Mundo ficciónIniciar sesiónSara nunca imaginó que su primera vez en una iglesia sería vestida de novia… en lugar de su hermana. Obligada por sus padres a ocupar el lugar de la fugitiva Raquel, apenas logra distinguir el altar frente a ella, y mucho menos el destino cruel que la espera al lado de Renato Salles, un multimillonario traicionado el día de su boda.Renato no quiere amor. Quiere venganza. Y, para lograrlo, convertirá a la dulce y frágil Sara en moneda de cambio. Ella, miope e ingenua, pasa a vivir como su esposa… pero en secreto. Sin derecho a la libertad. Pero cuanto más Renato intenta odiarla, más se ve atrapado por la mujer que juró destruir. Y cuanto más Sara intenta huir, más descubre que está presa en los brazos del poderoso Renato. Venganza, obsesión, deseo y redención. ¿Hasta dónde puede llegar alguien por orgullo? ¿Y qué sucede cuando el amor surge donde no debería existir?
Leer másSara Lemos
Siempre fui la excluida de la familia. Y hoy, en el gran día de la boda de mi hermana mayor, Raquel, no sería diferente. Mientras los empleados corrían por los pasillos, finalizando los últimos detalles de la recepción posterior a la ceremonia, yo permanecía allí, olvidada. Invisible, como siempre lo fui.
Raquel era hermosa, idolatrada por mis padres desde pequeña, y ahora iba a casarse con uno de los hombres más ricos del país. Yo, en cambio… era lo opuesto. Siempre fui blanco de humillaciones, llamada patito feo por las lentes gruesas de mis gafas, resultado de mi miopía severa. Como si ver el mundo borroso fuera motivo suficiente para no merecer amor, atención o respeto.
—Deja de quedarte ahí parada como una estatua y ve a ver si tu hermana necesita algo —gritó mi madre en mi oído, mientras pasaba apresurada, usando un vestido tan elegante que probablemente costaba más que todo lo que yo había tenido en la vida.
—Dudo que Raquel vaya a necesitarme —respondí, sabiendo bien que nunca le gustó mi presencia. Siempre se empeñó en decirles a todos que era hija única, solo para no tener que presentarme a sus amigos.
—No vengas a hacerte la víctima ahora, Sara. No arruines el día de tu hermana con ese victimismo tuyo. ¡Ve ahora mismo y pregúntale si necesita ayuda!
—Está bien —murmuré, sabiendo ya que protestar sería inútil.
Caminé por el pasillo y, al llegar a la puerta del cuarto de mi hermana, llamé antes de abrir.
—¿Raquel? —llamé, pero no escuché ninguna respuesta.
Entré despacio, en silencio, y fui hasta el vestidor. Allí estaba ella, sentada en el suelo, usando una lencería blanca, con el celular en las manos, escribiendo algo con tanta concentración que ni siquiera me notó. Sin embargo, cuando me vio, se asustó y se levantó de un salto.
—¡Patito feo! ¿Cómo te atreves a entrar en mi cuarto sin llamar?
—Pero llamé —respondí, sin alterarme.
—¿Qué haces aquí? ¿Quién te llamó? —dijo con la voz cortante.
—Mamá me mandó a preguntar si necesitas ayuda.
Soltó una risa irónica.
—¿Por qué aceptaría ayuda de una inútil como tú? —murmuró, volviendo a mirar el celular, que pitó con una nueva notificación.
Miró la pantalla y suspiró, visiblemente cansada. Parecía debatirse en un dilema interno. Por un instante, tuve ganas de preguntarle qué estaba pasando. Pero sabía que jamás me respondería.
Mientras Raquel volvía a escribir, no pude dejar de reparar, una vez más, en lo perfecto que parecía su cuerpo. Piernas largas y torneadas, cintura fina, pechos abundantes y un rostro angelical que, sin duda, había encantado a Renato Salles, el poderoso dueño de AgroSalles Global. Salieron durante un año y medio, y el mes pasado él le pidió matrimonio. Ya que Renato se mudaría pronto y quería llevársela como esposa.
—¿Por qué me miras así, patito? —disparó de repente, mirándome con desprecio. —¿Estás poniendo tu mal de ojo en mí?
—Yo… —Intenté responder, pero mi voz falló. —Solo quería saber por qué aún no estás lista. Tu vestido de novia sigue en el perchero… y la boda ya va a comenzar.
—Ya no me voy a casar —respondió con naturalidad.
—¿Qué? —pregunté, incrédula.
—¿Además de ciega, eres sorda? —replicó, poniendo los ojos en blanco mientras iba hasta la cómoda a tomar una prenda de ropa.
