Capitulo 5°

Emma:

Después del episodio de la piscina, la atmósfera en la mansión Lara se volvió tan densa que se podía cortar con un cortaplumas. Mateo y yo nos cruzamos un par de veces por los pasillos, intercambiando miradas que prometían incendios, pero no volvimos a dirigirnos la palabra. Él seguía en su papel de heredero perfecto y yo... bueno, yo contaba los minutos para que Leo pasara a buscarme.

Cuando el sol empezó a caer tras los edificios de la capital, Nadia me envió un mensaje: "Ponte algo que diga 'soy la puta ama', hoy la fiesta no es en un polígono, es en un ático de Chamberí. Hay gente con mucha pasta y ganas de gastarla".

Seguí su consejo. Elegí un pantalón de cuero negro ajustado, un top corto que dejaba ver el piercing de mi ombligo y una americana oversize para darle ese toque de "niña bien rebelde". Me miré al espejo y sonreí. Emma Falcó no había venido a Madrid a esconderse en una biblioteca.

Leo me recogió en una calle secundaria para no levantar sospechas. El trayecto hasta Chamberí fue una ráfaga de luces y risas. Al llegar al ático, el contraste era brutal. La música house vibraba en las paredes de cristal, y el lugar estaba lleno de jóvenes que mezclaban zapatillas de trescientos euros con chaquetas de marca. Era esa mezcla extraña de la élite madrileña con el mundillo del motor que Nadia me había prometido.

—¡Falcó! Pensé que te habías quedado encerrada en tu jaula de oro —Nadia me recibió con un abrazo y una copa de algo transparente que quemaba gratamente al bajar.

—Ni muerta —reí, dejando que la música me invadiera—. Necesitaba salir de esa casa antes de terminar lanzándole un jarrón de la dinastía Ming a alguien.

Estábamos en la terraza, disfrutando de las vistas de Madrid iluminado, cuando Leo se acercó con un chico que desprendía un aura de poder absoluto. No era la oscuridad peligrosa de Mateo, sino una confianza pulida y política.

—Emma, tienes que conocer a alguien —dijo Leo, dándole una palmada en la espalda al recién llegado—. Este es Daniel Castro. Dani, esta es la chica de la que todo el mundo habla hoy. La que le quitó la corona al Rey.

Daniel me tendió la mano con una sonrisa impecable. Sus ojos eran astutos, de los que saben leer un contrato antes de que se firme.

—Hijo de político, apostador por vicio y, desde anoche, tu mayor fan —se presentó con un tono amable pero directo—. Emma, lo que hiciste en la pista... fue una obra de arte. He visto a mucha gente intentar humillar a Mateo Lara, pero nadie lo había conseguido con tanta elegancia.

—Solo hice mi trabajo, Daniel —respondí, aceptando el cumplido con una inclinación de cabeza—. El Rey estaba un poco oxidado, supongo.

—No te quites mérito. Mateo es un animal al volante, pero tú eres algo distinto. Tienes ese instinto de los que han corrido en sitios donde las reglas no existen —Daniel se apoyó en la barandilla, bajando un poco la voz—. Mira, Emma, me gusta apostar. Y me gusta ganar. Quiero volver a verte correr. Y quiero que sepas que, si decides hacerlo, mi dinero estará siempre de tu lado.

Miré a Leo, que asintió con una sonrisa. Tener a alguien como Daniel Castro de aliado significaba tener protección y acceso a las mejores carreras.

—Habrá una próxima vez, Daniel. Cuenta con ello —le aseguré—. La adrenalina es una adicción difícil de dejar.

—Me alegra oírlo. Madrid se estaba volviendo un poco aburrida con el mismo ganador cada fin de semana.

Pasamos la siguiente hora los cuatro riendo, bebiendo y planeando el regreso a las pistas. Daniel era un tipo divertido, lleno de anécdotas sobre la alta sociedad madrileña que me hacían ver lo ridícula que era la burbuja en la que vivía mi madre. Por un momento, me olvidé de que era una "hermanastra" por contrato y volví a sentirme la Emma de Los Ángeles.

Pero el destino, o quizás mi mala suerte, tenía otros planes.

El ambiente cambió de golpe. Sentí un escalofrío en la nuca antes de escuchar nada. Me giré lentamente y ahí estaba él. Mateo acababa de entrar en la terraza, rodeado de un séquito de tipos que parecían sus guardaespaldas personales. Iba vestido de negro, como siempre, destacando entre la multitud colorida como un eclipse.

