Capitulo 7°

La cena transcurría con una normalidad que me resultaba asfixiante. En esta casa, el tintineo de los cubiertos de plata contra la porcelana de Limoges parecía ser la única banda sonora permitida. Julián y mi madre hablaban sobre la subasta de la tarde, riendo por lo bajo como si fueran dos adolescentes en su primera cita, ajenos a la guerra fría que Mateo y yo manteníamos en el extremo opuesto de la mesa.

Mateo estaba extrañamente tranquilo. No me había lanzado ninguna indirecta desde que nos sentamos, y eso, en lugar de relajarme, me ponía los pelos de punta. Él no era de los que daban tregua; era un depredador que esperaba el momento exacto para saltar.

—Pues ha sido un éxito rotundo, Julián —decía mi madre, dando un sorbo a su vino tinto—. El cuadro de Sorolla ha alcanzado una cifra récord.

—Me alegra mucho, Victoria. Por cierto —Julián dejó las servilletas sobre la mesa y miró a su hijo—, Mateo, ¿tienes planes para el próximo domingo? He pensado que podríamos ir todos a la sierra.

Mateo levantó la vista del plato, limpiándose la comisura de los labios con una elegancia que me irritaba.

—El domingo no puedo, padre. Voy a ver a mi madre. Le prometí que pasaríamos el día juntos.

Julián asintió con una sonrisa comprensiva. Fue entonces cuando Mateo giró la cabeza hacia mí. Sus ojos oscuros perdieron por un momento ese brillo sarcástico, reemplazado por una curiosidad que parecía, por primera vez, genuina.

—¿Y tú, Emma? —preguntó, y su voz sonó extrañamente suave—. ¿No tienes pensado ir a ver a tu padre ahora que estás de vuelta en España? Supongo que después de cuatro años querrás ponerte al día con él.

El silencio que siguió a sus palabras fue tan pesado que sentí que el techo de la mansión se me venía encima. El tintineo de los cubiertos se detuvo en seco.

Sentí una descarga eléctrica recorriéndome la columna, una que me dejó paralizada con el tenedor a medio camino. La palabra "padre" golpeó mis oídos como un disparo. Mi madre se puso tensa al instante; su espalda se irguió tanto que parecía que iba a romperse, y sus nudillos se volvieron blancos alrededor de la copa de cristal.

Desvié la mirada de Mateo, incapaz de sostenerle el pulso. Mis ojos se clavaron en el mantel blanco, pero no veía el bordado; veía fragmentos de una vida que juré olvidar. Bajo la mesa, mis manos se cerraron en puños tan apretados que las uñas se me clavaron en las palmas, provocándome un dolor que agradecí, porque me mantenía anclada al presente.

—¿He dicho algo malo? —la voz de Mateo sonaba confundida, casi inocente en su ignorancia—. Solo era una pregunta...

—No, Mateo, no has dicho nada malo —intervino Julián con rapidez, lanzándole a su hijo una mirada de advertencia que no pasó desapercibida para nadie—. Pero mejor deja eso así, hijo. Sigamos cenando.

El resto de la cena fue un funeral. Nadie volvió a hablar. El postre me supo a ceniza y el vino a vinagre. En cuanto pude, me excusé diciendo que tenía dolor de cabeza y subí a mi habitación, encerrándome bajo llave. Pero las paredes de seda y los muebles de diseño no podían protegerme de los fantasmas que Mateo había invocado.

A media noche, la sed me obligó a bajar. La casa estaba en penumbra, sumida en ese silencio de museo que tanto odiaba. Bajé descalza, con una camiseta de algodón ancha y el pelo revuelto, tratando de no hacer ruido. Al entrar en la cocina, la luz de la nevera era lo único que iluminaba la estancia.

Me serví un vaso de agua con las manos todavía temblorosas. Cuando me giré para salir, casi se me cae el vaso del susto. Mateo estaba apoyado en el marco de la puerta, con la silueta recortada por la luz tenue del pasillo. Seguía vestido con la ropa de la cena, pero se había quitado la corbata y llevaba las mangas de la camisa remangadas.

—¿Quieres matarme del susto? —le espeté, tratando de recuperar el aire.

Él no se movió. Se quedó allí, observándome con una intensidad que me hizo sentir desnuda.

—Me he quedado pensando en lo de la cena. En cómo te has puesto —dijo, dando un paso hacia el interior de la cocina—. ¿Está todo bien con tu padre, Emma? ¿Es por eso que te fuiste a Los Ángeles?

Sentí que la rabia empezaba a burbujear en mi pecho, una rabia caliente y amarga que buscaba una salida.

—Hazle caso al tuyo, Mateo, y deja las cosas como están —respondí, pasando por su lado para intentar salir de la cocina—. No preguntes cosas que no te interesan. No tienes ni idea de quién soy ni de lo que he pasado.

Él me agarró del brazo, impidiéndome el paso. Su tacto no era agresivo, pero era firme. Me obligó a mirarlo a los ojos.

—Te equivocas. Sí me interesa —soltó, y su voz vibró en el silencio de la cocina—. Ahora vivimos bajo el mismo techo, Emma. Mis familias se han unido, nos guste o no. Tengo derecho a querer conocer a las mujeres que intentan ocupar un lugar en esta casa que ni siquiera les corresponde.

Ese fue el detonante. La alusión a su madre, el tono posesivo, la insistencia en hurgar en una herida que todavía supuraba... algo dentro de mí estalló.

Me solté de su agarre con un movimiento brusco y me encaré con él, ignorando que mis ojos estaban empezando a cristalizarse por la rabia acumulada.

—¿Ocupar un lugar? ¿Te crees que estoy aquí por gusto? —le grité, y mi voz resonó en las paredes de acero inoxidable de la cocina—. ¡Si por mí fuera, no estaría en esta estúpida ciudad ni en esta casa de cristal! Seguiría en Los Ángeles, a mil de kilómetros de ti, de tu padre y de todo este estúpido pasado que me asfixia cada vez que respiro.

Mateo dio un paso atrás, sorprendido por la violencia de mis palabras, pero yo no había terminado. El dolor de cuatro años de exilio forzado, de noches llorando por un padre que ya no existía y de una madre que prefería mirar hacia otro lado, salió a borbotones.

—No sabes nada de mí, Mateo Lara. Me ves como una niña rica que corre carreras para llamar la atención, pero no tienes ni puta idea de lo que es que te arranquen de tu vida de la noche a la mañana porque tu mundo ha ardido hasta los cimientos. Así que hazme un favor: quédate en tu trono, sigue siendo el Rey de tus pistas de m****a, pero no vuelvas a mencionar a mi padre. ¡Jamás!

Le mantuve la mirada un segundo más, con la respiración entrecortada y los puños apretados. Él se quedó mudo, con la expresión desencajada, como si acabara de darse cuenta de que la chica que tenía delante no era un juguete para sus juegos de ego, sino una mujer rota que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por no desmoronarse.

No esperé a que dijera nada. Pasé por su lado, golpeándole el hombro con fuerza, y salí de la cocina corriendo hacia las escaleras. Lo dejé allí solo, rodeado por el silencio sepulcral de la mansión, mientras yo me refugiaba en mi habitación para dejar que las lágrimas, por fin, ganaran la carrera.

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