Mundo ficciónIniciar sesiónPara Mía, el futuro tenía un nombre y una fecha en el calendario tras dos años de una relación que ella creía sólida, estable y perfecta, se encontraba a las puertas del altar con Oliver Lombardi, el hombre que le prometía seguridad y un apellido de prestigio pero los sueños de seda y encaje se desvanecieron en un solo segundo, cuando el silencio de su propio hogar fue profanado por los jadeos de la traición descubrir a su prometido con su propia hermana, no solo le rompió el corazón le destruyó la identidad, en una sola tarde, Mía perdió al hombre que amaba, a la hermana en la que confiaba y el apoyo de unos padres que, cegados por el poder de la alianza entre las familias Herida y sedienta de algo que borrara el sabor de la humillación, Mía se lanzó a la noche buscando olvido lo encontró en unos ojos marrones, profundos y hambrientos, y en un cuerpo que la poseyó con una furia salvaje que Oliver jamás conoció. Fue una noche de adrenalina, un pecado necesario para sentirse viva entre las ruinas de su vida ñero el destino tiene un sentido del humor retorcido. Ese extraño, el hombre que ahora invade sus pensamientos y su piel, no es un desconocido cualquiera es Alan Lombardi, el hermano mayor de su ex, el hijo pródigo que ha regresado para reclamar su lugar en la dinastía ahora Mía está atrapada en un juego peligroso donde la venganza se mezcla con un deseo adictivo entre cenas familiares hipócritas y encuentros clandestinos en las sombras, Mía deberá decidir si huye del fuego o se deja consumir por el único hombre que puede salvarla del pasado, aunque sea el hermano de su mayor enemigo.
Leer másMia
El sol de la tarde se filtraba por las ventanas de mi auto, creando destellos dorados sobre el volante mientras conducía hacia casa. Una sonrisa involuntaria tiraba de mis labios llevaba conmigo esa ligereza de quien se sabe amada. Hoy era nuestro aniversario, un año de estabilidad, de planes trazados con tinta permanente sobre un calendario que prometía un futuro brillante Oliver era mi roca, el hombre que me había dado la paz que tanto busqué después de años de caos Llegué a casa cuarenta minutos antes de lo previsto estacioné con el corazón acelerado por la emoción, imaginando la cara de sorpresa de Oliver al verme llegar temprano con las bolsas de la compra llenas de sus manjares favoritos marisco fresco, un vino caro y las velas que tanto le gustaban al entrar, el silencio de la casa me pareció un lienzo en blanco. Dejé las bolsas sobre la isla de granito de la cocina, el sonido metálico de mis llaves resonando en la estancia vacía. —¿Oliver? —llamé, mi voz cargada de una alegría que ahora me parece patética pero debía saber si él estaba aquí en casa. No hubo respuesta inmediata. Decidí subir a la habitación para darme una ducha rápida; quería recibirlo oliendo a jazmín, fresca y lista para una noche de celebración pero a medida que mis pies descalzos subían los escalones de madera, un sonido extraño me detuvo en seco era un roce rítmico, un jadeo sofocado que conocía demasiado bien, pero que no debería estar ocurriendo en ese momento. Caminé por el pasillo como si el suelo estuviera hecho de cristal fino, con el corazón martilleando contra mis costillas. Empujé la puerta de nuestra habitación, que estaba apenas entornada. El mundo, tal como lo conocía, se detuvo y se hizo añicos en un segundo. La imagen se grabó a fuego en mis retinas: mi cama, las sábanas de hilo egipcio que yo misma había elegido, y sobre ellas Oliver ñero no estaba solo enredada en su cuerpo, con la espalda arqueada y el cabello castaño desparramado sobre mi almohada, estaba Mariana. Mi hermana. Mi propia sangre. El aire se escapó de mis pulmones como si me hubieran golpeado con un mazo de hierro. Un sollozo ronco, desgarrador, escapó de mi garganta antes de que pudiera cubrirme la boca ql oírme, el pánico transformó sus rostros. Se separaron con una torpeza humillante, buscando sábanas para cubrir una traición que ya no tenía escondite. —¡Cariño! ¡Espera! —gritó Oliver, saltando de la cama mientras intentaba subirse los pantalones con manos temblorosas—. ¡No es lo que parece, te lo juro! ¡Déjame explicarte —¿Qué no es lo que parece? —mi voz salió como un hilo quebrado, mientras las lágrimas quemaban mis mejillas—. ¡Están en mi cama! ¡Hoy es nuestro aniversario, Oliver! ¡En nuestra propia casa! Él se acercó, extendiendo las manos con esa mirada de perro apaleado que siempre usaba para ablandarme, pero retrocedí como si su piel fuera veneno puro fue entonces cuando Mariana, con una frialdad que me heló la columna, se sentó en el borde de la cama y se echó el cabello hacia atrás, mirándolo a él con una impaciencia cruel. —Ya basta de mentiras, Oliver. Dile la verdad de una vez —soltó ella, sin una pizca de remordimiento en sus ojos verdes—. No seas cobarde, ella tiene que saberlo. —¿Qué se acuestan? —pregunté, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies.