No me vestí para asistir a una gala. Me vestí para ejecutar una sentencia.
Mi arma era una ilusión óptica de Zuhair Murad: tres metros de seda transparente color nude y diez mil cristales Swarovski. Bajo las luces, la tela desaparecía.
Parecía que mi piel estaba bañada en diamantes líquidos, sin nada debajo.
Era vulgar. Era excesivo. Era perfecto.
Me miré al espejo. El vestido no permitía ropa interior. Solo había mi propia audacia cubriendo lo esencial.
—E.R., el coche está listo —anunció mi asistente.
Me apliqué una última capa de labial rojo sangre. Esta noche, Madrid no vería a una CEO respetable.
Verían a la mujer que podía comprar sus deudas y destruir sus matrimonios antes del postre.
La Gala Benéfica del Museo del Prado era el evento del año. Al bajar de la limusina, los flashes estallaron como disparos.
—¡Elena! ¡Elena Rojo! —gritaban los fotógrafos.
Caminé hacia el centro de la alfombra. El aire de la noche rozaba mi espalda totalmente descubierta. Cada paso era una provocac