Mundo ficciónIniciar sesiónEmma Falcó pensaba que el asfalto era el único lugar donde podía tener el control. Pero al cruzar las puertas de la mansión de los Lara, descubrió que en Madrid las reglas no las dicta el motor, sino el apellido. Ella es la "intrusa", una amenaza para el imperio de cristal que Mateo Lara, el heredero apodado "el Rey", ha jurado proteger a toda costa. Entre carreras clandestinas y noches de lujo asfixiante, lo que comenzó como una guerra de poder estalló en una pasión prohibida. Sin embargo, las mentiras tienen un precio muy alto. Tras una red de corrupción que casi destruye a su madre, Emma toma la decisión más difícil de su vida: poner un océano de distancia entre ella y el hombre que ama. Emma regresa a Los Ángeles para recuperar su libertad y su carrera, pero no vuelve sola. Se lleva consigo un brillo nuevo en la mirada y un secreto que cambiará el destino de los Lara para siempre. Mientras tanto, en Madrid, Mateo se queda con una carta azul, un cigarrillo a medio consumir y la promesa de que, sin importar los kilómetros, él siempre estará en la meta esperando por ella. La carrera por la verdad ha comenzado, pero el final está a 1000 kilómetros de distancia.
Leer másNOTA: Bienvenidos a mi primer novela en la app, espero sea de su agrado y si no, se entiende, solo no dejen comentarios malos. simplemente sigue de largo. y para los que se queden, sean bienvenidos a esta aventura de Emma Falcó y Mateo Lara
EMPECÉIS CON LA LECTURAS El aire de Madrid siempre ha tenido un olor particular. No es el aroma salado de Santa Mónica ni la humedad pesada de las colinas de Hollywood. Es un olor a historia, a panadería de esquina y, sobre todo, a recuerdos que juré dejar bajo llave cuando me obligaron a marcharme hace cuatro años. Tenía quince años cuando mi mundo se partió en dos. Un avión, una maleta llena de dudas y el perfil de mi madre alejándome de todo lo que conocía. Ahora, a mis diecinueve, estoy de vuelta. Pero no regreso como la niña que se fue llorando por dejar atrás sus raíces; regreso como alguien que ha aprendido a dominar el miedo a doscientos kilómetros por hora. —Emma, cariño, ¿puedes soltar el móvil un segundo? Ya casi llegamos —la voz de mi madre, elegante y siempre comedida, interrumpió mis pensamientos. La miré de reojo. Iba impecable, como siempre. Un traje de chaqueta en tonos crema que gritaba "élite" por cada costura. Victoria Falcó no solo había rehecho su vida en estos cuatro años en Estados Unidos; la había blindado. Y el broche de oro de esa nueva vida era Julián Lara, el magnate español con el que se había casado hacía apenas tres meses en una ceremonia privada en las Bahamas. Por él estábamos aquí. Por él, yo estaba volviendo a pisar el suelo que me vio nacer. —Estoy avisando a Leo de que ya he aterrizado, mamá. No me pidas que ignore a la única persona que me mantuvo cuerda mientras estábamos al otro lado del charco —respondí, deslizando el dedo por la pantalla. Leo. Mi mejor amigo. Mi ancla. Cuatro años de videollamadas a deshoras por la diferencia horaria, de mensajes de voz infinitos y de promesas de que, algún día, volveríamos a quemar rueda juntos en las afueras de la capital. Saber que lo vería en unas horas era lo único que evitaba que me diera un ataque de ansiedad en este coche de lujo. —Sé que tienes ganas de verle, de verdad que lo entiendo —dijo ella, suavizando el tono mientras el chófer enfilaba la exclusiva urbanización de La Finca—. Pero Julián se ha esforzado mucho para que esta mudanza sea perfecta. Su casa es… bueno, ahora es nuestra casa. Y su hijo también estará allí. Me gustaría que dieras una buena impresión, Emma. Sabes que esta unión es importante para la familia. —¿Su hijo? —arqueé una ceja, guardando el móvil en el bolsillo de mis vaqueros desgastados—. Ah, sí. El tal Mateo. El que nunca aparecía en las cenas porque siempre tenía "asuntos más importantes". —Es un chico muy centrado en los negocios de su padre —explicó ella, aunque noté un rastro de duda en su voz—. Solo te pido un esfuerzo. Sé que Los Ángeles te cambió, que allí tenías tu… independencia. Pero aquí las cosas son distintas. Independencia. Si ella supiera. Si supiera que mientras ella dormía en nuestra mansión de Bel-Air, su "niña