— ¿Es la primera vez o ya llevan mucho tiempo? —Estamos juntos desde hace un año —dijo Mariana, clavando la daga hasta el fondo con una sonrisa casi imperceptible—. No fue un error de una noche, nos amamos. Un año. Habíamos estado juntos dos años, lo que significaba que más de la mitad de nuestra relación, de nuestros planes de boda, de la búsqueda de nuestra casa, había sido una farsa orquestada por las dos personas en las que más confiaba en el mundo. Mientras yo elegía el color de las cortinas, ellos se reían de mí en la oscuridad. Miré el anillo de compromiso en mi mano derecha. Ese diamante que antes me parecía un símbolo de eternidad ahora se sentía como una marca de hierro candente con un movimiento brusco, me lo arranqué, sintiendo cómo el metal me lastimaba el nudillo, y se lo lancé al pecho a Oliver. —¡No, por favor! ¡No te lo quites! ¡Te amo, ella no significa nada! —suplicaba él, patético, intentando vestirse a toda prisa mientras me seguía por el pasillo, tropezando con sus propios zapatos. No escuché más. Bajé las escaleras a ciegas, agarré las llaves del auto y salí de esa casa que ya no era mía el motor rugió y aceleré sin rumbo, con la visión nublada por el llanto, hasta que mis manos, por puro instinto de supervivencia, me llevaron a la puerta de Lucía. Cuando me vio, deshecha y temblando, no necesitó preguntar. Me desplomé en sus brazos y el grito que había estado guardando salió con una fuerza que me dejó exhausta. Le conté cada detalle, la imagen de ellos dos, la confesión de Mariana, la cobardía de él. —Ese imbécil no merece ni una sola de tus lágrimas —sentenció Lucía después de una hora de consolarme—. Y tu hermana... ella ya se pudrirá en su propia maldad esta noche no te vas a quedar aquí a hundirte en la autocompasión. Nos vamos a arreglar, vamos a salir y vas a recordar quién eres. Vas a quemar ese dolor. Me resistí al principio, pero el dolor se estaba transformando en una rabia sorda y caliente que pedía a gritos ser liberada necesitaba dejar de ser "la novia traicionada" por unas horas me duché, lavando el rastro del aroma de esa casa, y me puse un vestido que Lucía me prestó era de seda negra, tan corto que desafiaba la gravedad y con una espalda descubierta que terminaba justo donde empezaba la tentación, me pinté los labios de un rojo feroz, me puse unos tacones infinitos y salimos. La discoteca era un caos de luces de neón moradas y música que vibraba directamente en mi esternón. Apenas entramos, me acerqué a la barra. —Tres tequilas ahora —le dije al barman, sin pestañear. Me los bebí uno tras otro, sintiendo el fuego quemar mi garganta y adormecer el nudo de mi pecho no quería pensar, solo quería sentir algo que no fuera el vacío. Sentí una mirada quemándome la nuca me giré y ahí había un hombre estaba apoyado contra una columna en la zona VIP superior, era un hombre imponente, con una presencia que parecía absorber la luz de la sala, pie piel canela, con una barba perfectamente cuidada que enmarcaba una mandíbula de piedra y unos ojos marrones tan oscuros que daban miedo, sus hombros eran anchos, llenando una camisa negra que parecía a punto de reventar ante su musculatura. Se acercó a la pista con una seguridad depredadora, no pidió permiso simplemente se colocó detrás de mí, pegando su pecho a mi espalda desnuda, sentí un choque eléctrico. —¿Bailas? —su voz era grave, una vibración baja que sentí en el vientre antes que en los oídos. Lucía me miró con duda pero yo le devolví una mirada decidida quería perderme, me giré y quedé atrapada en esos ojos marrones sus manos se posaron en mi cintura con una firmeza que me hizo jadear no eran manos suaves, eran manos de un hombre que sabía tomar lo que quería. Nos movimos al ritmo de la musica rozándonos, provocándonos. La rabia por Oliver se convirtió en un deseo primitivo por este extraño sin previo aviso, él me tomó de la mano y me guio hacia los pasillos de la zona VIP, donde las luces eran tenues y el ruido se amortiguaba, me empujó suavemente contra la pared del pasillo de los baños privados, el frío de la piedra contra mi espalda y el calor abrasador de su cuerpo crearon una combustión instantánea.