El viernes por la noche, Madrid no dormía; rugía.
Me miré al espejo una última vez antes de salir por la ventana. Había recuperado mi uniforme de guerra: unos vaqueros negros que se ajustaban como una segunda piel, un top de cuero que dejaba al aire la cicatriz casi invisible de mi costado y mis botas desgastadas. Me recogí el pelo en una coleta tirante, borrando cualquier rastro de la Emma que se sentaba en la primera fila de la facultad de Derecho. Esa chica era un disfraz. Esta, la que sent