de la élite" se escapaba por la ventana para ir a los canales industriales. Que mi nombre, Emma Falcó, era respetado en las carreras clandestinas de California. Allí no era la hija de nadie; era la chica que no le temía al muro, la que hacía que los motores rugieran hasta que el pecho vibraba. En Los Ángeles aprendí que el asfalto no miente. Las personas sí, pero el coche siempre te dice la verdad. El coche se detuvo frente a una estructura de arquitectura moderna, cristal y piedra negra que parecía sacada de una revista de diseño. Era imponente, fría y jodidamente cara. Muy al estilo Lara, supongo. Bajé del coche y el calor seco de Madrid me golpeó la cara. Respiré hondo. Cerré los ojos un segundo y pude casi escuchar el eco de las risas de Leo y mías cuando éramos críos, corriendo por el Retiro. —¡Es una pasada, mamá! —exclamé con ironía, aunque por dentro me sentía pequeña ante tanta opulencia—. ¿Seguro que no nos hemos equivocado de museo? —No seas cínica, anda —me dio un toquecito en el hombro mientras caminábamos hacia la entrada—. Julián nos espera dentro. Al cruzar el umbral, el lujo se volvió aún más evidente. Suelos de mármol que brillaban como espejos y un silencio que me ponía de los nervios. Julián apareció en el gran salón, con una sonrisa de manual y los brazos abiertos. —¡Victoria! ¡Emma! Bienvenidas a casa —su acento madrileño era profundo y seguro—. Emma, estás guapísima. La última vez que te vi eras apenas una cría. —Gracias, Julián —forcé una sonrisa educada. En la élite, la educación es el mejor escudo—. La casa es… increíble. —Me alegra que te guste. Tu habitación está en la planta de arriba, ala derecha. He dejado que tu madre se encargue de la decoración, así que espero que te sientas cómoda —hizo una pausa y miró hacia la escalera monumental—. Mi hijo, Mateo, debería estar por aquí, pero ya conocéis cómo son los jóvenes… seguro que está en el garaje o con algún asunto del club. —No pasa nada, Julián —intervino mi madre—. Emma también tiene prisa por salir. Ha quedado con Leo. Julián asintió, aunque noté una chispa de curiosidad en sus ojos. —Ah, el hijo de los García. Buen chico. Pero ten cuidado, Emma. Madrid ha cambiado en estos cuatro años. No es la ciudad segura que recordabas, especialmente de noche. —Sé cuidarme sola, Julián. En Los Ángeles aprendí un par de trucos —le guiñé un ojo, restándole importancia. Subí las escaleras casi corriendo, deseando ducharme y quitarme el olor a avión. Mi habitación era enorme, más grande que mi antiguo apartamento en LA, con un balcón que daba a un jardín minimalista. Pero no me detuve a mirar los muebles de diseño ni las sábanas de seda. Fui directa a mi maleta de mano y saqué una pequeña caja metálica. Dentro estaba mi colgante de la suerte: una pequeña pieza de motor desgastada que Leo me regaló el día que me fui. La apreté en mi puño. "Ya estoy aquí, Leo. Prepárate, porque la reina del asfalto ha vuelto a casa", pensé. Me cambié de ropa rápido: unos shorts negros, una camiseta básica y mis inseparables zapatillas. Me recogí el pelo en una coleta alta y me miré al espejo. Seguía pareciendo la niña rica de los Falcó, pero mis ojos… mis ojos tenían ese brillo de quien ha visto arder el horizonte en una recta final. Bajé las escaleras dispuesta a salir pitando hacia nuestro lugar de encuentro de siempre, la vieja gasolinera a las afueras. Pero al pasar cerca del pasillo que conducía al garaje, un ruido me detuvo. Era el sonido de un motor. Pero no cualquier motor. Era un V8, afinado a la perfección, rugiendo con una cadencia que conocía demasiado bien. Ese sonido no era el de un coche de lujo para ir a la oficina; era el sonido de una bestia preparada para la pista. Me quedé paralizada. En esta casa de cristal y buenos modales, alguien escondía un monstruo bajo el capó. —¿Emma? ¿Te vas ya? —la voz de Julián me sobresaltó desde el salón. —Sí, ya me voy. ¡No me esperéis para cenar! —grité mientras salía por la puerta principal, tratando de ignorar la curiosidad que me quemaba el pecho. Ya habría tiempo de descubrir quién era el dueño de ese motor. Ahora, lo único que importaba era recuperar el tiempo perdido con Leo. España me había quitado cuatro años, y pensaba recuperarlos todos esta misma noche. Lo