El taxi me dejó en la vieja gasolinera de las afueras, un lugar que el tiempo parecía haber olvidado, pero que para mí era el centro del universo. No pasaron ni dos minutos cuando el rugido de un motor conocido hizo que se me erizara la piel. Un Seat León tuneado, con el capó negro mate, frenó derrapando frente a mí. —¿Pero qué ven mis ojos? ¿Es una alucinación o la Falcó ha decidido volver al barrio? —la voz de Leo sonó como música celestial. Se bajó del coche de un salto. Seguía igual: alto, con esa sonrisa de pillo y el pelo revuelto. No pude evitarlo; corrí hacia él y me colgué de su cuello. —¡Leo! Joder, te he echado de menos, pedazo de idiota —le dije, hundiendo la cara en su hombro. Olía a grasa de motor y tabaco, el olor de mi infancia. —Y yo a ti, pequeña. Cuatro años son una eternidad —me separó un poco para mirarme de arriba abajo—. Te has vuelto una americana total, ¿eh? Pero esos ojos siguen siendo de aquí. Venga, sube, que tenemos mucho que recuperar y poco tiempo an
Leer más