Mundo ficciónIniciar sesiónDurante años, Olivia ha sido mucho más que una simple secretaria: es la sombra perfecta de su jefe, la que sabe cada movimiento, cada reunión, cada secreto que nunca debería haber salido de la sala de juntas. Su eficacia es su mayor virtud… y también su condena. Cansada de vivir bajo la presión de un hombre tan implacable como brillante, decide marcharse. Pero Dominic Russo —millonario, calculador y dueño de un imperio levantado sobre negocios que nadie se atreve a nombrar— no es de los que permiten pérdidas. Él asegura que no puede dejarla ir porque sabe demasiado. Y en su mundo nadie abandona al jefe.
Leer másNecesito otro trabajo.
Necesito un jefe que no sea Dominic Russo.
Me lo repito cada día, cada vez que le pongo la carta de renuncia en el escritorio y él la mira con su sonrisa ladeada, dándole la poca importancia que parece que le da todo. Esa maldita sonrisa, como si supiera algo que yo no, como si mi intento de escapar fuera un juego. A este punto parece que lo es. La carta de hoy está perfectamente doblada, escrita a mano en un papel que elegí con cuidado, como si la formalidad pudiera obligarlo a tomarme en serio. Pero sé que no lo hará. Nunca lo hace.
—Bonita letra cursiva. Es mejor que el fax de ayer.
—Y peor que las súplicas de mañana. —Que yo misma me lo esté tomando como una broma no me hace ningún favor, lo sé. Pero estoy desesperada llegados a este punto tan ridículo en el que parece un juego tonto que jamás voy a ganar.
Se le ilumina la mirada feroz que tiene. Dominic es el tipo de hombre porque el caería sin dudar si no fuera mi jefe, si no conociera sus trapicheos, y si no me sacara de mis casillas con tanta facilidad. Además, es un mujeriego. Yo soy su secretaria porque se ha follado a las diez anteriores. Y se folla a las mujeres de dinero que vienen a hacer negocios con él —si es que no vienen exclusivamente por el sexo—. Y se folla a la mujer de uno de los trabajadores de la planta baja. Y a la chica de la cafetería de la cuarta planta. Y se ha follado a la becaria que sube hasta aquí arriba cargada de papeles sin importancia sólo para verlo. Y mientras se las folla yo estoy ahí fuera, en mi escritorio, esperando a que termine para traerle un vaso un whisky y abrir las ventanas para que no apeste todo al sexo sucio que le gusta tener.
—Olivia, preciosa —mi nombre suena peligroso en sus labios—. Si se te ocurre ponerte de rodillas para eso, te advierto que lo último que va a salir de esa preciosa boca incontrolable que tienes va a ser una súplica. Deja de tentarme.
Quiero gimotear, pero seguro que si lo hago en voz alta va a tomárselo como una invitación para arrancarme la ropa, subrime sobre su escritorio de hombre de negocios y abrirme las piernas para meterse entre ellas como lo hace entre las piernas de toda mujer que pasa por este despacho.
Llevo una semana con esto de las formas de renuncia y cada vez va peor. Una parte de mi cree que si hago lo que quiere, dejará que me marche.
—¿Si me abro de piernas vas a dejar que renuncie por fin?
Se relame los labios y sus dedos tatuados doblan el borde de mi carta.
—Si te abres de piernas y deja que te folle, serás tú la que no se quiera alejar de mi.
¡Dios mío! Ya debería estar acostumbrada a estas sandeces suyas; sé que sólo lo dice porque soy la única mujer a la que no ha mancillado, esta palabrería le sirve con todas. Pero es mentira. Seré de usar y tirar para él, como lo son las otras.
—Pues qué suerte la mía —siseo mientras recojo mi quinta carta de renuncia y pongo los ojos en blanco—. Sólo era por saber, no voy a hacerlo.
—Deberías. No te vas a arrepentir.
Dominic se recuesta en su sillón de cuero, el movimiento lento y deliberado, como un depredador que sabe que tiene todo el tiempo del mundo. Su presencia llena la habitación, no solo por su tamaño, sino por la manera en que parece absorber el aire a su alrededor. Dominic Russo parece tallado para intimidar: alto, con hombros anchos y la musculatura de alguien que sabe perfectamente cómo usar la fuerza que posee. El tatuaje que serpentea por su brazo derecho —un intrincado diseño de líneas y símbolos que desaparecen bajo la manga enrollada— parece moverse con cada flexión de sus músculos, como si tuviera vida propia. Todo en él grita control, poder y una advertencia silenciosa: no juegues con él a menos que estés dispuesta a perder.
