Capitulo 4°

Mateo:

El sabor del café amargo todavía me raspaba la garganta mientras cerraba la puerta de mi despacho. Oía el coche de mi padre alejarse por el camino de grava, llevándose a Victoria a esa estúpida subasta benéfica. Silencio. Por fin, silencio. O eso es lo que quería creer, porque el ruido que hacía Emma Falcó en mi cabeza era más fuerte que cualquier motor de competición.

Me apoyé contra la barandilla del balcón de mi habitación y saqué un cigarrillo. El clic del mechero rompió la calma de la tarde. Aspiré el humo, dejando que la nicotina hiciera su trabajo de anestesiarme los nervios. Veinte mil pavos. Le había soltado veinte mil pavos a una cría que acababa de aterrizar de Los Ángeles con aire de sabelotodo y unos ojos que me habían desafiado como nadie se atrevía a hacer en este código de asfalto que yo mismo había escrito.

—Maldita sea —gruñí, soltando el humo con lentitud.

No era solo el dinero. El dinero me sobraba. Era el hecho de que me había ganado en la última chicane, una maniobra que requería unos ovarios de acero y un desprecio absoluto por la propia vida. Ninguna "niña de papá" conducía así. Emma Falcó escondía algo bajo esa fachada de seda y sarcasmo, y yo me moría por descubrir qué era, aunque fuera solo para usarlo en su contra.

Entonces, un movimiento abajo, cerca de la piscina, captó mi atención.

Me quedé inmóvil, con el cigarrillo a medio camino de los labios. Emma acababa de salir al jardín. No llevaba los vestidos recatados que Victoria le imponía, ni los vaqueros anchos de anoche. Llevaba un bikini de dos piezas, negro, mínimo, que dejaba muy poco a la imaginación y demasiado a la vista.

Se movía con una seguridad que me irritaba profundamente. Dejó una toalla sobre una de las tumbonas de diseño y se estiró, arqueando la espalda bajo el sol de Madrid. Desde mi posición, podía ver cada línea de su cuerpo: la curva de sus caderas, el vientre plano y esa piel que parecía brillar bajo el calor de la tarde. No era la belleza delicada de las chicas con las que solía salir; había algo atlético en ella, algo fuerte.

Se soltó la coleta y su pelo cayó sobre sus hombros. Joder. Me obligué a dar otra calada, pero mis ojos se negaban a apartarse. Emma se acercó al borde de la piscina, mojándose los pies con una parsimonia que me pareció un insulto personal. Sabía que yo estaba aquí. Tenía que saberlo. Nadie se mueve así si no sabe que tiene un público.

—¿A qué juegas, Falcó? —susurré para mí mismo, sintiendo una punzada de algo que no era precisamente odio recorriéndome la columna.

Ella se giró de repente, como si hubiera escuchado mis pensamientos. Miró hacia arriba, directamente a mi balcón. Sus ojos chocaron con los míos a pesar de la distancia. No se tapó, ni se sintió intimidada. Al contrario, me dedicó una sonrisa lenta, cargada de una superioridad que me hizo apretar la barandilla con fuerza. Se llevó una mano a la frente para protegerse del sol y se quedó ahí, desafiándome a seguir mirando.

Me negué a bajar la vista. Si quería guerra, la tendría. Apoyé los codos en el metal caliente del balcón y exhalé una nube de humo densa, manteniéndole el pulso visual. Emma se rió —pude ver el movimiento de sus hombros— y, sin romper el contacto, se dejó caer hacia atrás, entrando en el agua con un chapuzón limpio que apenas salpicó.

Me quedé allí, viendo cómo nadaba de un extremo a otro. Sus movimientos eran fluidos, potentes. Cada vez que salía a la superficie para tomar aire, su piel mojada brillaba como el cristal. Era una distracción. Una maldita distracción que no me podía permitir. Mañana tenía una reunión importante con los proveedores del club, y la policía estaba empezando a husmear más de la cuenta en el polígono industrial. No tenía tiempo para hermanastras rebeldes que conducían como demonios y vestían como pecados.

Apagué el cigarrillo contra el cenicero de cristal y bajé las escaleras. No iba a quedarme allí arriba como un adolescente babeando por una chica. Si Emma quería provocarme, iba a aprender que jugar con fuego en mi casa siempre terminaba en quemaduras de tercer grado.

Salí al jardín con paso firme. El calor del suelo de piedra me subía por las piernas. Me detuve justo al borde de la piscina, justo cuando ella llegaba al extremo donde yo estaba. Emma se apoyó en el borde, echándose el pelo hacia atrás y salpicándome las zapatillas con unas gotas de agua fría.

—Vaya, el Rey ha decidido bajar de su torre —dijo, jadeando un poco por el esfuerzo. Sus ojos brillaban, y el agua resbalaba por su cuello, perdiéndose en el escote del bikini—. ¿Te gusta lo que ves, Mateo? ¿O es que el humo del tabaco te estaba nublando la vista?

Me agaché, quedando a su altura. La cercanía fue un error. Podía oler el cloro, el sol en su piel y algo dulce, como vainilla. Estaba tan cerca que podía ver las pequeñas gotas de agua temblando en sus pestañas.

—Lo que veo es a una intrusa que se siente demasiado cómoda en una casa que no le pertenece —respondí, bajando la voz hasta que sonó como un rugido sordo—. No te equivoques, Emma. Que compartamos apellido por un papel firmado no significa que seas bienvenida en mi territorio.

Ella se impulsó un poco más hacia arriba, quedando su rostro a escasos centímetros del mío. Su respiración golpeó mis labios.

—¿Tu territorio? —soltó una risa suave, casi un ronroneo—. Anoche en la pista no parecía que mandaras mucho. De hecho, me pareció ver a un Rey bastante humillado por una "intrusa".

Sentí un impulso violento de agarrarla por la nuca y besarla solo para callarle esa boca llena de verdades incómodas. O de hundirla bajo el agua hasta que admitiera que yo tenía el control. La tensión sexual era tan espesa que casi podía cortarse con un cuchillo de cocina. Mis ojos bajaron involuntariamente a su boca, y vi cómo su sonrisa flaqueaba por un segundo, reemplazada por una expectación que ella misma no podía ocultar.

—Tuviste suerte, Falcó. Pero la suerte es una amante traicionera —le dije, recuperando la compostura a duras penas—. No me tientes. No sabes lo que pasa cuando pierdo la paciencia.

—Oh, creo que sí lo sé —replicó ella, deslizándose de nuevo hacia el centro de la piscina, alejándose de mi alcance—. Te pones a fumar en los balcones y a mirar lo que no puedes tener. Es un hábito un poco triste para alguien tan "poderoso", ¿no crees?

Se dio la vuelta y siguió nadando, dejándome allí plantado, con la sangre hirviendo y el ego por los suelos. Emma Falcó no solo me había ganado una carrera; me estaba ganando la guerra psicológica en mi propio terreno.

Me levanté y volví a la casa sin decir una palabra más. Necesitaba una ducha fría, o quizás otro cigarrillo, o quizás quemar ese maldito bikini negro. Pero sobre todo, necesitaba recordar que ella era la hija de la mujer que quería reemplazar a mi madre, y que lo único que nos unía era un odio que empezaba a parecerse peligrosamente a otra cosa.

—Pagarás por esto, Emma —mascullé al entrar en el salón—. Te juro que lo harás.

Lo malo era que, mientras subía las escaleras, no estaba seguro de si quería que pagara con dinero... o con algo mucho más difícil de devolver.

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