Mundo ficciónIniciar sesiónAmelia Torres creía que tenía todo en la vida: un esposo amoroso, cariñoso y responsable. En camino, venía una hermosa bebé, la cual era fruto de todo el amor que se tenían, o al menos eso era lo que ella pensaba. Un día cualquiera, su vida cambió de un momento a otro; una mala decisión, una reacción indebida, una cruda verdad, un corazón roto y la pérdida de su bebé cambiaron la vida de esta mujer para siempre. Luciano D’Angelo llegó a México junto a su bebé para comenzar de nuevo, solo que ese comienzo, con el paso del tiempo, se fue distorsionando y los planes poco a poco se convirtieron en otros. El hombre que, en un principio, intentaba ser un buen padre, olvidó de a poco, fue olvidándose de la verdadera razón de seguir vivo. Hoy día, es considerado como uno de los hombres más fríos y calculadores que hay en el mundo de los negocios. Por otro lado, Almendra, a sus 4 años, se enfrentará a una dura realidad que la está marcando, pues, ella para sus compañeras de colegio es “la niña que no tiene mamá,” “la huérfana,” “la niña que no puede jugar porque no tiene mamá.” Amelia jamás podrá volver a tener hijos, ella siempre será “la estéril,” “la infértil,” “la mujer incompleta,” “la mujer que no sirve para parir.” Ella debe lidiar con las miradas y los comentarios a sus espaldas, pues un día lo tuvo todo y hoy no tiene nada. Almendra busca una mamá, Almendra no busca ser mamá, aunque un día así lo deseó… Luciano no busca una esposa, busca sobrevivir a los recuerdos del pasado, olvidando que una parte de lo que busca olvidar sigue presente y lo necesita.
Leer másAmelia estaba sentada en una de las tantas sillas que había en la sala del juzgado, su corazón estaba hecho pedazos. Luego de 3 años de matrimonio, hoy, ponía fin a esa etapa de su vida.
Tras varios minutos de espera, aquella mujer por fin ve llegar a Edgar Salinas, su aún esposo.
El hombre, tal como siempre, viene ataviado con un elegante e impecable traje, al verlo así, siente como el nudo que llevaba, aprieta más de lo normal, ya que, este traje, es uno de los que ella en algún momento preparó.
Era increíble cómo todo había cambiado de un momento a otro, era increíble cómo aquello que llamó “lo nuestro” en realidad nunca existió.
Al verlo, se da cuenta de que ya no eran los mismos de hace 3 años, él, a sus 28 años, se ha vuelto más atractivo y ella, a sus 21 años, solo luce cansada y harta, sí, harta de la vida, de su matrimonio, de fingir que nada pasa.
Hoy viene al juzgado a dar por terminado algo que nunca debió comenzar, sabe perfecto que, en este punto, ella es quien sufrirá más, pues él, saliendo de aquí, ya lo espera alguien más.
Ella no necesita ser una genio para saber que, fuera de aquí, debe estar Larissa Marcos, la mujer perfecta, según la descripción de doña Elenita, su futura ex-suegra.
Aquella señora debe estar dando brincos de alegría, ya que nunca bendijo su matrimonio.
En un abrir y cerrar de ojos, la audiencia comienza, ella oye, pero no escucha, solo ve cómo todos ahí mueven los labios, trata de prestar atención, pero, simplemente, no puede.
Amelia, desde hace 6 meses, vive como si estuviese en piloto automático, si mira atrás, le duele darse cuenta de que, creía que tenía todo: un esposo maravillosamente cariñoso y responsable, una hija en camino, una bella casa a la que llamaba hogar.
Edgar era el hombre de sus sueños, era el único capaz de hacerla sentir segura y feliz, por lo que aún no logra entender lo que sucedió.
El recordar aquel día le provoca una oleada de sentimientos encontrados; su garganta duele, sus lágrimas se acumulan y quieren traicionarla, pero no, no lo permite, no quiere darle a su futuro exmarido la satisfacción de decirle que montó una escena en el juzgado, así que se muerde la lengua y su mejilla interior.
- “Amelia, no te engañes, él ya no estaba contigo, él ya estaba con ella desde mucho antes de que todo sucediera. Recuerda bien cómo sucedió, no trates de adornar la realidad.” Se dice a sí misma.
Amelia, por más que intenta no hacerlo, cada día recuerda aquel fatídico día en donde su hija murió, jamás tuvo oportunidad de conocerla, no tuvo oportunidad de saber cómo era, de abrazarla, de olerla, de besarla, de cargarla.
Cierra los puños al pensar en que, si su nena no se hubiera muerto, ahora tendría 3 meses, estaría en sus brazos y ella no se sentiría tan vacía como se siente.