Sus ojos barrieron la terraza hasta que se clavaron en nuestro grupo. O mejor dicho, en mí. Y luego en la mano de Daniel, que descansaba de forma amistosa en mi hombro.

—Vaya, parece que la fiesta acaba de ponerse interesante —susurró Nadia, notando la tensión.

Mateo no se acercó de inmediato. Se quedó a unos metros, pidiendo una bebida sin apartar la vista de nosotros. Su mandíbula estaba tan apretada que me sorprendió que no se le rompieran los dientes. Si las miradas pudieran calcinar, Daniel y yo seríamos cenizas en el suelo del ático.

—Ignóralo, Emma —me dijo Leo en voz baja—. Está en su territorio, pero hoy no es el Rey de nada.

—No me importa en lo absoluto, Leo —respondí, elevando mi copa en dirección a Mateo en un brindis silencioso y desafiante—. Que mire todo lo que quiera. Al fin y al cabo, mirar es lo único que sabe hacer desde que perdió la carrera.

Daniel soltó una carcajada, captando el dardo.

—Esa es la actitud. Ven, Emma, vamos a por otra ronda. Me tienes que contar más sobre esas carreras en los canales de California.

Me di la vuelta, dándole la espalda a Mateo con una indiferencia que sabía que le dolería más que cualquier insulto. Durante el resto de la noche, me aseguré de pasármelo en grande. Reí más fuerte, bailé con Nadia y mantuve conversaciones animadas con Daniel, siempre consciente de que los ojos oscuros de Mateo me seguían como un radar.

Era una sensación embriagadora. Saber que lo estaba volviendo loco con mi sola presencia, con mi libertad, con el hecho de que no le tenía miedo. Cada vez que lo miraba de reojo, lo veía más tenso, más oscuro, rechazando a cualquier chica que intentaba acercarse a él.

Cerca de las dos de la mañana, cuando la música estaba en su punto más alto, me dirigí al baño para retocarme el labial. Al salir, en el pasillo estrecho y tenuemente iluminado que daba a la terraza trasera, una mano firme me agarró del brazo y me empujó contra la pared.

No necesité abrir los ojos para saber quién era. El olor a tabaco caro y ese aura de peligro contenido lo delataron al instante.

—Te estás moviendo en círculos muy peligrosos, Falcó —su voz sonó como un gruñido justo encima de mi cabeza.

Abrí los ojos y me encontré con la mirada de Mateo. Estaba furioso, pero había algo más tras esa rabia, algo que quemaba más que el odio. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo envolviéndome.

—¿Peligrosos? —arqueé una ceja, manteniendo la calma—. Daniel parece un tipo encantador. Mucho más educado que tú, desde luego.

—Daniel Castro es un buitre que solo busca el beneficio propio —espetó Mateo, acortando la distancia hasta que nuestras narices casi se rozaron—. No tienes ni idea de dónde te estás metiendo. Madrid no es Los Ángeles, Emma. Aquí las deudas se pagan caro, y tú ya me debes demasiado.

—Yo no te debo nada, Mateo —le puse una mano en el pecho, sintiendo los latidos acelerados de su corazón bajo la camisa de lino—. Gané esos veinte mil legalmente. Si te pica el orgullo, ráscate. Pero no intentes controlar con quién hablo o con quién me río. No eres mi dueño.

Sus ojos bajaron a mis labios por un segundo, un gesto cargado de una tensión sexual tan brutal que me dejó sin aliento. Por un momento, pensé que iba a besarme allí mismo, en medio del pasillo, solo para demostrar que podía.

—No soy tu dueño —repitió, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente suave—. Pero soy lo único que se interpone entre tú y el desastre. Y créeme, "hermanastrita", cuando te caigas, no será Daniel Castro quien esté ahí para recogerte.

Me soltó de golpe, como si mi piel le quemara, y se alejó por el pasillo sin mirar atrás. Me quedé allí, apoyada contra la pared, tratando de que mis pulmones recordaran cómo respirar. Mi corazón iba a la misma velocidad que cuando estoy en la recta final de una carrera.

Mateo Lara era el enemigo. Era el chico que quería sabotearme. Pero mientras volvía a la fiesta con mis amigos, no podía dejar de pensar en que esa advertencia había sonado más a una promesa... y que yo estaba deseando que la cumpliera.

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