—¿Cómo que no te vas a casar? ¡Renato ya debe estar esperándote en la iglesia!
—Lo sé —dijo, riendo—, y apuesto a que se va a quedar destrozado cuando sepa que voy a huir con su mejor amigo.
—¡Raquel, estás loca! —me acerqué a ella, conmocionada. —¿Tienes idea de lo que estás haciendo?
—Ay, deja el drama —murmuró, tomando unos vaqueros y poniéndoselos con calma. —Para ti puede parecer el fin del mundo, ya que nadie mira esa cara fea tuya… pero a mí, Sara, todos me miran. Todos me desean. Soy el tipo de mujer por la que cualquier hombre lo dejaría todo. Y por eso voy a huir con Alessandro. Además, si me caso con Renato, tendré que vivir aislada con él en una casa de campo, en medio del monte, lejos de todo. De nuestra familia, de mis amigos, de las fiestas…
Tomó la blusa y continuó, como si estuviera contando algo trivial.
—Él sería perfecto para ti, ¿sabías? Si te casaras con él, irías corriendo, sin quejarte. Ya eres prácticamente inútil en esta familia, no tienes amigos ni a nadie, ni siquiera sentirías el cambio de ambiente —se burló. —Pero un hombre como Renato jamás miraría a un patito feo como tú.
—Raquel… ¿Cómo puedes decir eso con tanta frialdad? —susurré, sintiendo una punzada en el pecho. —Renato te ama.
—Y yo amo a su amigo —dijo, soltando una carcajada como si eso fuera lo más natural del mundo. —Renato lo superará, no te preocupes. Y necesito pensar primero en mí. Nunca estuve lista para esta boda. Soy demasiado joven para atarme a un solo hombre. Pensar en familia, hijos… qué aburrimiento. Eso no tiene nada que ver conmigo. ¿Te imaginas que voy a arruinar la mejor etapa de mi vida solo para cumplir los sueños de Renato?
—Si siempre te sentiste así, ¿por qué nunca dijiste nada? ¿Por qué esperaste el día de la boda para abandonarlo en el altar? —pregunté, todavía intentando procesar el absurdo que mi hermana estaba diciendo.
Aunque no conociera a Renato personalmente, sabía que estaba completamente enamorado de ella.Raquel me miró con una sonrisa burlona que solo ella sabía poner: cruel, fría.
—No lo dije… porque estaba demasiado ocupada en la cama con su mejor amigo —respondió, caminando hasta la tocador y tomando su bolso. —Si estás tan preocupada por Renato, ¡ve tú en mi lugar! —rió, con desdén.
Sin darme tiempo de reaccionar, salió del cuarto con pasos decididos y cerró la puerta de un portazo detrás de ella.
La propuesta hizo que Alessandro se detuviera a pensar por un momento. Miró bien el rostro de Renato y vio que realmente estaba dispuesto a dar o hacer cualquier cosa por Sara, y eso era exactamente lo que él quería; sin embargo, quería provocarlo todo lo que pudiera, para hacer aquel enfrentamiento más divertido.—¿Por qué cree que yo querría algo?El cinismo estampado en el rostro del examigo solo hacía que la irritación de Renato creciera aún más. Aun así, se esforzaba por mantener el control.—¡Deja de hacer eso y di de una vez qué quieres! —repitió, ahora visiblemente impaciente. —Todo hombre tiene un precio, y sé que, después de todo lo que hiciste, no serías diferente.Alessandro solo lo observaba, como si se estuviera divirtiendo con aquella reacción.—Sé que fuiste tú el autor intelectual del atentado contra mí. Y es solo cuestión de tiempo hasta que eso sea descubierto. Así que aprovecha la oportunidad que te estoy dando y di de una vez qué quieres… para dejar a Sara en paz
—¡Maldito!Renato avanzó sin pensarlo dos veces y agarró a Alessandro por el cuello de la camisa, tirándolo con fuerza. El movimiento fue tan rápido que Alessandro apenas tuvo tiempo de reaccionar; sin embargo, la sonrisa sarcástica en sus labios dejaba claro que no tenía la menor intención de defenderse ni de iniciar una pelea.—¿Crees que puedes jugar así con la vida de las personas? —gruñó Renato, acercando su rostro al de él.Pero Alessandro no mostró ninguna señal de miedo; al contrario, no borraba la sonrisa satisfecha de sus labios.—Confieso que esto está siendo más divertido de lo que imaginé —confesó.La provocación fue dicha con tanta calma que hizo que la mano de Renato apretara aún más la tela de su camisa.—Aléjate de ella —amenazó entre dientes.Alessandro inclinó levemente la cabeza.—Interesante, por lo que acabo de oír, es ella quien no quiere mantenerse lejos de mí.—Te estás aprovechando de ella.—¿De verdad crees que necesité hacer algo? —dijo él, con una sonrisa