que no sabía, mientras pedía un taxi para salir de aquella jaula de oro, era que Madrid no solo había cambiado su seguridad. Había cambiado sus reglas. Y Mateo Lara… Mateo era el encargado de dictarlas todas.La cena transcurría con una normalidad que me resultaba asfixiante. En esta casa, el tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana de Limoges parecía ser la única banda sonora permitida. Julián y mi madre hablaban sobre la subasta de la tarde, riendo por lo bajo como si fueran dos adolescentes en su primera cita, ajenos a la guerra fría que Mateo y yo manteníamos en el extremo opuesto de la mesa.Mateo estaba extrañamente tranquilo. No me había lanzado ninguna indirecta desde que nos sentamos, y eso, en lugar de relajarme, me ponía los pelos de punta. Él no era de los que daban tregua; era un depredador que esperaba el momento exacto para saltar.—Pues ha sido un éxito rotundo, Julián —decía mi madre, dando un sorbo a su vino tinto—. El cuadro de Sorolla ha alcanzado una cifra récord.—Me alegra mucho, Victoria. Por cierto —Julián dejó las servilletas sobre la mesa y miró a su hijo—, Mateo, ¿tienes planes para el próximo domingo? He pensado que podríamos ir todos a la sierra.
Mateo: El humo de mi cigarrillo se perdía en el aire viciado del ático, pero no lograba calmar la tormenta que llevaba dentro desde que puse un pie en esa terraza. Había venido a esta fiesta por compromiso, por cerrar un par de tratos con los proveedores de piezas de estraperlo, pero en cuanto mis ojos dieron con ella, el resto del mundo se fundió a negro. Emma Falcó. Allí estaba, riendo como si fuera la dueña de Madrid, con esos pantalones de cuero que parecían diseñados para torturarme y una copa en la mano que sostenía con la misma elegancia con la que manejaba el volante de un coche robado. Verla en mi casa era una molestia, una piedra en el zapato; pero verla aquí, en mi entorno, rodeada de gente que no sabía de qué era capaz, me revolvía las entrañas de una forma que no sabía explicar. —¿Te pasa algo, Mateo? Estás más huraño de lo normal —me soltó uno de mis socios, dándome un toque en el hombro. —No me pasa nada —mascullé, dándole una calada profunda al cigarro sin apartar
Emma: Después del episodio de la piscina, la atmósfera en la mansión Lara se volvió tan densa que se podía cortar con un cortaplumas. Mateo y yo nos cruzamos un par de veces por los pasillos, intercambiando miradas que prometían incendios, pero no volvimos a dirigirnos la palabra. Él seguía en su papel de heredero perfecto y yo... bueno, yo contaba los minutos para que Leo pasara a buscarme. Cuando el sol empezó a caer tras los edificios de la capital, Nadia me envió un mensaje: "Ponte algo que diga 'soy la puta ama', hoy la fiesta no es en un polígono, es en un ático de Chamberí. Hay gente con mucha pasta y ganas de gastarla". Seguí su consejo. Elegí un pantalón de cuero negro ajustado, un top corto que dejaba ver el piercing de mi ombligo y una americana oversize para darle ese toque de "niña bien rebelde". Me miré al espejo y sonreí. Emma Falcó no había venido a Madrid a esconderse en una biblioteca. Leo me recogió en una calle secundaria para no levantar sospechas. El trayecto
Mateo: El sabor del café amargo todavía me raspaba la garganta mientras cerraba la puerta de mi despacho. Oía el coche de mi padre alejarse por el camino de grava, llevándose a Victoria a esa estúpida subasta benéfica. Silencio. Por fin, silencio. O eso es lo que quería creer, porque el ruido que hacía Emma Falcó en mi cabeza era más fuerte que cualquier motor de competición. Me apoyé contra la barandilla del balcón de mi habitación y saqué un cigarrillo. El clic del mechero rompió la calma de la tarde. Aspiré el humo, dejando que la nicotina hiciera su trabajo de anestesiarme los nervios. Veinte mil pavos. Le había soltado veinte mil pavos a una cría que acababa de aterrizar de Los Ángeles con aire de sabelotodo y unos ojos que me habían desafiado como nadie se atrevía a hacer en este código de asfalto que yo mismo había escrito. —Maldita sea —gruñí, soltando el humo con lentitud. No era solo el dinero. El dinero me sobraba. Era el hecho de que me había ganado en la última chican
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