Mientras la audiencia se desarrollaba, Amelia no pudo evitar traer a su mente el día en que el destino quiso que toda la verdad se estrellara en su cara, el día en que vio cómo su marido entraba a un motel a lado de Larissa, su viejo amor de juventud.
De todas las cosas que perdió ese día, desearía poder borrar aquellos terribles recuerdos, pero no, ese día estaba ahí para recordarle dos cosas: su marido le estaba siendo infiel y ese día, su hija murió.
Amelia jamás se imaginó tener que vivir algo como aquello, menos estando embarazada. Jamás creyó que en un arrebato de celos, de enojo o frustración, haría lo que haría, pues solo una loca o masoquista, lo esperaría hasta que saliera de aquel lugar.
Al recordarlo, una lágrima traicionera rodó por su mejilla, la cual, limpió inmediatamente, porque estaba cansada de verse patética.
- “¡AMELIA SOLO FUE SEXO, NO ES AMOR! ¡POR DIOS! ¡ENTIÉNDELO! ¡LARISSA NO SIGNIFICA NADA, ELLA SOLO ES UN DESAHOGO! TÚ Y YO, NO PODEMOS TENER INTIMIDAD, NO MIENTRAS ESTÉS EMBARAZADA, RECUERDA, ES POR EL BIEN DE LA BEBÉ.” Esas habían sido las palabras que su marido usó para calmarla y justificarse.
- ¡Amelia Torres! -dijo el juez mirándola fijamente y haciéndola salir de su ensueño.
- Sí, sí, dígame, señor juez… -respondió apenada.
- ¿Está de acuerdo con lo que solicita la parte demandada?
- ¡Perdón! ¿Podría repetirme lo que pidió? -dice la joven, volteando a ver a su futuro exesposo, quien mueve la cabeza en negación.
- Licenciado Aldama, ¿Puede hacernos el favor de repetir la solicitud?
El hombre voltea a verla con desdén y dice:
- Mi cliente solicita que esta misma semana, desaloje la casa que no aceptó, ya que, será vendida la próxima semana.
Al escuchar aquello, el corazón de Amelia le dolió de una manera que nadie podría imaginar, por lo que, simplemente pasa saliva como si con esto, pudiera empujar al fondo lo que sentía.
- Sí, no hay problema, hoy mismo dejaré la casa. -dijo Amelia tratando de aparentar tranquilidad.
- Señora Torres, usted puede tomarse toda la semana. -dijo el juez, al ver el semblante cansado y triste de la mujer.
- No sé preocupe, su señoría, no tengo mucho que sacar, así que, hoy mismo puedo dejar mi… La casa. -dice autocorrigiéndose.
Amelia sabía que ese lugar ya no era su casa, ese lugar ya no era su hogar, ese se destruyó, junto con todos los sueños y planes que tenían.
Tras aquellas palabras, su abogado le pasa el acta de divorcio para firmar, Edgar Salinas quería calmar sus demonios y remordimientos, por lo que, el hombre, ofrecía, propiedades, dinero e incluso varios autos, pero Amelia rechazó todo, ya que nada de eso, le devolvería a su hija y mucho menos, le permitiría volver a crear vida.
Ella era consciente de que no todo había sido culpa de Edgar, ella también contribuyó a su estado actual. Sabía que, jamás debió haber encarado a su marido, debió dejarlo pasar, debió hacerse la loca, pero no lo hizo y ahora, viviría con el resultado de sus acciones.
Tras firmar el acta y entregarla a su abogado, el juez dijo el día, la hora y la conclusión del caso, finalmente, su matrimonio se había acabado.
Al salir de la sala, tal como lo suponía, Larissa Marcos estaba ahí, llevaba un hermoso vestido color rojo que lucía perfecto. Al ver a Edgar, la mujer sonrió y caminó hacia él, abriendo los brazos, sí, de ahora en adelante, ya no tendrán que fingir más, él ya era suyo, completamente suyo, ya no tendrían que esconderse más.
Amelia tuvo que ver cómo su ahora exmarido, abrazaba y besaba a aquella mujer con la que juraba no tener nada. Tras aquella escena, Amelia sintió que ya no podía más, así que salió del juzgado rumbo al que un día llamó hogar.
Al llegar ahí, no pudo evitar derrumbarse, pues el lugar, se encontraba lleno de promesas y recuerdos.
- ¡Soy una basura, una idiota! ¡No sirvo! ¡Jamás podré volver a crear vida! ¿Qué dice eso de mí? -se dijo a sí misma recordando que jamás podría volver a crear vida.
Luego de llorar amargamente, la mujer sonrió al darse cuenta de que, todo el maldito engaño estaba ante sus ojos. La verdad siempre estuvo en esos abrazos de cumpleaños, los de Navidad, los de Año Nuevo, en esas reuniones familiares donde Larissa siempre estuvo invitada, e incluso, en eventos donde ni Amelia se presentaba, pues no le caía nada bien a doña Elenita.
