Capitulo 6°

Mateo:

El humo de mi cigarrillo se perdía en el aire viciado del ático, pero no lograba calmar la tormenta que llevaba dentro desde que puse un pie en esa terraza. Había venido a esta fiesta por compromiso, por cerrar un par de tratos con los proveedores de piezas de estraperlo, pero en cuanto mis ojos dieron con ella, el resto del mundo se fundió a negro.

Emma Falcó.

Allí estaba, riendo como si fuera la dueña de Madrid, con esos pantalones de cuero que parecían diseñados para torturarme y una copa en la mano que sostenía con la misma elegancia con la que manejaba el volante de un coche robado. Verla en mi casa era una molestia, una piedra en el zapato; pero verla aquí, en mi entorno, rodeada de gente que no sabía de qué era capaz, me revolvía las entrañas de una forma que no sabía explicar.

—¿Te pasa algo, Mateo? Estás más huraño de lo normal —me soltó uno de mis socios, dándome un toque en el hombro.

—No me pasa nada —mascullé, dándole una calada profunda al cigarro sin apartar la vista del grupo de la esquina—. Solo odio que este sitio se llene de gente que no pinta nada.

Lo que realmente odiaba era a Daniel Castro.

Ver a Daniel, ese hijo de político con sonrisa de anuncio y las manos demasiado largas, apoyado en el hombro de Emma, me hacía hervir la sangre. Daniel no era un corredor; era un buitre. Alguien que apostaba por lo que brillaba para luego desecharlo cuando se apagaba. Y Emma brillaba tanto que me dolía la vista.

—Mira eso —continuó mi socio, señalando hacia ellos—. Esa es la chica que te ganó anoche, ¿no? La hermanastra. Menudo bombón ha traído tu padre de las Américas. Castro ya le ha echado el ojo. Dicen que van a montar una carrera el próximo viernes y que él va a poner toda la pasta por ella.

Apreté el vaso de cristal en mi mano hasta que mis nudillos se pusieron blancos. La idea de Daniel Castro lucrándose a costa del talento de Emma, o peor aún, de que ella se dejara comprar por sus encantos de niño rico, me provocaba una náusea violenta. Ella no era una de esas groupies que buscaban un apellido; ella era fuego. Y Daniel se iba a quemar si seguía jugando a ser su protector.

Emma levantó su copa hacia mí. Fue un gesto rápido, cargado de un desprecio tan absoluto que sentí el golpe en el pecho. Me estaba retando. Delante de todos, me estaba recordando que ella tenía el control, que no me necesitaba y que, por mucho que yo fuera el "Rey" en la pista, aquí abajo ella no me debía ni el saludo.

Traté de ignorarla. Me obligué a hablar con un par de tíos, a aceptar una copa que no quería, pero mis sentidos estaban bloqueados. Solo escuchaba su risa por encima de la música. Solo veía el destello de su piel cuando se movía al ritmo de un beat que parecía latir sincronizado con mi propio pulso.

—Joder —susurré, dejando la copa a medio beber sobre una mesa—. Me largo de aquí.

Pero no me largué. No pude. Me quedé acechando desde las sombras de la barra, observando cómo Daniel le susurraba cosas al oído y cómo ella le sonreía con una complicidad que me daban ganas de estampar a Castro contra el cristal del ático. ¿Por qué me importaba tanto? Era solo una chica. Una intrusa que quería el puesto de mi madre y el dinero de mi padre. Pero cada vez que recordaba el momento en la piscina, su respiración cerca de la mía y ese desafío en sus ojos... sabía que mentía. No era "solo una chica". Era mi castigo.

La vi dirigirse hacia el interior, probablemente buscando el baño. Daniel intentó seguirla, pero Leo lo detuvo para comentarle algo. Fue mi oportunidad. No lo pensé. Mis pies se movieron solos, impulsados por una rabia posesiva que no tenía derecho a sentir.