—Me estás mirando como si quisieras que te poseyers junto aqui —susurró él, su aliento a whisky rozando mi oreja. —Hazlo —respondí, desesperada por borrar el recuerdo de la traición—. No me hables solo hazlo. Sus manos bajaron con violencia hacia el dobladillo de mi vestido, subiéndolo hasta mi cintura en un segundo sus dedos recorrieron mis muslos, quemando mi piel, y con un movimiento experto, apartó mi ropa interior hacia un lado, no hubo juegos previos lentos, no los quería, abrí sus pantalones con manos temblorosas mientras él me besaba con una ferocidad que me dejó sin aire, reclamando mi boca como si le perteneciera desde siempre. Está no era yo, yo jamás hubiese permitido esto de nadie y menos de un extraño sin embargo aquí estaba Me alzó por los muslos, obligándome a enredar mis piernas alrededor de su cadera robusta, el contraste era salvaje yo, pequeña y frágil en su agarre y él, una masa de músculos y deseo con un movimiento seco y potente, se hundió en mí de una sola vez. El grito de placer y dolor contenido se perdió en su hombro mientras él empezaba a embestir con una fuerza bruta, era grande demasiado, estirándome y llenándome de una manera que me hacía ver estrellas. su barba rozaba mi cuello con aspereza, marcándome, mientras sus manos apretaban mis nalgas con tal fuerza que sabía que dejarían moretones. —Maldita sea... —gruñó él, acelerando el ritmo golpeando mi cuerpo contra la pared rítmicamente. El sonido de la carne chocando, el olor a su perfume caro mezclado con nuestro sudor y la adrenalina de estar en un lugar público me llevaron al límite sentía cómo mi interior se contraía, buscándolo, necesitando más de esa intensidad cuando mi clímax estalló, fue como una explosión de fuegos artificiales negros tras mis párpados chillé sujeta a su cuello mientras él soltaba un gruñido gutural y se vaciaba dentro de mí con una fuerza que me hizo temblar. Nos quedamos allí, jadeando, unidos por el sudor y el pecado el me bajó con cuidado, me arregló el vestido con una delicadeza que contrastaba con la violencia de antes y me miró a los ojos por última vez.—No olvides esta noche —me dijo en un susurró en el oído.MíaEl silencio en la oficina de Alan era denso, casi tangible, después de la tormenta de pasión que acabábamos de desatar. Me quedé un momento allí, sobre la alfombra de seda, sintiendo el latido de mi propio corazón en los oídos. Mi cuerpo todavía vibraba bajo el recuerdo de sus manos, de su peso, de esa forma casi violenta en la que me había reclamado como suya. Me incorporé lentamente, sintiendo el roce de mi vestido de seda contra mi piel sensible, y caminé hacia el baño privado de Alan.Me encerré y me miré en el espejo. Mis labios estaban hinchados, mi cabello ligeramente desordenado y mis ojos tenían un brillo que no era solo placer; era la mirada de alguien que acababa de quemar todos sus puentes. Me limpié con agua fría, tratando de que el frescor borrara el rastro físico de lo que acababa de pasar. Al salir, Alan ya se había abrochado la camisa, pero su mirada seguía siendo la de un depredador satisfecho. Me entregó una carpeta.—Mía, mira esto —dijo con voz ronca.Abrí
AlanObservé a Mía mientras terminaba de firmar los documentos. La forma en que sostenía la pluma, la fijeza de su mirada y esa línea dura en su mandíbula me confirmaron que no me había equivocado. Ella no era una víctima era una fuerza de la naturaleza que solo necesitaba el terreno adecuado para desatar su tormenta. Y yo estaba más que dispuesto a ser ese terreno.Un suave golpe en la puerta de madera maciza interrumpió el silencio cargado de electricidad del despacho. Mi secretaria, una mujer que entendía el valor de la discreción por encima de todas las cosas, asomó la cabeza.—Señor Lombardi, los periodistas están listos en la sala de juntas principal. Todo el equipo de comunicaciones ha verificado las credenciales. Estamos listos para comenzar.—Gracias, Elena. Estaremos ahí en un minuto —respondí sin apartar los ojos de Mía.Me levanté y rodeé el escritorio. Mía se puso en pie, alisando su falda con un gesto mecánico, ocultando el temblor de sus manos tras una fachada de hierr