Tras aquello, Amelia finalmente, recogió las pocas pertenencias que tenía y decidió salir de ahí. Cuando estaba por abrir la puerta, se llevó un susto de muerte, pues notó que alguien estaba por entrar.
Tan pronto como la puerta se abrió, Amelia se preparó para lo peor, pero, se queda sin palabras al ver a la persona que estaba ahí.
- Amelia…
- Edgar…
- Creía que ya no estabas aquí… -dijo el hombre de modo indiferente.
- Ya voy de salida, las llaves las dejo en el recibidor… ¡Adiós, Edgar!
- Amelia, no es necesario que salgas hoy mismo de esta casa…
- ¡Sí, lo es! ¿Recuerdas que hoy firmamos los papeles del divorcio? ¿Recuerdas que me diste una semana para desalojar la casa? No necesito una semana, hoy mismo me voy.
- ¡Amelia! ¡No entiendo por qué reaccionas así! ¡No soy un animal! ¡No soy un desalmado! ¡Yo te quería dejar esto y más cosas!
- ¡Discúlpame, Edgar! Simplemente no quiero nada de ti, no quiero tener nada que ver contigo, por esta razón, acepté el divorcio en común acuerdo, de lo contrario, hubiese sido más fácil demandarte, ya que, debido a que no supiste mantener tu promesa de amarme y respetarme, perdimos a nuestra hija.
- ¡Amelia! ¿Vas de nuevo con ese tema? ¡Ya déjala ir!
- ¿Dejarla ir? ¿De verdad me estás diciendo eso? ¿Sabes qué? -dice Amelia, pero se arrepiente. - No, mejor ya no, no tiene caso, me voy, Edgar. La casa está tal cual la dejaste hace meses, como puedes ver, no me llevo nada que no sea mío.
- ¡Amelia! Solo vine por unas cosas, no vine a supervisarte, aunque, al verte, creí que podríamos tener una plática civilizada, pero, veo que aún no estás lista.
- ¡Es correcto! ¡Aún no estoy lista! ¡No tiene caso una plática! Lo que se tenía que decir ya se dijo.
- Amelia… -dice mientras la toma de la muñeca y no la suelta.
Acto seguido, como si su toque la quemara, ella le arrebata su mano de un solo jalón.
- Ya no es necesario que finjas y me trates bien, ya no somos, ni seremos nada… y de verdad, Edgar, espero que siempre sea así. -dice Amelia, recordando los mensajes que Larissa le mandó mientras cuidaba de ella, después de perder a la bebé.
- “Ella no merece que la cuides, no merece que la trates bien, ella mató a tu hija. ¡Odio que la trates bien! ¡Ella es una asesina!”
Edgar ve cómo Amelia se va, algo le dice que vaya tras ella, por un momento duda, pero, al final, entra a la casa cerrando la puerta de un solo golpe.
Amelia se marcha sabiendo que es momento de regresar a su antigua vida, la cual, nunca debió dejar, pues los cuentos de hadas son eso, cuentos. En la vida real, las cosas no funcionan como en las novelas donde, la pobre se casa con el rico y viven felices para siempre.
Eran casi las 6:00 am cuando Luciano llegaba a casa; el hombre necesitaba un baño para quitarse por completo las huellas de lo que había hecho.El camino a casa había servido para que la adrenalina que corría por el cuerpo de Luciano se fuese estabilizando; sin embargo, con lo que no contaba era que, frente a su casa, un elegante deportivo se encontraba estacionado. Al ver las iniciales, supo que tendría problemas.—¡Sebastiano Di Stefano, trae tu trasero aquí! —se escuchó una vez que el hombre puso un pie dentro de su casa.Luciano solo tronó su cuello ante aquella conocida voz.- Antonio Moretti… ¿Qué te trajo hasta aquí? —dijo Luciano entrando a la sala del recibidor.Teresa, Ángela y Antonio abrieron los ojos de sobremanera al ver el estado del hombre que acababa de llegar.- Lu… Luciano… —dijo Ángela impresionada al ver algunas marcas de sangre en su cabello y cuello.—Señoras, Luciano y yo tenemos que hablar, así que Teresa, que nadie nos moleste. —dijo Moretti, sabiendo que nad
Barbara sabía que Luciano estaba jugando con la mente de Edgar, sabía que cada palabra la analizaba con lupa; no necesitaba ser un genio para darse cuenta de lo que este hombre pretendía.Mientras Barbara analizaba qué era lo que pudo haber sucedido en aquella época, Luciano comenzó a golpear sin piedad al hombre que estaba en el suelo; los gritos hicieron que Barbara saliera de aquellos pensamientos.La mujer se horrorizó al ver cómo Luciano golpeaba una y otra vez el rostro de Edgar. Los gritos y los penosos intentos de liberarse eran una escena que jamás hubiese imaginado vivir. Nuevamente, fue inevitable sentir cómo la orina recorría sus ya de por sí frías y desnudas piernas.Tras varios minutos, los gritos fueron cesando, los intentos por soltarse desaparecieron; ahí fue cuando Luciano dejó de golpear a puño cerrado y comenzó a patear el cuerpo inerte de aquel pedazo de hombre.Edgar ya no tenía voz, ya no tenía fuerzas, su cuerpo dolía, ardía, y lo único que podía hacer era trag
