Mundo ficciónIniciar sesión2 novelas en 1. 1. Juego de errores de prohibido. Culpable por deseo. Renata se había puesto una sola regla, no mirar al padre de su mejor amiga como algo más. Bruno Ávalos era intocable. Poderoso. Casado. Mayor que ella. Un hombre al que nunca debía acercarse… y al que nunca dejó de desear. Sin embargo, cada día durante los últimos dos años tuvo una intensa lucha contra si misma para no desearlo. Pero cuando estás profundamente enamorada no mides las consecuencias y eres capaz de cometer los peores errores de tu vida sin quererlo. Por eso, cuando una tragedia sacude a la familia, Renata queda atrapada en una red de silencios, sospechas y miradas que queman. Bruno no la deja ir. La mantiene cerca. Demasiado cerca. Bajo su control. Bajo su vigilancia. Bajo su sombra. Él es autoridad. Ella, vulnerabilidad. Porque hay relaciones prohibidas que nacen de la inocencia… y se convierten en oscuridad. 2. Embarazada del Enemigo. Una noche de tormenta. Un error prohibido. Dos consecuencias inesperadas. Camila Ávalos creció siendo la princesa intocable de un imperio de concreto, protegida por su padre, el temido Bruno Ávalos. Pero en una noche de caos y violencia, su salvador no fue un héroe, sino el enemigo: Arthur Sterling. El "Rey Blanco" de Chicago. El socio arrogante. El hombre que la miraba con desdén desde su torre de marfil. Encerrados en una suite de lujo mientras la ciudad ardía, el odio se transformó en una pasión primitiva y devastadora. Camila se entregó al hombre que juró destruir a su padre, y Arthur, por primera vez en su vida, perdió el control. Pero al amanecer, la realidad los golpeó. Él la humilló para proteger su propio ego herido. Ella lo destruyó con una sola palabra: "Viejo".
Leer másEl calor de Los Cabos no era nada comparado con el incendio que Renata llevaba por dentro.
Dos margaritas y un shot de tequila. Esa había sido su dosis de valor para cruzar el pasillo de mármol de la Suite Imperial.
Aunque sabía que lo que haría estaba mal, estaba un poco achispada y eso no la dejaba pensar con claridad. Pese a que una parte de ella sabía que era una locura. También sabía que la relación entre Bruno Ávalos y su esposa no estaba bien y que en ese momento él estaba solo en la terraza, porque su esposa y Camila, su mejor amiga, la hija de él, no regresarían hasta dentro de tres horas.
Renata empujó la puerta corrediza de cristal. El aire acondicionado de la sala chocó con la brisa salada del exterior. Allí estaba él. Bruno.
El "Tiburón de Reforma". El hombre que construía rascacielos en Ciudad de México pero que no lograba construir un hogar feliz.
Estaba de espaldas, con una camisa de lino blanca arremangada hasta los codos, sosteniendo un vaso de whisky como si quisiera romperlo.
Renata se aclaró la garganta. El sonido salió pastoso.
Bruno giró la cabeza. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos y calculadores, la escanearon de arriba abajo. Renata llevaba solo una salida de baño de encaje sobre el bikini. No dejaba nada a la imaginación.
—Renata —dijo él. Su voz era grave, autoritaria—. Pensé que estabas con las chicas.
—Me dolía la cabeza —mintió ella, acercándose. Sus pies descalzos no hacían ruido—. Preferí quedarme.
—Deberías ir a recostarte, entonces.
Bruno volvió a mirar al mar, dándole la espalda. Un gesto de desdén que a Renata le dolió más que una bofetada.
El alcohol en su sangre le gritó que no se rindiera. Llevaba dos años enamorada de él en silencio, viéndolo sufrir en un matrimonio de apariencias, donde era evidente que ninguno se amaba y notando cómo él la miraba cuando creía que nadie se daba cuenta.
—No quiero recostarme sola, Bruno.
El silencio que siguió fue denso.
Bruno dejó el vaso sobre la baranda con un golpe seco y se giró lentamente.
—¿Qué dijiste?
Renata acortó la distancia. El corazón le martillaba contra las costillas.
