El sábado amaneció con una luz inusualmente suave. Después del beso en el Templo de Debod y de la confesión de mi pasado, esperaba que el ambiente entre Mateo y yo fuera una mezcla de incomodidad y tensión insoportable. Pero cuando bajé a la cocina, me lo encontré apoyado en la encimera, con dos tazas de café y una expresión que no tenía ni rastro de la armadura del "Rey".
—Me voy a pasar el fin de semana con mi madre —soltó, sin preámbulos, mientras me extendía una de las tazas—. Vive en un p