MíaLa mañana llegó con una claridad hiriente, filtrándose por los ventanales de mi nuevo apartamento y recordándome que el mundo no se había detenido a pesar de que el mío estaba en cenizas. Me levanté con una pesadez en el pecho que solo la disciplina pudo disipar. Frente al espejo, me obligué a componer una máscara de profesionalismo. Elegí un traje de sastre en color azul marino, con líneas tan afiladas que parecían una advertencia, y una blusa de seda blanca cerrada hasta el cuello. Me recogí el cabello en una coleta tirante, sin un solo mechón fuera de lugar. Quería parecer invulnerable. Quería parecer el tipo de mujer que no llora en los ascensores.Cuando bajé al lobby, el aire acondicionado me golpeó, devolviéndome a la realidad. Caminé hacia la salida, pero me detuve en seco al ver un coche deportivo estacionado de forma errática justo en la acera. Oliver estaba apoyado contra la puerta, con la ropa arrugada de quien no ha dormido y la mirada perdida. Al verme, se enderez
MíaEl silencio que dejó Alan al marcharse no era un silencio vacío era un silencio cargado de promesas oscuras y el eco de una confesión que lo había cambiado todo. Me quedé de pie en medio de mi sala, con la respiración entrecortada y los labios todavía escocidos por su beso. Mis dedos rozaron inconscientemente el lugar en mi cuello donde su mano había presionado momentos antes. La revelación de que Alan no era biológicamente un Lombardi, de que era el verdadero dueño de todo y que vivía rodeado de parásitos que lo odiaban, me hizo verlo bajo una luz completamente nueva.Él no era solo el hombre que me había seducido era un espejo de mi propia rabia, pero con el poder suficiente para ejecutarla sin embargo, a pesar de la adrenalina, una parte de mí se sentía extraña. Una punzada de duda, casi como un rastro de la Mía que solía ser, me recorrió el pecho. "No quiero hacerles esto a mis padres", pensé por un segundo. Eran las personas que me habían dado la vida. Pero ese pensamiento
MíaMe desperté antes de que saliera el sol. El silencio en mi nuevo apartamento era tan denso que casi podía escucharlo vibrar. Me quedé inmóvil entre las sábanas blancas, mirando el techo y dejando que los recuerdos de la noche anterior se proyectaran en mi mente como una película de terror. La renuncia, los gritos de mi padre, el rostro pálido de Oliver y, sobre todo, la mano de Alan sellando mi boca en aquel baño.Me senté en el borde de la cama, frotándome la cara. Mis padres pensaron que me quebrarían al quitarme la presidencia. Creyeron que el miedo a perder el estatus y el dinero me haría correr de vuelta a los brazos de un traidor. No me conocían en absoluto. El dinero es una cadena muy pesada, y yo acababa de romper el primer eslabón.—Soy capaz —me susurré a mí misma, frente al espejo del baño—. Soy Mía Miller. Fui educada para mandar, no para obedecer.Después de una ducha fría que terminó de despertarme, me preparé un café cargado y abrí mi laptop en la pequeña mesa del
MíaSalí del baño con el rostro encendido y el cuerpo vibrando, sabiendo que ya no había vuelta atrás. Había cruzado el punto de no retorno. Me alisé el vestido negro de encaje con manos temblorosas, tratando de asegurarme de que no hubiera una sola marca visible, aunque sentía que el aroma de Alan y el calor de su cuerpo emanaban de mi piel como una señal luminosa.Apenas puse un pie en el pasillo principal, una de las asistentes de mi padre, una mujer de expresión severa y tableta en mano, se abalanzó sobre mí.—¡Señorita Mía! Por fin la encuentro, la hemos estado buscando por diez minutos. Su padre está muy nervioso, el gobernador ya terminó su intervención y es su turno para el discurso de apertura. Por aquí, por favor.No me dio tiempo ni de respirar. Me guio casi a rastras hacia el salón principal. El ruido de los cubiertos contra la porcelana y el murmullo de cientos de voces se detuvieron cuando las luces bajaron y un foco blanco apuntó hacia la pequeña tarima circular en el
Último capítulo