La intercepté en el pasillo.

El pasillo estaba en penumbra, lejos del ruido ensordecedor de la fiesta. Cuando la vi salir, el impulso de frenarla fue superior a mi lógica. La agarré del brazo —con más fuerza de la que pretendía— y la empujé contra la pared. El golpe no fue fuerte, pero el impacto de su cuerpo contra el mío fue como chocar contra un muro a trescientos por hora.

—Te estás moviendo en círculos muy peligrosos, Falcó —le solté, y mi voz salió más ronca de lo que esperaba.

Emma abrió esos ojos suyos, enormes y cargados de una inteligencia que me ponía de los nervios. No se asustó. Ni siquiera intentó soltarse. Se limitó a arquear una ceja, desafiándome a seguir perdiendo los papeles.

—¿Peligrosos? —respondió ella, con esa calma que me estaba volviendo loco—. Daniel parece un tipo encantador. Mucho más educado que tú, desde luego.

Mencionó su nombre y sentí que algo dentro de mí estallaba.

—Daniel Castro es un buitre que solo busca el beneficio propio —le espeté, acortando la distancia hasta que mi rostro quedó a centímetros del suyo. Podía oler su perfume, ese aroma a vainilla y algo eléctrico que me nublaba el juicio—. No tienes ni idea de dónde te estás metiendo. Madrid no es Los Ángeles, Emma. Aquí las deudas se pagan caro, y tú ya me debes demasiado.

—Yo no te debo nada, Mateo —dijo ella, y puso su mano sobre mi pecho.

Su tacto fue como una descarga eléctrica. Sentí mis latidos dispararse bajo su palma, y me odié por ser tan obvio. Emma sonreía, sabiendo perfectamente el efecto que causaba en mí.

—Gané esos veinte mil legalmente. Si te pica el orgullo, ráscate —continuó, rozando con sus dedos la tela de mi camisa—. Pero no intentes controlar con quién hablo o con quién me río. No eres mi dueño.

Bajé la mirada a sus labios. Estaban rojos, brillantes, y se curvaban en una mueca de victoria que me daban ganas de borrar a besos. Estaba tan cerca que si me inclinaba un milímetro más, rompería la última barrera que nos separaba. Mi mente gritaba que la besara, que le demostrara que Daniel Castro no era nada comparado con lo que yo podía hacerle sentir. Pero mi orgullo... mi orgullo era una bestia herida que se negaba a rendirse.

—No soy tu dueño —repetí, y mi voz bajó hasta convertirse en un susurro peligroso—. Pero soy lo único que se interpone entre tú y el desastre. Y créeme, "hermanastrita", cuando te caigas, no será Daniel Castro quien esté ahí para recogerte.

La solté como si me hubiera quemado. Porque lo había hecho. Me estaba quemando vivo y ella ni siquiera se había despeinado.

Me alejé por el pasillo sin mirar atrás, con los pulmones ardiendo y las manos temblorosas. Salí del ático y bajé por las escaleras de emergencia, necesitando el aire frío de la noche madrileña para enfriar la sangre.

Había perdido la carrera. Había perdido los veinte mil pavos. Y ahora, mientras caminaba hacia mi coche, me daba cuenta de que estaba a punto de perder algo mucho más importante: mi cordura. Porque Emma Falcó no era solo una rival en la pista; se estaba convirtiendo en la obsesión que iba a destrozar mi mundo de cristal, y yo no tenía ni la más mínima intención de frenar el impacto.

—Maldita sea —gruñí, golpeando el volante de mi deportivo—. Maldita seas, Emma.

Arranqué el motor y salí quemando rueda. Necesitaba velocidad. Necesitaba que el rugido del V8 acallara el sonido de su risa, aunque sabía que, en cuanto llegara a casa y viera la luz de su habitación encendida, volvería a ser el Rey que mendigaba una mirada de su propia enemiga.

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