Edgar, al mirar el rostro lleno de desconcierto de Luciano, supo que esa era su oportunidad. Estaba más que claro que, Barbara no le era de utilidad, así que buscaría la manera de salvar su pellejo.El saberse casi a salvo, hizo algo que puso la balanza totalmente en su contra, pues con una burlona sonrisa dibujada en su rostro dijo:- Ahora ya sabes que, si me matas, nunca podrás saber qué sucedió con mi hija. Si me matas ahora mismo, jamás podrás averiguar nada sobre ella.Edgar se sentía triunfante, se sentía seguro, puesto que el que, Luciano preguntase dónde estaban los restos de la hija de Amelia y él, le indicaba que, por más esfuerzos y dinero que tuviese, la verdad seguía oculta.Luciano miraba a la nada, estaba procesando todas y cada una de las palabras que acababa de escuchar. Si lo que decía Edgar era verdad, todo apuntaría a que esa niña no había muerto y debía estar en algún lado, ¿dónde? ¿Con quién? Eran preguntas que bien podía contestar Edgar o alguien más…Mientras
Luciano llegó al lugar adonde llevarían a Barbara y Edgar, como era de esperarse, el hombre había llegado mucho antes que ellos. Lo cual, le dio oportunidad de admirar la ciudad desde ese punto, mientras lo hacía, fumó varios cigarrillos, los cuales, le ayudaban a calmar un poco su ansiedad.Odiaba hacer ese tipo de cosas, pues sentía que traicionaba varias promesas que había hecho en el pasado, pero, estaba más que claro que, si no hacía lo que ya tenía en mente, aquella mujer en algún momento, se le saldría de las manos.El sonido de la lluvia, el aroma a tabaco y las notas que sonaban dentro de su auto, creaban un ambiente sereno para él.Aquello le resultaba bastante irónico, pues lo que haría en unos minutos, no requería nada de serenidad; al contrario, sabía que tan pronto como viera llegar a ese maldito par, dejaría salir todos sus demonios.Luciano cerró los ojos por un momento, aquello le pareció un breve instante; sin embargo, aquel instante habían sido varios minutos. Luego,
Barbara festejaba por dentro, pues sabía que este hombre era tan parecido a ella que, en cualquier momento regresaría con ella, definitivamente, hoy era ese día. Ella se estaba dejando llevar por aquel apasionado beso, le encantaba sentir como la lengua de Luciano danzaba al mismo compás que la suya. Todo aquello mientras que una de sus manos apretaba y tocaba los lugares correctos de su cuerpo, el cual solo estaba cubierto por un ligero camisón. Aquí, lo único que la incomodaba era saber que en una de tantas habitaciones estaba su querido primo. - “¡Que se joda!” -dijo mentalmente, sabiendo que no perdería esta magnifica oportunidad solo por sentir un poco de pena. Barbara sintió la gloria al sentir como Luciano soltó su nuca, rodeo su cintura con un brazo y con el otro comenzó a explorar por aquella zona que no paraba de extrañarlo. - ¡Ah! —Barbara dejó salir un gemido al sentir cómo Luciano comenzaba a jugar con ella. Barbara se sentía en la gloria; los deliciosos labios de aq
Luciano por un momento se vio tentado ante la petición o recomendación de su hija; sin embargo, no podía hacer lo que su hija pedía. No quería seguir causando más daño a Amelia, menos cuando llevaba a su hijo o hija en el vientre.Tras unos cuantos minutos viendo la televisión, Almendra se quedó profundamente dormida, el hombre se percató de aquello y la arropó. Luego de ver cómo su pequeña dormía de manera apacible, se levantó y miró cómo el cielo comenzaba a caer convertido en una fuerte lluvia, la cual golpeaba de manera incesante sobre la ventana.Mientras veía cómo llovía, el hombre sacó su móvil y decidió encenderlo, luego de haberlo tenido apagado todo el día. Al encenderlo, inmediatamente una serie de mensajes, llamadas y correos de voz comenzaron a llegarle.Obviamente, no necesitaba ser un sabio para saber de quiénes o de quiénes eran. Rápidamente, los revisó y, como lo había hecho en todo el día, ignoró todos aquellos que provenían de su familia, luego, se enfocó en los que
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