Mundo ficciónIniciar sesiónLa resaca de adrenalina es mucho peor que la del alcohol. Me desperté con el sonido de los pájaros en el jardín de La Finca, pero en mi cabeza seguía retumbando el rugido del motor de Mateo y el eco de su voz llamándome "princesita". Me froté la cara, sintiendo el peso de los veinte mil euros que había escondido en el doble fondo de mi maleta anoche. Si mi madre encontraba ese taco de billetes, mi billete de vuelta a Los Ángeles sería lo de menos; me mandaría directa a un convento.
Me vestí con lo primero que encontré que pareciera "apropiado": un vestido lencero de seda azul marino y unas sandalias finas. Tenía que interpretar el papel de la hija perfecta de Victoria Falcó, al menos hasta que pudiera escaparme de nuevo con Leo. Bajé las escaleras de mármol con el corazón martilleando contra mis costillas. Al entrar en el comedor acristalado, la luz del sol de Madrid iluminaba una mesa puesta con una precisión quirúrgica. Mi madre y Julián ya estaban allí, compartiendo confidencias sobre una taza de café humeante. Y entonces lo vi. Sentado frente al sitio que llevaba mi nombre, estaba él. No llevaba la cazadora de cuero ni el sudor de la pista. Vestía una camisa de lino impecable, blanca, con los primeros botones desabrochados, y leía unos informes en una tablet con una concentración fingida. Me quedé paralizada en el umbral. Sus ojos se levantaron lentamente, chocando con los míos. Por un microsegundo, vi el destello del reconocimiento. La sorpresa. Y luego, una chispa de pura malicia que me hizo saber que la guerra de anoche solo había sido el calentamiento. —¡Emma, cariño! Buenos días —mi madre sonrió, ajena al campo de minas que acababa de pisar—. Ven, siéntate. Julián, ¿crees que Mateo y Emma ya se conocen formalmente? Julián soltó una carcajada jovial. —No creo. Mateo llegó tarde anoche, como siempre. Hijo, deja eso un momento. Esta es Emma, la hija de Victoria. Emma, este es mi hijo, Mateo. Mateo dejó la tablet con una lentitud exasperante. Se puso de pie, extendiendo una mano cuya calidez todavía recordaba del roce accidental en la pista. —Mucho gusto, Emma —su voz era terciopelo y veneno. El acento madrileño sonaba mucho más refinado aquí, pero la intención era la misma—. Había oído hablar mucho de ti, pero las descripciones no te hacían justicia. Tienes una mirada... muy intensa. Casi salvaje. —Igualmente, Mateo —le estreché la mano, apretando más de lo necesario. Sus dedos se cerraron sobre los míos como una advertencia—. Me han dicho que eres un hombre de muchos talentos. Aunque anoche me pareció que Madrid estaba un poco... silencioso. Mi madre me miró con extrañeza. —¿Silencioso? Si te fuiste de fiesta con Leo hasta las tantas. —Ya sabes, mamá. Comparado con Los Ángeles, todo parece ir a menos revoluciones —le dediqué a Mateo una sonrisa angelical mientras me sentaba—. Algunos aquí parecen ir con el freno de mano puesto. Mateo arqueó una ceja, volviendo a su asiento. Julián, ajeno a los dardos, empezó a servirnos zumo de naranja natural. —Bueno, Emma, espero que Mateo te enseñe la ciudad —dijo Julián—. Él conoce los mejores sitios. Los más exclusivos, claro. Nada de esos barrios peligrosos por los que suele moverse la gente de su edad. —Oh, estoy segura de que Mateo sabe perfectamente dónde está el peligro —apostillé, cogiendo un cruasán y cortándolo con una elegancia que no sentía—. De hecho, parece el tipo de persona que se cree el rey de cualquier lugar al que va. Mateo soltó una risa seca, llevándose la taza de café a los labios. —Bueno, es que a veces la gente confunde la confianza con la