MATEO:
Nunca había llevado a nadie a casa de mi madre. Ni a mis novias de la adolescencia, ni a mis socios, ni siquiera a Leo. Ese lugar era mi último búnker, el único rincón del mundo donde el apellido Lara no pesaba como una losa de mármol. Y ahí estaba yo, un sábado a las ocho de la mañana, viendo cómo Emma Falcó subía al coche con una mezcla de sospecha y cansancio que me daban ganas de bajarme y besarla ahí mismo.
Durante el trayecto, la miraba de reojo. Estaba tensa, apretando la mandíbul