Mi oficina apestaba a desesperación.
Al abrir la puerta, el olor dulzón y empalagoso de mil rosas rojas me golpeó como un puñetazo.
Caminé entre los arreglos florales, pateando un jarrón de cristal que se interponía en mi camino. Se hizo añicos. Ni me inmuté.
—Sabía que te gustarían.
Alejandro estaba apoyado en el marco de la puerta, con esa sonrisa de niño rico que solía derretirme y que ahora solo me provocaba náuseas. Llevaba un traje azul marino, mejor cortado que el de ayer, intentando re