Al instante entró Andrés.
Jamás lo había visto así, sus ojos enrojecidos estaban rodeados de círculos oscuros, tenía los hombros encorvados, el rictus de la boca caído, en sus ojos brillaba la tristeza.
La idea de que era mi culpa volvió a azotarme.
—Camila, Iván —nos saludó y tomó asiento detrás de su escritorio.
Iván puso delante de él el reportaje impreso, Andrés lo tomó y lo revisó con ojo crítico. La adrenalina recorría mi pecho, algo importante estaba por suceder, algo que cambiaría n