—Dije que sé que no eres feliz con Lourdes. Que ese matrimonio está roto y que quieres divorciarte. Y Veo que me deseas Bruno. Que te estás ahogando en esa relación... y yo puedo ser tu aire. Yo puedo ocupar su lugar. Ella no va a estorbarnos.
Ella estiró la mano y tocó su pecho. La piel de él ardía bajo el lino.
Por un segundo, solo un maldito segundo, Bruno no se movió. De hecho, luchó con el deseo que se agitaba en su interior. Porque lo peor es que ella tenia razón en cada palabra que había pronunciado.
Renata vio cómo sus pupilas se dilataban. Vio el deseo crudo, animal, peleando con la razón. Envalentonada, se alzó de puntillas e intentó besarlo.
Fue un error.
Bruno la sujetó por las muñecas con una fuerza que casi le hizo daño y la apartó de un empujón violento.
Renata tropezó, cayendo sobre uno de los sofás de mimbre de la terraza.
—¡¿Qué demonios te pasa?! ¡¿Te volviste loca?! —bramó él.
—Bruno, yo... —Renata sintió que las lágrimas picaban en sus ojos.
La vergüenza empezaba a ganarle al alcohol.
—¡Eres una niña, Renata! —le gritó, señalándola con un dedo acusador—. ¡Eres la mejor amiga de mi hija! ¡Podría ser tu padre, por Dios! ¿Tienes idea del asco que me da que te insinúes así?
—¡MENTIRA! ¡No te doy asco! —gritó ella, poniéndose de pie, tambaleándose—. ¡Sé cómo me miras!
—Te miro con lástima —mintió él, implacable, buscando herirla para alejarla, porque por más que su matrimonio estuviera a punto de romperse, él no podía hacer eso —. Ahora, lárgate de mi vista. Vete a tu habitación y no salgas hasta que se te pase la borrachera. Y ni se te ocurra, ni por un segundo, pensar que esto volverá a pasar.
Bruno pasó por su lado, entrando a la suite y azotando la puerta principal de la suite.
Renata se quedó sola en la terraza, humillada, con el maquillaje corrido y el orgullo hecho pedazos.
No quería ver a nadie. No podía enfrentar a Camila después de esto.
Corrió hacia la tercera habitación de la suite, donde ella se estaba quedando. Se lanzó a la cama y enterró la cara en la almohada para ahogar los sollozos. El llanto y el tequila hicieron su efecto rápido. En menos de veinte minutos, cayó en un sueño profundo y negro.
No escuchó cuando la puerta principal de la suite se abrió una hora después. No escuchó el tarareo alegre de Lourdes entrando con bolsas de compras.
Tampoco escuchó los pasos sigilosos de la sombra que entró después de ella.
*****
Renata despertó de golpe. No supo qué hora era. La habitación estaba en penumbra.
Tenía la boca seca y la cabeza le palpitaba.
Algo la había despertado. ¿Un grito?
Se sentó en la cama, desorientada.
—¿Bruno? —llamó en voz baja.
Nadie respondió, pero escuchó algo más. Un rugido. Un aullido desgarrador que venía de la sala. No parecía humano.
Renata se levantó, mareada, y abrió la puerta de su cuarto.
La suite estaba vacía, pero las cortinas del balcón volaban violentamente por el viento de la noche.
Caminó hacia allá, con un mal presentimiento helándole la sangre.
Al llegar al umbral de la terraza, vio a Bruno.
Estaba de rodillas, aferrado a los barrotes del barandal, mirando hacia abajo. Su cuerpo entero temblaba como si tuviera convulsiones.
—¿Bruno? —preguntó ella, asustada.
Él se giró.
Renata retrocedió un paso. Nunca había visto una cara así. Estaba pálido, cadavérico, con los ojos inyectados en sangre y la boca abierta en una mueca de horror absoluto.
—Ella... —susurró Bruno, con la voz rota—. Lourdes...
Renata corrió al barandal y miró hacia abajo.
El mundo se detuvo.
Siete pisos abajo, sobre las rocas decorativas de la piscina vacía que estaban remodelando, yacía el cuerpo de Lourdes. Estaba en una posición antinatural, como una muñeca rota. Un charco oscuro comenzaba a expandirse bajo su cabeza, brillando bajo las luces del jardín.
