoso de mil rosas rojas me golpeó como un puñetazo.
Caminé entre los arreglos florales, pateando un jarrón de cristal que se interponía en mi camino. Se hizo añicos. Ni me inmuté.
—Sabía que te gustarían.
Alejandro estaba apoyado en el marco de la puerta, con esa sonrisa de niño rico que solía derretirme y que ahora solo me provocaba náuseas. Llevaba un traje azul marino, mejor cortado que el de ayer, intentando recuperar la imagen de príncipe heredero.
—¿Te gustan? —insistió, entrando en mi espacio—. Son Grand Prix, tus favoritas. Recuerdo que dijiste una vez que querías una boda llena de estas.
Me giré lentamente.
—Dije eso cuando tenía veinte años y era estúpida, Alejandro. Ahora solo veo basura vegetal que estorba mi trabajo.
Su sonrisa vaciló, pero no se rindió. Se acercó más, ignorando el cristal roto bajo sus zapatos.
—Sé que estás enfadada. Tienes derecho. Pero lo de ayer... ver cómo manejaste a m