Frecuencia de Deseo: Acordes en Llamas

Frecuencia de Deseo: Acordes en LlamasES

Romance
Última actualización: 2026-05-07
Nahue  Recién actualizado
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Resumen
Índice

De mundos diferentes, pero con la pasión por la música que los une, todo para salvar el antiguo Teatro Real, un sitio en donde grandes leyendas fueron forjadas. Serán capaces de cooperar y salvar el mundo de muchas personas o fracasarán en el intento.

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Capítulo 1

Prólogo: La Frecuencia del Desprecio

El silencio en el Auditorio Nacional no era un vacío; era una entidad pesada, cargada de la expectativa de mil quinientas personas que contenían el aliento. En el centro del escenario, bajo una luz cenital blanca que hacía brillar el barniz de su instrumento como sangre seca, Valeria Santoro cerró los ojos. Tenía veintiséis años y cargaba sobre sus hombros el peso de tres generaciones de virtuosos.

Valeria ajustó el violín bajo su barbilla. Sus dedos, finos y callosos por años de disciplina espartana, encontraron su posición por instinto. No había lugar para el error. Para el mundo de la música clásica, Valeria era la "Perfección de Marfil". Cada movimiento de su arco era una ecuación matemática resuelta con elegancia; cada nota, un fragmento de alma destilada bajo el rigor de la técnica más estricta.

Interpretaba a Paganini. La velocidad de su mano izquierda era un borrón, pero su rostro permanecía impasible, una máscara de porcelana fría. Sin embargo, por dentro, Valeria sentía una grieta. Su prometido y mentor, el director de orquesta Julian Vane, la observaba desde el primer palco con una mirada que no buscaba pasión, sino precisión. Para él, ella era su mejor instrumento, no su pareja.

Al terminar el último acorde, el estallido de aplausos fue ensordecedor. Valeria hizo una reverencia mecánica. Mientras bajaba del escenario, sus manos temblaban. No de emoción, sino de agotamiento. En el camerino, Julian ya la esperaba con una tablet en la mano.

—El tempo en el tercer movimiento fue un 2% más lento de lo habitual, Valeria —dijo él, sin mirarla—. Y los patrocinadores del Teatro Real están preocupados. Dicen que el público joven ya no compra entradas para ver "perfección". Quieren algo... diferente.

—¿Diferente? —Valeria limpió su violín con una gamuza de seda, evitando mirarse al espejo—. Soy la mejor violinista del país, Julian. No soy un espectáculo de circo.

—El teatro se está hundiendo, querida. Si no innovamos, tu próxima gira será en bibliotecas vacías. El Consejo ha tomado una decisión. Vas a colaborar con alguien de "afuera". Alguien que traiga los números que tú ya no atraes.

Valeria se detuvo. La palabra "afuera" sonaba a suciedad en los labios de Julian.

A quince kilómetros de distancia, en un distrito donde las luces de los carteles de neón parpadeaban con un zumbido eléctrico, el aire olía a cigarrillos, café frío y electrónica sobrecalentada. En el sótano del estudio "La Madriguera", el bajo vibraba con tanta fuerza que hacía saltar las latas de bebida energética sobre la mesa de mezclas.

Dante Vega, conocido en la industria como "D-Zero", tenía los auriculares al cuello y los ojos inyectados en sangre tras dieciocho horas de sesión. Tenía una cicatriz que le cruzaba la ceja derecha y las manos tatuadas con ondas de frecuencia que parecían cobrar vida cuando manipulaba los faders.

Dante era el arquitecto del caos. Si una canción necesitaba un ritmo que golpeara el pecho como un puñetazo, lo llamaban a él. Había crecido en la calle, sampleando el sonido de los trenes y los gritos de la ciudad, transformando el ruido en hits de platino. Pero su reputación era un arma de doble filo: lo llamaban "el genio intratable".

—Dante, apaga esa m... un segundo —gritó su manager, entrando al estudio—. Tenemos un problema de los grandes.