arrogancia. Pero en Madrid, Emma, si no sabes quién manda, acabas estrellándote. Es una lección básica. —Hablando de estrellarse... —intervine, mirando fijamente a mi madre—. Mamá, ¿sabías que Julián tiene una colección de coches increíble en el garaje? Anoche escuché uno que sonaba... especial. Casi como si estuviera preparado para algo más que dar paseos por el barrio. Noté cómo Mateo tensaba la mandíbula. Su padre no sabía lo de las carreras, eso era evidente. —¿Ah, sí? —Julián frunció el ceño—. ¿Cuál sería, Mateo? Sabes que no me gusta que toques los clásicos sin avisar. Mateo sonrió con una calma fingida que me puso los pelos de punta. —Seguro que Emma se confunde con el ruido de los aspersores, padre. Ya sabes, el cambio de aires le está afectando. Por cierto, Victoria, ¿te ha contado Emma lo mucho que le gusta el dinero fácil? En Los Ángeles parece que se estila mucho eso de... apostar fuerte. Mi madre dejó la taza de café con un golpe seco. —¿Apostar? Emma detesta los juegos de azar. —No son juegos, mamá. Es solo que a veces me gusta demostrar que soy mejor que los demás en cosas que ellos consideran su terreno —dije, pateando a Mateo por debajo de la mesa. Le di justo en la espinilla. Mateo no se inmutó, pero sus ojos se oscurecieron. Devolvió el golpe pisándome el empeine con su zapato de diseño, apretando con fuerza. —¡Ay! —exclamé, fingiendo que un bicho me había picado. —¿Pasa algo, Emma? —preguntó Julián preocupado. —Nada, un calambre. Es que Madrid es tan... diferente —dije entre dientes, tratando de no gritar mientras Mateo seguía presionando mi pie bajo el mantel. —Es el jet lag —intervino Mateo, soltando finalmente mi pie con una sonrisa triunfal—. Padre, creo que Emma necesita actividades tranquilas. Quizás debería apuntarse a tu club de lectura, Victoria. Le vendría bien bajar las pulsaciones. No queremos que se meta en líos buscando adrenalina en los lugares equivocados. —Me parece una idea estupenda —asintió mi madre—. Emma, Julián y yo vamos a salir a una subasta benéfica esta tarde. ¿Por qué no te quedas con Mateo? Podéis conoceros mejor, sin interrupciones. Miré a Mateo. Él me miraba a mí. Éramos dos depredadores en una jaula de oro, midiendo nuestras fuerzas mientras nuestros padres planeaban una "bonita convivencia". —Me encantaría —dije, con un sarcasmo que solo él podía entender—. Estoy deseando que Mateo me enseñe su "juguete" del garaje. Tengo curiosidad por ver si es tan rápido como dicen... o si solo es mucho ruido y pocas nueces. —Ten cuidado con lo que deseas, hermanastra —respondió él, subrayando la palabra con una malicia que me hizo vibrar—. A veces, los que más corren son los primeros en quemarse. Y yo no suelo dejar que nadie se lleve mis trofeos sin pagar el precio. Julián y mi madre sonrieron, encantados de ver lo "bien" que nos llevábamos. No tenían ni idea de que, en cuanto cerraran la puerta principal, la mansión Lara se convertiría en un circuito de guerra. Mateo se levantó, recogiendo su tablet. Se inclinó hacia mí, fingiendo que me iba a dar un beso de despedida en la mejilla ante la mirada de nuestros padres, pero se detuvo justo al lado de mi oreja. —Disfruta de mis veinte mil pavos mientras puedas, Falcó —susurró, y su aliento me quemó la piel—. Porque pienso recuperarlos. Y esta vez, no será solo dinero lo que pongas sobre la mesa. Se alejó con paso firme, dejándome con el corazón acelerado y un sabor a café amargo en la boca. Madrid ya no era mi hogar. Era mi campo de batalla. Y Mateo Lara no era solo mi hermanastro; era el enemigo más peligroso que jamás había tenido el placer de retar.






