La mansión Castillo se había transformado en un mercado de carne de lujo.
Retiré los muebles del gran salón para colocar filas de sillas doradas. En el estrado, donde solía estar el piano de cola, había un atril de subastas.
Y frente a él, la élite de Madrid se agolpaba como buitres con trajes de Armani, listos para rapiñar los restos del imperio caído.
—Damas y caballeros —dije al micrófono, mi voz resonando clara y afilada—. Bienvenidos a la liquidación de activos personales del señor Lorenzo