Mundo ficciónIniciar sesiónCamila huye de un matrimonio tóxico, pero deja atrás lo más valioso: su hija. Para recuperarla, debe demostrar que puede darle un hogar estable y un futuro seguro. La oportunidad llega cuando empieza a trabajar en la prestigiosa revista Libertaria, bajo las órdenes de Julián Ortega, un jefe frío, exitoso… y tan atractivo como inaccesible. Él está contra las cuerdas: si no demuestra ser un hombre dulce y con pareja estable, perderá el puesto por el que ha sacrificado todo. Ella necesita una casa. Él necesita una novia falsa. El trato parece perfecto… hasta que las mentiras empiezan a confundirse con sentimientos reales. Las cosas empeoran cuando su marido regresa arrepentido. Camila deberá tomar una decisión: darle una oportunidad y recuperar a su familia o empezar una nueva vida.
Leer másJulián ya estaba en una habitación, fue reconfortante ver cómo de a poco surgía el hombre fuerte al que amaba.—Hola —saludé desde el umbral.Julián volteó a verme con una sonrisa, también Santiago, su hermano, quien lo acompañaba.—¿Qué te parece esta nueva suite, cuñadita? —bromeó Santiago.—Todo es mejor que esa sala de cuidados intensivos —dije acercándome.Alcé el ejemplar de la revista y los ojos de Julián se abrieron, sorprendidos.—¿Ya salió?Yo asentí.—No quise verla hasta estar contigo.Los ojos de Julián brillaron cuando me senté en la orilla de la cama. Había cierta complicidad en nosotros que me hacía saltar el corazón. Lo que estábamos por leer no era nada agradable, sin embargo, era nuestro triunfo, nuestra reivindicación con los que quisieron destruirnos. Abrir esa revista se sentía como sumergirnos en nuestro propio cuento de hadas.—Los dejaré solos —Santiago se levantó.—No, quédate. También eres parte de esta victoria —dije—. De no haber convencido al señor Andrés
Al instante entró Andrés. Jamás lo había visto así, sus ojos enrojecidos estaban rodeados de círculos oscuros, tenía los hombros encorvados, el rictus de la boca caído, en sus ojos brillaba la tristeza. La idea de que era mi culpa volvió a azotarme. —Camila, Iván —nos saludó y tomó asiento detrás de su escritorio. Iván puso delante de él el reportaje impreso, Andrés lo tomó y lo revisó con ojo crítico. La adrenalina recorría mi pecho, algo importante estaba por suceder, algo que cambiaría no solo la historia de Libertaria, sino la de todo el país. —Esto es lo que quería Julián —dijo al fin, fijando sus ojos cansados en nosotros—. De esto se trata el periodismo, pero a veces el costo es demasiado alto. —La voz se le quebró y sentí también dentro de mí el mismo dolor—. Espero que puedan perdonarme.Fruncí el ceño.—¿Qué quieres decir? —preguntó Iván—. ¿No vas a arrepentirte o sí?—No, pero debo proteger Libertaria. Andrés abrió una carpeta que tenía sobre el escritorio y la empujó
El mundo se había vuelto un túnel estrecho, oscuro y asfixiante. No sabía cómo salir de ahí, me sentía como una niña perdida.La sala de espera frente a la Unidad de Cuidados Intensivos se encontraba desierta, solo mi buena amiga Charlotte y yo en medio del frío de ese lugar lúgubre y trágico.Una enfermera se acercó con el rostro serio hacia nosotras. El corazón se me detuvo un segundo y luego arrancó a latir desesperado en mi garganta. Ella venía con la intención de decir algo y mi mente no paraba de susurrar que sería una mala noticia.Sentí las lágrimas calientes deslizarse por la frialdad de mis mejillas.—¿Usted es familiar del señor Julián Ortega?¿Familiar?.No, no era nada. Era más bien la desgracia que lo había llevado hasta allí, como dijo Fernanda.—Yo, yo —balbuceé sin atinar a dar una respuesta.—Es su prometida.Una voz grave y varonil me hizo girar, el hermano de Julián estaba detrás de mí, no lo había escuchado llegar. Él me sonrió y yo me sorprendí de que lo hiciera.
CamilaMiré mi reloj de pulsera, había pasado media hora desde que Julián llamó. Libertaria no estaba tan lejos de la urbanización en la que vivía Charlotte, me asaltó un mal presentimiento.—Camila, ven —me llamó Iván—. Tienes que probar este vino, es exquisito.Él y Charlotte estaban sentados en el sofá de la sala, degustando el vino especial que había sacado mi amiga de su despensa y conversando amenamente. Forcé una sonrisa y me acerqué a ellos. Mientras Iván servía el licor en una copa, mi amiga encendió el televisor.La música sensacionalista del noticiero sonó, Iván hacía un chiste sobre Gonzalo Gil. En la televisión mencionaron el nombre «Julián Ortega» y ese par de palabras captó de inmediato mi atención. Caminé con el corazón retumbándome en la boca hasta pararme frente al televisor.Una reportera joven transmitía desde la calle. Reconocí el lugar, era la floristería que estaba frente al edificio de la revista.«Jimena» decía el presentador del noticiero «¿Ya se sabe algo so
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