Confía en mí, una vez más.
La noche había caído, y con ella, el silencio se había apoderado de la Casa de los Cerezos.
Sin embargo, en el sótano, aquel silencio no era de paz, sino de respiraciones contenidas, de miedo y tensión.
Los atacantes capturados permanecían bajo estricta vigilancia, esposados, custodiados por dos escoltas armados que no apartaban la vista ni un segundo de ellos. La luz tenue apenas iluminaba sus rostros, lo suficiente para que se vieran... y recordaran el miedo que ahora los dominaba.
Julián se