Al instante entró Andrés.
Jamás lo había visto así, sus ojos enrojecidos estaban rodeados de círculos oscuros, tenía los hombros encorvados, el rictus de la boca caído, en sus ojos brillaba la tristeza.
La idea de que era mi culpa volvió a azotarme.
—Camila, Iván —nos saludó y tomó asiento detrás de su escritorio.
Iván puso delante de él el reportaje impreso, Andrés lo tomó y lo revisó con ojo crítico. La adrenalina recorría mi pecho, algo importante estaba por suceder, algo que cambiaría no solo la historia de Libertaria, sino la de todo el país.
—Esto es lo que quería Julián —dijo al fin, fijando sus ojos cansados en nosotros—. De esto se trata el periodismo, pero a veces el costo es demasiado alto. —La voz se le quebró y sentí también dentro de mí el mismo dolor—. Espero que puedan perdonarme.
Fruncí el ceño.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Iván—. ¿No vas a arrepentirte o sí?
—No, pero debo proteger Libertaria.
Andrés abrió una carpeta que tenía sobre el escritorio y la empujó