Julián
Uni mi boca a la de Camila mientras sus ojos avellanas me miraban como si yo fuera un loco peligroso. En ese momento en el que probaba sus labios sedosos una vez más, el aroma del café, la canela y el chocolate que ella tenía impregnados en su piel llegó hasta mí y, curioso, en lugar de hacerme recapacitar y soltarla, lo único que quería era profundizar el beso.
—Esto, esto es inaudito. —Octavio se levantó de su puesto, sospeché que más molesto que sorprendido—. ¡Imposible! ¡No pueden