Julián ya estaba en una habitación, fue reconfortante ver cómo de a poco surgía el hombre fuerte al que amaba.
—Hola —saludé desde el umbral.
Julián volteó a verme con una sonrisa, también Santiago, su hermano, quien lo acompañaba.
—¿Qué te parece esta nueva suite, cuñadita? —bromeó Santiago.
—Todo es mejor que esa sala de cuidados intensivos —dije acercándome.
Alcé el ejemplar de la revista y los ojos de Julián se abrieron, sorprendidos.
—¿Ya salió?
Yo asentí.
—No quise verla hasta estar contigo.
Los ojos de Julián brillaron cuando me senté en la orilla de la cama. Había cierta complicidad en nosotros que me hacía saltar el corazón. Lo que estábamos por leer no era nada agradable, sin embargo, era nuestro triunfo, nuestra reivindicación con los que quisieron destruirnos. Abrir esa revista se sentía como sumergirnos en nuestro propio cuento de hadas.
—Los dejaré solos —Santiago se levantó.
—No, quédate. También eres parte de esta victoria —dije—. De no haber convencido al señor Andrés