Mateo condujo en silencio hasta el mirador del Templo de Debod. A esa hora, los turistas se habían marchado y solo quedaba el viento frío colándose entre las piedras milenarias y el reflejo de la luna sobre el estanque. Aparcó el coche, pero no apagó el motor de inmediato. Se quedó con las manos fijas en el volante, mirando al frente, dándome el espacio que sabía que necesitaba para no salir corriendo.
—Has ganado, Mateo —dije, rompiendo el silencio. Mi voz sonó pequeña, extraña en la cabina d