Llegué a la mansión pasadas las diez de la noche. El olor a lluvia en mi ropa y el frío del cementerio todavía calándome los huesos eran lo único que se sentía real. Crucé el umbral esperando encontrar la casa en silencio, pero las luces del salón principal estaban encendidas, proyectando sombras alargadas sobre el mármol.
Julián y mi madre estaban allí, sentados con esa pose de revista, compartiendo una copa de vino. En cuanto puse un pie en el primer escalón, la voz de mi madre me detuvo com