—¡No! —El grito se le escapó a Renata, llevándose las manos a la boca.
Bruno se puso de pie lentamente. No miraba el cuerpo. Miraba a Renata.
Su expresión cambió. El dolor se transformó en algo mucho más peligroso. Una frialdad letal.
—Tú... —dijo él.
—Bruno, yo... me quedé dormida... no escuché nada... —balbuceó Renata, temblando.
Bruno avanzó hacia ella como un depredador. La acorraló contra el vidrio.
—¿Dormida? —escupió la palabra—. Hace unas horas me dijiste que ella estorbaba. Me dijiste que querías su lugar.
—¡No! ¡Yo no quise decir eso! —Renata lloraba histéricamente—. ¡Fue el alcohol!
—¡Mientes! —Bruno la agarró por los hombros y la sacudió con violencia—. ¡Estabas aquí! ¡Eras la única que estaba aquí! ¿Qué hiciste, Renata? ¿La empujaste? ¿La esperaste para matarla?
—¡Te juro que no! ¡Yo estaba en mi cuarto!
—¡La mataste para quedarte conmigo! —gritó él, fuera de sí, mezclando su propia culpa con una acusación delirante—. ¡Me distrajiste con tu juego sucio de seducción para esto! ¡Es tu culpa!
Golpes en la puerta principal.
—¡Seguridad! ¡Abran la puerta!
Bruno no la soltó. Sus dedos se clavaron en la piel de ella, marcándola.
—Escúchame bien, niña —susurró, con un tono que prometía el infierno—. Si fuiste tú, te voy a destruir. Voy a hacer que desees haberte lanzado tú también por ese balcón.
La puerta de la suite se abrió de golpe. Entraron dos guardias de seguridad y, detrás de ellos, una Camila pálida que venía corriendo desde el lobby.
—¡Mamá! —gritó Camila.
Bruno soltó a Renata como si quemara. La chica cayó al suelo, sollozando, mientras veía cómo la vida que conocía se desmoronaba. Lourdes estaba muerta. Y a los ojos del único hombre que amaba, ella era la asesina.
Pero la noche apenas empezaba. Y el dolor, a veces, es el afrodisíaco más retorcido de todos.
Gracias mis lindas, por acompañar en esta historia. Me encantó mucho escribirla.Si quieren conocer más de los Sterling, los invito a leer en La cama del CEO enemigo. Busquenme en mis redes sociales Novelas románticas Jeda Clavo y Jeda Clavo Novelas. Para quienes quieran seguir leyendo mis demás historias, los invito a leer: Prohibido el paso Señor CEO y una historia del Universo Ferrari, llamada Promesas en Blanco. Una vez más, agradecida de todas ustedes. No dejen de dejar comentarios y recomendar la historia. Saludos y bendiciones.
Meses después—¡No me digas que respire! Yo lo hago si me da la gana —rugió molesta. Su voz ronca rebotó en las paredes blancas de la sala de partos. Apretó los dedos. Las uñas se le clavaron en la mano derecha de Arthur. Le rasgó la piel. Le sacó sangre. Arthur no se quejó. No apartó la mano. Apretó el agarre. Llevaba una bata médica azul sobre su camisa. Tenía un tapabocas colgando del cuello. El sudor le empapaba la frente. El hombre que no temblaba ante la junta directiva más despiadada del mundo estaba pálido. Aterrorizado.—Mírame —ordenó Arthur. Se inclinó sobre la camilla. Su rostro quedó a centímetros del de ella—. Mírame, Camila. Concéntrate en mí. Camila giró la cabeza en la almohada. Tenía el cabello oscuro pegado a las mejillas por el sudor. Respiraba por la boca. Agitada. Exhausta. Llevaba doce horas de trabajo de parto. —Me duele —gruñó ella. Apretó los dientes hasta que le crujió la mandíbula—. Duele como el infierno. Arthur le limpió la frente con la mano libre.
