Capitulo 8°

El lunes amaneció con un cielo gris plomizo, como si Madrid se hubiera puesto de acuerdo con mi estado de ánimo. No pegué ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba los párpados, la voz de Mateo preguntando por mi padre se clavaba en mis sienes como un taladro. Bajé a desayunar antes que nadie para evitar cruzármelo, y me largué a la universidad antes de que la mansión terminara de despertar.

Mi primer día en la facultad fue un desastre. Me sentía como una extraña en una pecera de cristal. Chi
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