Y yo llevo perdiendo desde que acepté trabajar para él hace dos años.
—Voy a volver al trabajo —anuncio con resignación—. Lidiar contigo se me está haciendo de lo más cotidiano a estas alturas.
Me sorprende poder hablarle de esta forma. Dominic no deja que le falten al respeto, no deja que nadie se crea mejor que él. Creo que no mucha gente lo intenta porque detrás del hombre de negocios, se esconde el hombre de las sombras: el que maneja la ciudad, el que amenaza con armas si es necesario, el que se ha levantado a cambio de favores y estafas.
Y yo, de alguna manera, me he convertido en la persona que conoce cada uno de sus movimientos, cada secreto que no debería saber. Eso nos ha acercado tanto que ahora estoy atrapada.
—En el fondo disfrutas de esto, de lo contrario, habrías dejado de intentarlo desde el primer día. Es inútil, Olivia, estás atrapada conmigo.
—Literalmente. Qué suplicio. En otra vida habré sido malísima persona. La Yoko Ono de algo importante.
Pocas veces escucho a Dominic reírse, por no decir que nunca. Suele ser un hombre serio con la sonrisa torcida que sólo avisa de problemas.
—Pídeme otra botella de whisky —me pide, mientras la risa se le apaga—. O mejor, dile a la de la cafetería que suba con ella. El whisky con una mujer sabe mejor.
—Qué romántico —murmuro, abriendo la puerta de madera que pesa tanto que siempre me cuesta empujarla.
—No quiero ser romántico, busco que me la chupe, no casarme con ella. Hazlo, llámala.
La puerta se cierra detrás de mí con un ruido sordo. Sólo es cuestión de levantar el teléfono de mi escritorio para que la chica aparezca con una sonrisa nerviosa por las puertas del ascensor. No tendrá más de veintitrés años, rubia, con unos tacones de aguja que deben matarla todas las horas que pasa atendiendo en la cafetería de la empresa. Pero siempre dispuesta a ser otra más.
—Hola, Olivia —me saluda, tan tímida que parece mentira que veinte minutos después salga con la ropa revuelta, el pelo echo un desastre y casi llorando.
Sé que Dominic no las trata bien. Que las usa, que no las espera. Aunque para ser justos nunca las hace ilusiones y ellas siempre vuelven.
Cojo pañuelos que tengo preparados en mi cajón.
—Toma —le digo, dándole un paquete entero—. Deberías pasar por el baño antes de volver al trabajo.
—Gracias.
Trabajar para Dominic no es malo del todo, tengo un buen sueldo, un buen horario, y tantas tareas que hacer que el tiempo se me pasa volando. Pero situaciones como esta son súper incómodas, demasiado frecuentes, y cada vez me da más miedo estarme metiendo en algo que me ponga en peligro.
Ahora, rara vez venimos a trabajar en la empresa. En un par de reuniones, sus socios se mostraron sorprendidos al saber que yo seguía siendo su secretaria después de todo. Pero es sencillo: yo no quiero ser una mujer florero y me gusta lo que hago; y Dominic dice que no quiere a otra persona a su lado porque soy la única que lo entiende, dentro y fuera del trabajo. Por eso somos el mejor equipo del mundo. —¡Olivia! ¿Un café después? —me ofrece Clara tras la recepción del edificio.Yo asiento a toda prisa colándome por los tornos antes de que la cosita pequeña que no me hace ni caso se meta de nuevo sola en un ascensor.—¡Sí! ¡Te veo en un rato! Yo a ti qué te he dicho de irte de la mano de mamá —le digo, aunque sé que es una batalla perdida.En cuanto las puertas del ascensor se abren en la última planta, Isabella se suelta de mi mano y corre a las grandes puertas de madera del despacho de su padre. Su pelo oscuro, heredado de Dominic, se agita en dos coletitas desordenadas, y sus oj
Dudé bastante sobre quién me llevaría al altar. Al principio pensé en mi tía, porque es mi única familia, y aunque la invité y está aquí, no lo sentí correcto. Tuve la idea de hacerlo sola, pero hace dos semanas me arrepentí y ahora me alegro de haberle pedido a Andrew que esté a mi lado. Cuando se lo pedí, debió ver a una chica de la edad que podrían tener sus hijas, asustada de que fuera demasiado tarde, estaba casi a punto de llorar cuando me puse a suplicarle que me acompañara. Él me dio una sonrisa tranquilizadora, como la de un padre, y aquí está ahora.La ceremonia es corta, íntima, perfecta. Cuando decimos nuestros votos, siento que cada palabra se graba en mi corazón. Prometo amarlo, apoyarlo, estar a su lado, y cuando él promete lo mismo, con esa voz grave que me hace estremecer, sé que esto es real. Que, a pesar de todo, esto es lo que más quiero.Cuando el oficiante nos declara marido y mujer, Dominic me besa con una intensidad que me roba el aliento, y los aplausos llenan