—¿Cómo? —dijo él, incrédulo.Sara percibió de inmediato la mirada sorprendida de él y no dejó que eso pasara desapercibido.—¿Pensaste que no lo descubriría? —cuestionó, abriendo una sonrisa fría. —Realmente me subestimaste, Renato.Cruzó los brazos.—¿No te bastó todo lo que me hiciste… y aun así pensaste que me encontrarías igual? ¿Una tonta e ingenua que caería en tus palabras?Las palabras salieron duras y sin una sola gota de vacilación.—Sé muy bien que Lorena está esperando un hijo tuyo —continuó. —Y que ustedes dos están muy unidos por eso.—¡Eso no es verdad! —replicó él de inmediato.—¿Ah, no? —respondió ella, arqueando una ceja. —¿De verdad vas a negar que está embarazada?Renato tragó saliva, sus puños se cerraron a los lados del cuerpo. Sabía que no podía mentir sobre eso.—No… —respondió al final. —No es mentira lo de su embarazo, pero…—¡Basta de «peros»! —lo interrumpió en el mismo instante.—¿Sabes qué? Mi vida siempre ha sido una mierda —confesó.La voz de Sara salió
Cuando se dio cuenta de que ella estaba a punto de irse, Renato avanzó un paso y sujetó su brazo. El gesto fue impulsivo, más desesperación que intención, pero, en el mismo instante, vio la mirada de ella caer sobre la propia mano que la sostenía.Sara entrecerró los ojos, despacio, como si aquel simple contacto fuera algo que ya no estaba dispuesta a aceptar.—Sara… por favor —imploró él, con la voz baja, casi como la de un niño con miedo de perderse de su madre en medio de una multitud.Ella no respondió de inmediato; primero miró la mano de él en su brazo, luego levantó la mirada para encararlo.—¿Qué crees que estás haciendo? —preguntó. —¿Crees que puedes tocarme cuando quieras?Renato se dio cuenta en ese mismo momento de que había cruzado un límite; aun así, no la soltó de inmediato, porque sabía que, si la dejaba ir en ese instante, tal vez no tendría otra oportunidad.—Yo… —empezó, pero la voz le falló por un instante.Respiró hondo, como si finalmente estuviera aceptando algo
Renato SallesVi lo fría y distante que parecía y, en el fondo, no la juzgaba por eso. Aun así, no había atravesado tantas horas de vuelo para rendirme ante la primera barrera. Estaba allí para buscarla y verla ahora frente a mí; solo hacía que tuviera aún más ganas de acercarme.Intentando controlar el impulso de abrazarla, me acerqué con paciencia y cautela.—¿Cómo estás? ¿Él te lastimó? —pregunté, analizando su rostro y su cuerpo casi sin darme cuenta.En ese mismo instante, Sara dio un paso hacia atrás, como si mi simple gesto fuera una amenaza.—¿Me lastimó? —repitió, soltando una risa cargada de sarcasmo. —¿Viniste hasta aquí para preguntarme eso?Sus ojos estaban llenos de incredulidad y la forma en que habló dejó claro que aquella pregunta sonaba casi ofensiva.—Estaba preocupado —confesé. —Desde el día en que descubrí que ese desgraciado estaba contigo, ni siquiera pude dormir bien.—Pues puedes volver a tu casa y dormir muy tranquilo —respondió, irónica—, porque el desgracia
Sara caminaba de un lado a otro por la amplia sala de la casa, intentando ocuparse con algo, pero no había nada que hacer. Eso la dejaba aún más tensa, porque de ese modo su mente la consumía con pensamientos perturbadores.Soltando un suspiro bajo, se detuvo frente a la ventana. Afuera, el cielo gris parecía combinar perfectamente con el peso que llevaba en el pecho. Desde que supo la noticia… nada volvió a ser igual.Renato estaba con Lorena y tendrían un hijo juntos.Al principio, intentó ignorarlo. Se dijo a sí misma que no importaba, que eso ya no formaba parte de su vida. Que Renato había hecho sus elecciones…Pero su corazón… su corazón era más difícil de convencer.Su mano descendió despacio hasta su propio vientre. La simple idea de lo que llevaba allí dentro le hizo formarse un nudo apretado en la garganta.Su hijo.El hijo que nunca conocería a su padre.Sus ojos ardieron, pero parpadeó rápido, negándose a llorar. Ya había llorado demasiado por aquel hombre que no valía nad










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