El viento cálido de las Maldivas movió las cortinas de lino blanco. La villa flotaba sobre el océano oscuro. El sonido de las olas chocando contra los pilotes de madera era constante. Rítmico. Camila salió a la terraza. Llevaba una bata de seda negra. Estaba descalza. Arthur estaba apoyado contra la barandilla de cristal. Llevaba solo un pantalón de lino blanco. Su torso estaba desnudo. Sostenía un vaso corto con whisky y hielo. Miraba la línea negra del horizonte. La boda había terminado hacía cuarenta y ocho horas. Estaban solos en el paraíso. Aislados del mundo.Camila caminó por la madera de la terraza. Se detuvo a medio metro de su espalda. Miró la tensión en los hombros de Arthur. Había un secreto que le pesaba en el pecho desde hacía tiempo. Un cabo suelto. Y Camila Ávalos no dejaba cabos sueltos. Menos ahora.Dio el último paso. Pasó los brazos por debajo de los de él. Lo abrazó por la cintura. Apoyó la mejilla contra la espalda desnuda y caliente de Arthur. Él suspiró. Se re
Llegó el momento de los votos. Arthur no sacó ningún papel del bolsillo interior de su esmoquin. No había practicado un discurso. No lo necesitaba. Clavó sus ojos azules en los ojos oscuros de Camila. Apretó sus dos manos entre las de él. Sus pulgares acariciaron los nudillos de ella con movimientos lentos. —Me ahogué en el mar —empezó Arthur. Su voz ronca resonó en los micrófonos del salón. No había eco. Solo silencio absoluto entre los invitados. —Sentí el agua helada en los pulmones —continuó él, sin apartar la mirada de Camila—. Sentí el dolor. Sentí la fiebre. Pero me negué a cerrar los ojos. No podía morir. Me negué a dejarte y marcharme sin escuchar el final de la frase que dejaste a medias en esa terraza.Camila sonrió. Sus labios temblaron un poco. Una lágrima caliente y cargada de pura felicidad resbaló por su mejilla. Arthur soltó una de sus manos. Levantó el dedo pulgar y le limpió la lágrima con extrema suavidad. El roce de su piel rasposa contra el rostro de ella fue pu
Un año después.Victoria tiró de las cintas de seda en la espalda de Camila. La tela blanca se ajustó a su cintura. —No lo aprietes mucho, Vic —pidió Camila. Puso sus dos manos sobre su vientre plano y acarició la seda.—Déjalo un poco suelto. Quiero poder respirar bien hoy. Victoria sonrió a través del espejo. Aflojó el lazo de inmediato y ató un moño suave. —Listo. Estás perfecta.Camila se miró en el espejo de cuerpo entero. El vestido de seda blanca caía fluido y elegante hasta el suelo. No llevaba velo. Llevaba el cabello oscuro suelto, lacio y brillante, con una corona de flores. Sus mejillas estaban sonrojadas. El pulso le latía rápido en la base del cuello. No podía dejar de sonreír. Los músculos de la cara le dolían de tanta felicidad. La sangre le cosquilleaba en las venas. La puerta de la suite se abrió. Bruno Ávalos entró. Llevaba un traje negro impecable. Dio dos pasos y se detuvo en seco. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante. Tragó saliva de forma ruidosa. —
Las puertas de acero del ascensor privado se abrieron de par en par. El penthouse estaba en completo silencio. Camila salió primero. Sus tacones de aguja repiquetearon contra el mármol negro del recibidor. Detrás de ella, los dos guardias de seguridad arrastraron a Arthur. Literalmente lo arrastraron. Le quitó los zapatos en el coche, y las puntas de sus pies descalzos rozaron el piso pulido. Sus rodillas ya no soportaban su propio peso. Su cabeza colgaba hacia adelante. Su barbilla tocaba su pecho vendado. Camila abrió las puertas dobles de cristal de la sala principal de un empujón violento. —¡Victoria! —gritó Camila. Su voz resonó en las paredes inmensas del apartamento. Victoria estaba sentada en el sofá blanco. Tenía una taza de café de porcelana en las manos. Miraba las noticias en la televisión apagada. Levantó la cabeza. Vio a Camila con el traje sastre negro empapado en sangre. Vio a los guardias. Vio al hombre destruido en el medio. La taza de porcelana se le resbaló de





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