Capitulo 2°

El taxi me dejó en la vieja gasolinera de las afueras, un lugar que el tiempo parecía haber olvidado, pero que para mí era el centro del universo. No pasaron ni dos minutos cuando el rugido de un motor conocido hizo que se me erizara la piel. Un Seat León tuneado, con el capó negro mate, frenó derrapando frente a mí.

—¿Pero qué ven mis ojos? ¿Es una alucinación o la Falcó ha decidido volver al barrio? —la voz de Leo sonó como música celestial.

Se bajó del coche de un salto. Seguía igual: alto, con esa sonrisa de pillo y el pelo revuelto. No pude evitarlo; corrí hacia él y me colgué de su cuello.

—¡Leo! Joder, te he echado de menos, pedazo de idiota —le dije, hundiendo la cara en su hombro. Olía a grasa de motor y tabaco, el olor de mi infancia.

—Y yo a ti, pequeña. Cuatro años son una eternidad —me separó un poco para mirarme de arriba abajo—. Te has vuelto una americana total, ¿eh? Pero esos ojos siguen siendo de aquí. Venga, sube, que tenemos mucho que recuperar y poco tiempo antes de que empiece lo bueno.

Subí al coche y el olor a tapicería vieja me dio el último empujón de bienvenida que necesitaba. Leo arrancó y nos alejamos de la ciudad, perdiéndonos por las carreteras secundarias que rodeaban Madrid. Hablamos de todo y de nada. Me contó que seguía trabajando en el taller de su padre, que las cosas en la calle estaban más tensas que antes y que la policía había cerrado varios puntos de reunión. Yo le resumí mis noches en los canales de Los Ángeles, omitiendo la parte de los lujos de mi madre para no romper la magia del reencuentro.

—Así que la "niña bien" se convirtió en la reina de California —se rió Leo, cambiando de marcha con destreza—. Me muero por verlo. Por cierto, tengo a alguien que presentarte.

Llegamos a un polígono industrial oculto tras unas naves abandonadas. Había coches por todas partes, música a todo trapo y el olor a neumático quemado que me hacía sentir viva. Una chica de pelo azul y cazadora de cuero nos esperaba apoyada en una valla.

—Nadia, esta es Emma. Mi mejor amiga, mi hermana —presentó Leo con orgullo—. Emma, esta es Nadia. Mi novia y la mejor mecánica de este lado del mapa.

Nadia me estrechó la mano con firmeza, analizándome.

—Encantada, Emma. Leo no ha parado de hablar de ti. Espero que seas tan buena como él dice, porque esta noche el ambiente está caldeado.

—¿Por qué? —pregunté, mirando el movimiento de la gente.

—Porque el Rey va a correr —respondió Nadia, mirando hacia una zona apartada donde un grupo de tíos rodeaba un coche que brillaba bajo los focos—. Hacía semanas que no se dignaba a aparecer por aquí.

—¿El Rey? —solté una carcajada—. ¿En serio se hace llamar así? Qué original.

Leo me miró con una mezcla de advertencia y diversión.

—No es solo un nombre, Em. Mateo es... bueno, es imbatible. Nadie ha logrado verle las luces traseras en más de dos años. Mueve mucha pasta y tiene a media ciudad comiendo de su mano.

Sentí un pinchazo de curiosidad. Ese motor que escuché en casa de Julián... ¿podría ser? No, era imposible. Mateo Lara era un niño rico de oficina, no un corredor clandestino. ¿O sí?

—Leo —dije, sintiendo la adrenalina subirme por la garganta como un disparo—, quiero correr.

Nadia se quedó de piedra.

—¿Perdona? ¿Estás segura, chavala? Aquí no corremos por diversión. Hay veinte mil euros sobre la mesa y el Rey no tiene piedad con los novatos.

Miré a Leo. Él conocía esa mirada mía. La mirada de cuando estoy dispuesta a quemarlo todo.

—Anotadla —dijo Leo con una sonrisa de suficiencia—. Dale mi coche, Nadia. Está a punto.

—¡Estáis locos! —exclamó ella, pero sacó una tablet y empezó a teclear—. Falcó, ¿no? Prepárate, que sales en la tercera tanda contra él.

Leo me llevó hasta su coche. Me senté en el asiento del conductor y ajusté el espejo. El corazón me iba a mil, pero mis manos estaban frías, estables. Era mi hábitat.