Dante no se dio la vuelta. Sus dedos volaban sobre el teclado MIDI, ajustando un sintetizador distorsionado.

—Si es sobre la demanda por el sample del helicóptero, dile que lo grabé yo mismo. No es plagio.

—Es peor. El sello nos ha cortado el presupuesto para el álbum de la gira. Dicen que tus últimas producciones son "demasiado oscuras" para la radio. Quieren que te limpies la imagen.

Dante soltó una carcajada ronca, una vibración profunda que parecía salir de sus pulmones cansados.

—¿Limpiarme? Yo no soy un producto de marketing, Leo. Soy el sonido.

—Pues el sonido necesita dinero, y el dinero está en la Fundación Cultural del Teatro Real. Han propuesto un proyecto de intercambio. Una colaboración "Élite vs. Calle". Quieren que produzcas el nuevo álbum de la protegida de Julian Vane. Sí, la chica del violín de cristal.

Dante se giró por fin. Sus ojos oscuros destellaron con un desprecio absoluto.

—¿Esa muñeca de porcelana que toca canciones de gente muerta? Ni de broma. Esa gente no sabe lo que es el ritmo; solo saben contar tiempos en un metrónomo de oro.

—Vas a hacerlo, Dante. O el lunes embargan este estudio. Tienes que ir mañana al conservatorio. Intenta no llevar esa chaqueta llena de parches de bandas de metal, ¿quieres?

Dante golpeó la mesa de mezclas con el puño, haciendo que el sonido de un sintetizador quedara atrapado en un bucle infinito, un grito electrónico que llenó el sótano.

Esa noche, Valeria no pudo dormir. Se sentó en su balcón, mirando hacia la zona sur de la ciudad, donde las luces eran más intensas y desordenadas. Escuchó una lista de reproducción de música urbana en su teléfono, ocultándola como si fuera un pecado. Le pareció un ruido caótico, agresivo y carente de estructura. Se sintió insultada por la sola idea de que alguien como ese "D-Zero" tocara sus partituras con sus manos llenas de tinta.

En "La Madriguera", Dante puso un video de Valeria tocando en el Royal Albert Hall. Observó la rigidez de su espalda, la forma perfecta en que sostenía el arco, la frialdad de su expresión.

—Demasiado limpia —gruñó él, dándole un sorbo a una cerveza amarga—. No hay alma ahí dentro. Solo una máquina bien aceitada.

Para Valeria, Dante era el ruido que amenazaba con destruir siglos de tradición. Para Dante, Valeria era el silencio aburrido de una clase social que lo despreciaba.

Ninguno de los dos sabía que el contrato ya estaba firmado. Julian Vane buscaba el dinero de los patrocinadores; el manager de Dante buscaba la redención comercial. Ninguno de los dos entendía que estaban a punto de encerrar en una habitación de cuatro por cuatro a la pólvora y al fuego.

La lógica dictaba que el proyecto fracasaría en la primera hora. El sentido común decía que nunca se entenderían. Pero la música, al igual que la química, no entiende de lógica ni de sentido común. Solo entiende de reacciones.

Mañana, a las diez de la mañana, en la sala de ensayos número 4 del Conservatorio Superior, la estructura se encontraría con el caos. Y en ese choque, algo estaba destinado a romperse para siempre.

Valeria apretó sus manos, protegiendo sus dedos.

Dante se puso los auriculares, subiendo el volumen hasta que le dolieron los oídos.

El reloj empezó a correr. La fusión era inevitable.

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Prólogo: La Frecuencia del Desprecio
Capítulo 1: Frecuencias Desafinadas
Capítulo 2: La Sala de los Espejos
Capítulo 3: La Resonancia del Caos
Capítulo 4: "El trino del diablo"
Capítulo 5: Ecos de una Frecuencia Inesperada
Capítulo 6: En secreto de la Noche
Capítulo 7: Brecha de Emociones
Capítulo 8: El Eco de la Culpa y el Pulso de la Verdad
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