La recepcionista de Libertaria, igual que el día anterior, vestía en la escala de grises. En cuanto me acerqué, me observó por encima de sus gafas.
—¿Qué desea, señorita? —preguntó.
—Soy la nueva asistente del señor Julián Ortega —dije con una amplia sonrisa y extendí la mano hacia ella—. Un gusto.
—Pero ayer usted no se presentó a la entrevista.
—Claro que sí —dije—. Fui la última en llegar, ¿recuerda?
Entonces la mujer alzó ambas cejas y su boca pintada de carmín dibujó una «O».
—¡