Creía haber estado enamorada antes, pero me doy cuenta de que jamás había sentido lo que era amar de verdad hasta que Dominic ha arrasado con todo de mi.Nuestra boda es perfecta. En un parador idílico de Italia: un castillo de piedra mediano con un gran jardín tan verde que contrasta de maravilla con las sillas blancas que se extienden delante del altar de ceremonias. Es el sitio de mis sueños. Quizás demasiado grande para los pocos que somos, pero Dominic insistió en que, aunque fuéramos solos los dos, este sería nuestro lugar.—¿Señora Russo? —Dan dos toques en la puerta y la entreabro un poco—. Hay un hombre en la recepción que dice ser el padre del señor Russo, pero no está en la lista de invitados.Joder.—Dame un segundo —le pido, antes de recoger mi bata de seda blanca del respaldo de la silla. Mientras la sigo por el inmenso castillo, las sandalias blancas se me resbalan de los pies por las prisas—. ¿Lo sabe Dominic?Por favor, no quiero una pelea el día de mi boda. ¿Cómo siq
Por la mañana, me despierto con el suave toque de una caricia en la mejilla. Es demasiado pronto, o mi cuerpo sigue cansado por el sexo desenfrenado de anoche. Aprieto los ojos con un quejido. Creo que Dominic se ríe antes de pasarme el dedo por la nariz.—Estás despierta.—Más o menos —murmuro.¿Por qué está tan lejos? Me acurruco más cerca suya, hasta que mi frente está apoyada en su pecho y puedo respirar su piel.—Tengo algo para ti —me susurra, mientras me peina los enredos del pelo con sus dedos—. Lo traje del viaje y no he tenido momento para dártelo.Levanto la vista, curiosa, justo cuando él se desliza fuera de la cama. Lo observo mientras se pone unos bóxers, y no puedo evitar morderme el labio al ver los arañazos rojos que le recorren la espalda.Vuelve a la cama con una caja cuadrada, azul pastel y con letras en cursiva grabadas.Levanto la tapa con cuidado, y dentro encuentro un collar de diamantes que brilla incluso en la suave luz de la mañana. Es delicado, fino, con un
Me he planteado irme a una de las habitaciones vacías de la mansión para no dormir con él; lo he intentado en dos cuartos diferentes sin éxito antes de arrastrarme a su lado y sentir como el sueño me vencía. Dominic también seguía despierto cuando me he metido bajo las śabanas, no sé si él también estaba luchando para mantener la distancia, pero no ha sido hasta que me ha abrazado que se ha quedado dormido.Por la mañana, me deslizo fuera de sus brazos tratando de no despertarlo. Lo consigo. Pillo a Bobby de sorpresa perdido por uno de los pasillos de la mansión, maulla perezoso cuando lo cojo en brazos y me lo llevo al jardín para que me dé compañía.La discusión de anoche aún me ronda. Si es que se le puede llamar discusión. No fue una pelea, no hubo gritos ni portazos, pero sus palabras —“La gente que está metida en mi mundo no tiene hijos, Olivia”— se me han clavado como un cuchillo. ¿De qué habla? Si Dominic es el dueño de su mundo. No es que quiera un hijo ahora mismo, pero la f
En todo este tiempo, nunca he estado más de unas horas a solas en la mansión. Domic tenía razón cuando decía que esto era muy solitario.Se fue ayer a ver los últimos detalles de la nueva sucursal, y aunque no han pasado ni veinticuatro horas, ya me estoy aburriendo como una ostra. He usado el gimnasio, la piscina climatizada —ahora que ha llegado el otoño, la piscina exterior no es más que decoración—, he hecho tres bandejas de galletas, y he suplicado a las chicas que por favor vengan a hacerme compañía esta noche. Me tumbo en el sofá del salón principal, con Bobby ronroneando en mi regazo, y miro el techo altísimo de la mansión. Todo es tan grande, tan silencioso sin Dominic aquí. Su presencia llena este lugar, y sin él, parece que falta algo. No es solo que lo eche de menos —que lo hago, y mucho—, es que la casa se siente como un museo sin su energía. Suspiro y agarro el móvil, marcando su número sin pensarlo demasiado. Necesito escuchar su voz, aunque sea solo un rato.El teléfo
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