No me vestí para asistir a una gala. Me vestí para ejecutar una sentencia.
Mi arma era una ilusión óptica de Zuhair Murad: tres metros de seda transparente color nude y diez mil cristales Swarovski. Bajo las luces, la tela desaparecía.
Parecía que mi piel estaba bañada en diamantes líquidos, sin nada debajo.
Era vulgar. Era excesivo. Era perfecto.
Me miré al espejo. El vestido no permitía ropa interior. Solo había mi propia audacia cubriendo lo esencial.
—E.R., el coche está listo —anunció mi a