—No dejeis que te intimide, Em. Corre como en LA —me susurró Leo antes de cerrar la puerta.

Me coloqué en la línea de salida. A mi lado, un deportivo negro con los cristales tintados rugía como una bestia herida. No podía ver quién iba al volante, solo el reflejo de las luces en la carrocería impecable. El "Rey".

Una chica se puso en medio con dos pañuelos rojos. El mundo se quedó en silencio. Solo existíamos el coche, la recta y yo. Los pañuelos cayeron.

Salió disparado. Su coche era infinitamente superior al mío, pero yo conocía los trucos. En la primera curva, apuré el frenazo hasta que el olor a caucho invadió la cabina y le gané el interior por un milímetro. Escuché el rugido de su motor protestando. En la recta, él recuperó terreno, pero Madrid tiene calles traicioneras y yo recordaba cada bache.

En la última chicane, antes de la meta, hice un cambio de marcha agresivo, dejando que el coche derrapara de forma controlada. Crucé la línea de meta un par de parachoques por delante.

El silencio que siguió fue sepulcral. Nadie ganaba al Rey. Jamás.

Bajé del coche, con las piernas temblando un poco pero la barbilla alta. La multitud estaba en shock. Leo corrió hacia mí y me levantó en vilo, gritando como un loco. De pronto, la puerta del deportivo negro se abrió.

Un chico bajó. Era alto, con una cazadora de cuero negra y una expresión que mezclaba la furia con una curiosidad letal. Tenía el pelo oscuro y unos ojos que parecían capaces de leerte el alma y prenderle fuego. Era guapo, de una forma peligrosa y arrogante.

Se acercó a mí paso lento, ignorando a todo el mundo. Se detuvo a escasos centímetros, obligándome a mirar hacia arriba.

—Veinte mil euros —su voz era profunda, con un acento madrileño marcado y cargado de sarcasmo—. No está mal para ser tu primera noche en el fango, "princesita".

Me crucé de brazos, sosteniéndole la mirada.

—No me llames princesita. Y los veinte mil me vendrán genial para comprarle un motor de verdad a tu juguete. Parece que le falta un poco de empuje.

Él soltó una risa seca, sin rastro de gracia. Sus ojos recorrieron mi cara, deteniéndose en mis labios un segundo antes de volver a chocar con mis ojos.

—Tienes la lengua muy larga para alguien que acaba de llegar. ¿De dónde has salido?

—De un sitio donde los reyes no llevan corona, sino buenos neumáticos —respondí con una sonrisa ladeada—. ¿Te duele mucho el ego o es que simplemente no sabes perder?

—Perder es un concepto que no manejo —dio un paso más, invadiendo mi espacio personal—. Disfruta del dinero. La suerte del principiante no dura para siempre.

—No fue suerte —le espeté—. Fue talento. Búscalo en el diccionario, igual te sirve para la próxima.

Él me dedicó una última mirada cargada de una tensión que no supe descifrar.

—Nos volveremos a ver, ganadora. Y la próxima vez, asegúrate de tener algo más que palabras para respaldar ese coche prestado.

Se dio la vuelta y se alejó sin decir su nombre. Yo tampoco le dije el mío. No hacía falta. La guerra ya había empezado.

—¡Tía, que le has ganado! —Nadia llegó a mi lado, todavía alucinada—. Vámonos de aquí, que hay una fiesta en una nave cerca y esto hay que celebrarlo. ¡Le has quitado la pasta al puto Mateo Lara!

Me quedé congelada.

—¿Mateo Lara? —repetí, sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Sí, el hijo del dueño de media ciudad. Un capricho con patas, pero el mejor conduciendo... hasta hoy —dijo Leo, pasándome el brazo por los hombros—. ¡Venga, a la fiesta!

Me subí al coche de Leo, pero mi mente seguía en aquella conversación. Mateo Lara. Mi futuro hermanastro. El chico con el que iba a compartir casa era el mismo al que acababa de humillar en la pista.

La fiesta fue un borrón de música tecno, copas de plástico y gente felicitándome, pero yo solo podía pensar en una cosa: mañana tendría que desayunar frente a frente con el "Rey" al que le acababa de robar veinte mil euros. Y algo me decía que la convivencia en esa mansión de cristal iba a ser mucho más peligrosa que cualquier carrera a doscientos por hora.

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